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¿Es el bienestar la nueva religión?

Hay quien deposita su fe en la Iglesia, quien la focaliza en Rosalía y quien lo hace en sus clases de Pilates

Fotografía: Pvolve

Hay cosas indudables. Desde que todo lo rico engorda hasta que la Navidad está a un suspiro. Pero también que la religión se ha asentado en nuestras vidas a golpe de películas y álbumes. Y se ha infiltrado tanto en nuestro día a día que Greg Epstein, autor de Tech Agnostic (MIT Press, 2024), considera que la tecnología bien podría ser la nueva religión. Al fin y al cabo, cuando iPhone saca su último modelo, ¿acaso la gente no sale a la calle a comprarse ese nuevo dispositivo en el que cree ciegamente y al que incluso ahora confía sus secretos, dudas y vergüenzas a través de sus asistentes virtuales?

Liz Bucar es una profesora de religión que en sus redes sociales se encarga de “desenmascarar la influencia oculta de la fe en la política, el bienestar y la cultura”. En uno de sus análisis habla de cómo tras asistir a una clase de yoga, se dio cuenta de que esa sesión era “más genuinamente religiosa que la mayoría de los servicios religiosos” a los que había asistido. 

¿Y si el yoga funcionara mejor cuando dejáramos de fingir que no es religioso?

“Nada de falsos namasté. Nada de pseudoliturgias de “la luz en mí honra la luz en ti”. Era una práctica religiosa sin representación espiritual. Y me hizo pensar en lo que hemos perdido en el yoga del bienestar”, asegura. “Esta es la incómoda verdad: la mayoría de los estudios de yoga nos sirven como teatro espiritual, tomando prestada la estética oriental lo justo para parecer auténtica, pero eliminando la ética, las cosmologías y las obligaciones que hicieron poderosas esas prácticas en un principio”, dice. Comenta que la sociedad ansiaba una sabiduría ancestral sin compromisos ancestrales, beneficios sin responsabilidades y la sensación de espiritualidad sin la esencia de la religión. Se pregunta qué pasaría si en realidad, ocurriera lo contrario. “¿Y si el yoga funcionara mejor cuando dejáramos de fingir que no es religioso?”. 

Cortesía Pixels

Cuando la gente parecía haber dejado atrás la religión, antes de que el germen La Mesías nos invadiera, el misticismo persistió. Cada vez eran más los que comenzaban a identificarse como “espirituales pero no religiosos” y llegó un momento en el que los investigadores de Harvard y los periodistas analizaron a qué lugares acudieron quienes tenían que expresar esa espiritualidad que ya no tenía una iglesia como hogar. “Las respuestas incluyeron: yoga, CrossFit, SoulCycle, clubes de cenas y meditación. Oprah probó los baños de sonido. Gwyneth Paltrow promocionó la sanación energética. Más de un tercio de las mujeres estadounidenses menores de 30 años han descargado la aplicación de astrología personal Co-Star, según la compañía”, señala Lauren Jackson en The New York Times.

Datos de Eventbrite indican que el 78 % de usuarios asegura afirma gastar más en experiencias que en bienes físicos, y del mismo modo que la vida religiosa pone el foco en la experiencia religiosa  que se materializa mediante rezos, peregrinaciones y sermones, ahora la economía del bienestar convierte estilos de vida aspiracionales en los que prima experiencias individuales y comunitarias similares a esas como si fueran el objeto de deseo. Bien sea mediante (carísimas) clases de barre o mediante (carisísimas) clases de pilates reformer, poder acceder al bienestar, aunque sea a golpe de cartera, pincela la promesa de poder alcanzar una vida más saludable y deseable. 

El bienestar se erige como un marco regulador, similar a la religión, que nos dice cómo vivir

En The Gospel of Wellness: Gyms, Gurus, Goop, and the False Promise of Self-Care Rina Raphael habla de cómo el bienestar se erige como un marco regulador, similar a la religión, que nos dice cómo vivir. “El evangelio del bienestar tiene sus propios mandamientos, su propia moral, su propia comunidad y sus propios rituales. También tiene sus propios falsos ídolos. Estos becerros de oro adoctrinan a las mujeres con falsas creencias: pseudociencia, desconfianza en la medicina y presiones innecesarias que les roban tiempo y energía. Y debemos combatir estas creencias antes de que se conviertan en una secta. En el bienestar, a veces el remedio es peor que la enfermedad”, advierte la autora.

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En Dazed & Confused, la periodista Clementine Prendergast indica que la socióloga Émile Durkheim argumentó que la religión sustenta la sociedad, organizando nuestra vida social mediante una dicotomía entre lo sagrado y lo profano. “En el culto al bienestar, el cuerpo se considera sagrado y debe evitar la contaminación a toda costa. Esto se logra mediante la abstinencia de alimentos, bebidas o prácticas consideradas “tóxicas”, consumiendo solo lo que se percibe como “limpio”, así como mediante la realización de una serie de rituales corporales como técnicas de purificación”, señala. Comenta además que en Barry’s Bootcamp, el cuerpo se gestiona a través de la dieta y el ejercicio, y se habla de él como un sujeto al que se le “hace”. “La lógica sigue: los cuerpos se pueden crear (la crianza, no la naturaleza) y los “buenos” se forjan en Bootcamp. Los cuerpos de Barry son, por supuesto, cuerpos sagrados; disciplinados en Bootcamp, deben adherirse a regímenes dietéticos muy estrictos fuera del horario de clase y evitar cualquier tipo de riesgo de contaminación”, asegura.

Que cada una busque su fe y su paz donde quiera, pero por favor: que no termine el bienestar por ser una nueva cárcel en la que castigarnos y culpabilizarnos. Porque los sermones que nos pegamos a nosotras mismas no tienen perdón de Dior.

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