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Hotel San Roque: 250 miradas y 30 años de historia en Garachico

En una casona del siglo XVIII, el arte contemporáneo y los muebles de diseño conviven con patios y galerías de madera. Este hotel familiar del norte de Tenerife celebra tres décadas con una forma de recibir que te hace sentir en casa

Hotel San Roque: 250 miradas y 30 años de historia en Garachico
Hotel San Roque: 250 miradas y 30 años de historia en Garachico

En una calle adoquinada de Garachico, una fachada de rojo terroso y ventanas de madera oscura despierta la curiosidad. Sobre los muros asoma vegetación y, por encima de las cubiertas, una torre con huecos circulares anuncia que la casa guarda alguna sorpresa. Es el Hotel San Roque, que este año cumple treinta años.

Al cruzar su puerta, aparece un patio entre palmeras y galerías de madera. Los muros rojizos prolongan el color del exterior y los toldos claros suavizan la luz. La vista se dirige hacia la planta superior, siguiendo las columnas y las barandillas, antes de detenerse en los muebles y las obras de arte que acompañan la llegada.

La bienvenida de Laly y su hijo Dominique permite empezar a conocer la casa. Ambos comparten su historia, explican algunas de sus piezas y recuerdan cómo fue tomando forma el hotel. En la conversación se percibe el vínculo con el edificio y el cariño con el que lo cuidan. El recorrido comienza así, entre preguntas y detalles que van cobrando sentido.

El Hotel San Roque, en Garachico, que este año cumple treinta años
El Hotel San Roque, en Garachico, que este año cumple treinta años

Treinta años de una apuesta familiar

La historia del San Roque comenzó cuando Laly y su marido conocieron la casona, en 1990, y vieron en ella la posibilidad de crear un alojamiento propio. La restauración de este edificio del siglo XVIII se prolongó entre 1992 y 1996. Fueron cuatro años de trabajo para abrir una nueva etapa entre sus muros.

Escuchar a Laly recordar las obras permite entender el esfuerzo que hay detrás de espacios que hoy se disfrutan con naturalidad. Para construir la piscina fue necesario excavar la roca volcánica sobre la que se asienta el edificio. Ahora, al verla integrada en el patio, cuesta imaginar aquella dificultad. Hoy, Laly y Dominique dan continuidad al proyecto familiar.

Los dos patios ayudan a comprender la distribución del hotel. A su alrededor se organizan buena parte de los espacios, mientras las galerías de madera acompañan el camino hacia las habitaciones. Antes de llegar a ellas, la escalera principal reserva una de las sorpresas del recorrido.

El edificio del Hotel San Roque es del siglo XVIII
El edificio del Hotel San Roque es del siglo XVIII

Arte con historia: bajo las 250 miradas

Basta levantar la mirada para descubrir un fondo azul intenso cubierto de ojos. Son 250 piezas de cerámica y vidrio que componen La muerte de una estrella es un ojo, la instalación de Carmen Calvo situada sobre la escalera. La subida se interrumpe unos instantes para contemplar el conjunto. En el descansillo, una pequeña figura blanca yace sobre el suelo de madera, entre dos butacas de tapicería burdeos. Es Niño durmiente, de José Noguero. Su cuerpo recogido, bajo aquella multitud de ojos, sugiere una fragilidad que da fuerza a la escena. La mirada alterna entre ambas obras antes de continuar hacia la planta superior.

Los ojos de buey enmarcados en piedra dejan entrar luz alrededor de la instalación. Su forma establece una correspondencia visual con las piezas de Carmen Calvo y recuerda los huecos que llamaban la atención desde la calle.

El diseño continúa en los espacios comunes, con muebles de Josef Hoffmann y Mies van der Rohe, además de una silla de Gerrit Rietveld en la galería superior. Una butaca o una mesa pueden despertar tanta curiosidad como un cuadro. Su presencia acompaña el recorrido hacia el dormitorio y ofrece motivos para regresar después con más tiempo.

'La muerte de una estrella es un ojo', la instalación de Carmen Calvo en el Hotel San Roque
‘La muerte de una estrella es un ojo’, la instalación de Carmen Calvo en el Hotel San Roque

Una ventana para quedarse

En las habitaciones visitadas, los rosas, verdes y azules conviven con la madera oscura y los techos altos. El color prolonga el carácter de los espacios comunes, aunque uno de los detalles más agradables pertenece a la propia arquitectura. Junto a una ventana, entre cortinas claras, un banco de madera integrado en el hueco ofrece un lugar desde el que mirar las calles empedradas. La fachada de enfrente queda cerca y la vista recoge pequeños fragmentos del exterior.

Durante la estancia, ese asiento se convirtió en un rincón al que volver en más de una ocasión. Después de conocer la casa, sentarse allí permite disfrutar de la habitación con calma. Garachico permanece al otro lado del cristal, a la distancia de una calle, y observarlo durante unos minutos acaba formando parte del tiempo que se pasa en el hotel.

La mañana alrededor de la piscina

El desayuno lleva hasta el patio de la piscina. Rodeada de vegetación y tumbonas, el agua introduce un tono turquesa entre los muros rojizos y los pavimentos de tonos tierra. Durante la visita, el tiempo no acompañó para bañarse, aunque quedaron ganas de hacerlo.

La mesa permite disfrutar de este espacio de otra manera. El bufé, los huevos a la plancha y unas tortitas con miel acompañaron las mañanas de la estancia. Hay tiempo para conversar y decidir qué hacer después, con las galerías y la vegetación alrededor. Desayunar junto al agua es una de esas experiencias sencillas que ayudan a familiarizarse con un lugar. El patio que al llegar se observa con curiosidad se convierte pronto en el escenario donde empieza el día.

La piscina del Hotel San Roque, en Garachico

Una terraza entre los tejados y el mar

La terraza invita a prolongar la pausa antes de salir. Basta subir con un libro y acomodarse en una tumbona. Entre una página y la siguiente, la vista se escapa hacia la iglesia del pueblo; al mirar en otra dirección, aparece el mar. Desde aquí se distinguen las cubiertas de Garachico y la ladera que se levanta detrás de las casas. También la torre, que resulta más familiar después de haber descubierto la instalación de los ojos en su interior. La vista permite situar el hotel en el pueblo y reconocer parte del entorno que espera fuera.

Al salir del San Roque, el paseo continúa entre balcones de madera, tiendas de artesanía y restaurantes. Las calles adoquinadas enlazan pequeñas plazas y edificios que conservan las huellas de la historia de Garachico. En el parque de la Puerta de Tierra permanece el arco de acceso al antiguo puerto. Recuerda la importancia comercial de la localidad antes de la erupción de 1706, cuando la lava sepultó el puerto y cambió su rumbo.

Junto al mar, las piscinas naturales de El Caletón muestran otra parte de esa historia volcánica. Frente a la costa se levanta el Roque de Garachico, cuya silueta acompaña el paseo. Para quienes quieran conocer los alrededores, la visita puede extenderse hasta Icod de los Vinos y su célebre Drago Milenario.

Una de las habitaciones del Hotel San Roque, en Garachico
Una de las habitaciones del Hotel San Roque, en Garachico

De regreso al hotel, apetece descansar en uno de los sofás de las zonas comunes y mirar hacia el patio central. Después de caminar por Garachico, ese rato permite recuperar energía antes de la cena. Por la noche, la mesa espera junto a la piscina. Allí se encuentra Anturium, el restaurante del hotel, cuya cocina se vincula a los productos de Tenerife y del Atlántico. Las papas arrugadas con mojo satisfacen ese antojo de sabores canarios que acompaña el viaje.

Treinta años después de su apertura, San Roque conserva el cuidado de un proyecto familiar. Se percibe en las conversaciones con Laly y Dominique y en el cariño con el que comparten la casa. Al final de la estancia, junto al recuerdo de las obras de arte, queda algo más cotidiano: los desayunos junto al agua, la iglesia vista desde una tumbona y aquel banco donde sentarse a mirar la calle. Son esos momentos los que hacen que volver al hotel parezca un poco como regresar a casa.

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