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La maldición de los Kennedy

El éxito de Love Story reaviva el mito de la “maldición de los Kennedy” y devuelve al presente una historia familiar atravesada por décadas de tragedias

No hacía falta otra serie sobre los Kennedy para confirmar que su magnetismo sigue intacto, pero Love Story lo ha demostrado con cifras. La producción sobre John F. Kennedy Jr. y Carolyn Bessette se ha convertido en un fenómeno de audiencia y ha disparado de nuevo el interés por una pareja que, para varias generaciones, encarnó una mezcla casi perfecta de belleza, privilegio, glamour y fatalidad. Lo que la ficción ha vuelto a poner sobre la mesa no es solo una historia de amor truncada, sino algo más profundo… la persistente idea de que sobre los Kennedy pesa una condena hereditaria, una sucesión de golpes tan espectacular que la cultura popular acabó bautizándola como una maldición.

La expresión, en realidad, simplifica demasiado. No hay maldición, claro. Hay historia, poder, exposición pública, imprudencias, enfermedades y una familia que vivió durante generaciones bajo una presión extraordinaria. Pero también es cierto que pocos apellidos acumulan un catálogo tan devastador de desgracias. La tragedia empieza a fijarse en el imaginario colectivo mucho antes del asesinato de John Fitzgerald Kennedy. En 1944 murió Joseph P. Kennedy Jr., el hermano mayor sobre el que la familia había proyectado grandes ambiciones políticas, cuando explotó su avión en una misión de la Segunda Guerra Mundial. Cuatro años después, Kathleen “Kick” Kennedy falleció también en un accidente aéreo. Y en paralelo, Rosemary Kennedy quedó marcada para siempre por una lobotomía fallida que la apartó del mundo y del propio relato público de la familia durante años.

Carolyn y JFK Jr

Después llegó el golpe que convirtió a los Kennedy en mito planetario. El 22 de noviembre de 1963, el presidente John F. Kennedy fue asesinado en Dallas. Cinco años más tarde, en junio de 1968, su hermano Robert F. Kennedy, que había heredado buena parte de la esperanza política del clan, fue asesinado en Los Ángeles en plena campaña presidencial. Entre una muerte y otra, la familia pasó de representar la promesa liberal estadounidense a encarnar también su reverso más oscuro: la idea de que cada ascenso llevaba incorporada una caída.

A esa secuencia se añadió en 1969 el episodio de Chappaquiddick, cuando Ted Kennedy condujo un coche fuera de un puente y Mary Jo Kopechne murió. El accidente no fue una muerte más dentro del árbol genealógico, pero sí un punto de inflexión en la construcción de la leyenda negra familiar: destruyó para siempre buena parte del futuro presidencial de Ted y consolidó la impresión de que, en los Kennedy, incluso la supervivencia venía acompañada de ruina moral y política.

Las décadas siguientes no rebajaron esa percepción. Hubo adicciones, muertes prematuras y accidentes que parecían alimentar sin pausa el relato fatalista. David Kennedy, hijo de Robert F. Kennedy, murió por sobredosis en 1984. Michael Kennedy, hijo de Robert, falleció en 1997 en un accidente de esquí. Y en 1999 se produjo quizá la tragedia que mejor conecta con la sensibilidad actual y con el éxito de Love Story; la muerte de John F. Kennedy Jr., su mujer Carolyn Bessette y Lauren Bessette al estrellarse la avioneta que pilotaba él mismo frente a Martha’s Vineyard. La investigación concluyó que el aparato cayó por error del piloto, condicionado por la desorientación espacial durante un descenso nocturno sobre el agua con bruma.

Ese accidente fue mucho más que una noticia luctuosa. En términos culturales, supuso el final de una fantasía americana. John Jr. era el heredero sentimental de Camelot, el niño saludando el féretro de su padre convertido después en icono pop adulto, editor de revista, abogado y príncipe oficioso de la política-espectáculo de los noventa. Carolyn Bessette, por su parte, era la sofisticación convertida en figura pública involuntaria. Su historia encajaba tan bien en el molde de la elegía nacional que resultaba casi inevitable que terminara transformada en ficción. Y eso es justamente lo que ha hecho Love Story, recuperar la tragedia y devolverla, con estética de lujo y melodrama, a una audiencia que ya no vivió aquel final en directo.

La nueva oleada de interés no ha estado exenta de rechazo. Jack Schlossberg, sobrino de John Jr. e hijo de Caroline Kennedy, ha criticado la serie por convertir el dolor familiar en espectáculo. Esa reacción dice mucho sobre la relación de los Kennedy con su propia leyenda, la familia sigue siendo objeto de fascinación pública, pero también rehén de una narrativa que la persigue incluso cuando intenta proteger su intimidad. El apellido vende, pero también expone.

Y ahí aparece otra capa de actualidad. Porque los Kennedy no solo regresan por la vía de la nostalgia televisiva. También siguen siendo noticia en el presente político y personal. En 2025, Caroline Kennedy rompió públicamente con su primo Robert F. Kennedy Jr. y pidió al Senado que rechazara su nombramiento como secretario de Salud, al que llegó a calificar de “depredador”. Finalmente, RFK Jr. fue confirmado y hoy ocupa formalmente ese cargo en la administración estadounidense, una deriva que ha hecho visible una fractura familiar de enorme intensidad simbólica, el apellido que durante décadas se identificó con una rama del liberalismo demócrata aparece hoy dividido y disputado desde dentro.

Tatiana Schlossberg junto a sus padres, Caroline Kennedy y Edwin Schlossberg , y su hermano, Jack, en una foto de archivo. (EFE)

En medio de ese clima, la familia recibió otro golpe devastador. Tatiana Schlossberg, hija de Caroline Kennedy y nieta de John F. Kennedy, murió el 30 de diciembre de 2025 a los 35 años por una forma rara de leucemia mieloide aguda. Su muerte no es el origen del renovado interés por los Kennedy, pero sí uno de los hechos que más ha reforzado en los últimos meses la sensación de continuidad trágica. No se trata ya solo de revisar un archivo de catástrofes del siglo XX; también hay un dolor contemporáneo que mantiene viva esa conversación.

Por eso la llamada maldición de los Kennedy sigue funcionando como una idea poderosa, aunque sea una idea tramposa. Tramposa porque convierte en destino lo que muchas veces fueron decisiones humanas, enfermedades o accidentes; y poderosa porque ninguna otra gran familia política estadounidense ha vivido bajo una combinación tan intensa de privilegio, duelo, fama y exposición. Los Kennedy construyeron parte del relato heroico de Estados Unidos, pero también terminaron encarnando su fragilidad. Love Story ha servido de recordatorio de ese doble filo: detrás del brillo, siempre asoma la pérdida.

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