Carúpanadas nació en uno de los momentos más inciertos de los últimos años, la pandemia. Sin empleo y con un futuro difuso en Caracas, María Fernanda García y Berna Jiménez encontraron en las empanadas del oriente venezolano no solo una forma de subsistencia, sino también una oportunidad. Aquellas recetas cargadas de recuerdos (crujientes, ligeramente dulces y con guisos que saben a hogar) comenzaron a venderse desde la cocina de una casa, a través de entregas a amigos y conocidos, en un contexto donde el delivery empezaba a abrirse camino en Venezuela. Lo que empezó como una solución inmediata pronto se convirtió en algo más profundo. Los clientes no solo repetían; compartían historias, emociones y nostalgia en cada pedido. Mes a mes, las ventas crecían hasta que el espacio doméstico dejó de ser suficiente. En ese punto, entendieron que ya no estaban solo cocinando, sino construyendo una empresa. Hoy, Carúpanadas es el reflejo de ese recorrido; un proyecto que mezcla tradición, resiliencia y emprendimiento femenino, llevando consigo no solo comida, sino también identidad y memoria.
¿Cómo nació Carúpanadas y en qué momento os disteis cuenta de que aquella idea casera podía convertirse en una empresa?
Carúpanadas nació en un momento muy incierto, en plena pandemia, a principios de mayo de 2020. Berna y yo (Mafer) estábamos en Caracas, Venezuela, sin trabajo (yo además vivía alquilada en una habitación en su casa) y con muchas dudas sobre qué hacer. Pero también teníamos una certeza muy clara: sabíamos lo que significaban para nosotras las empanadas del oriente venezolano. Son esas empanadas que te trasladan directo a la playa: crujientes, con una masa ligeramente dulce, delgada, y rellenas de guisos con mucho sabor a casa, con un ingrediente muy especial que es el ají dulce venezolano. Así que decidimos aventurarnos y empezar por lo más sencillo que sabíamos hacer, aunque el camino fuera totalmente nuevo para nosotras. Comenzamos cocinando en casa de mi socia, Berna, y vendiendo por delivery a amigos, conocidos y a personas que empezaron a recomendarnos. También pasaron cosas muy bonitas. Nuestro emprendimiento nació justo cuando en Venezuela comenzaba a crecer el uso del delivery por la pandemia, y eso nos permitió ocupar un espacio que prácticamente no existía para un producto como el nuestro. La gente no solo compraba: volvía. Nos escribían diciendo que esas empanadas les sabían a playa, a infancia, a familia. Ahí empezamos a entender que no solo estábamos vendiendo comida, sino también recuerdos y emociones. Mes a mes las ventas crecían. Aunque al principio era simplemente una forma de salir adelante, el momento en que nos dimos cuenta de que aquello podía convertirse en una empresa fue cuando, literalmente, la casa se nos quedó pequeña. Ya no teníamos capacidad para producir más empanadas, necesitábamos más manos, más espacio e incluso máquinas industriales. Cuando salimos de casa, en marzo de 2022, vendíamos unas 4.000 empanadas al mes, y para nuestro segundo aniversario ya habíamos duplicado las ventas en nuestro primer local.

¿Qué significó para vosotras emprender siendo mujeres, en plena pandemia y en un contexto tan complejo como el venezolano?
En Venezuela la estabilidad prácticamente no existe. Los cambios constantes son la regla. Pero los venezolanos también nos hemos vuelto expertos en adaptarnos y darle la vuelta a las situaciones. En ese momento, además, formalizar una empresa era muy complicado: no existía la posibilidad de acceder a créditos bancarios y había muy poco apoyo institucional, sobre todo en 2020. Aun así decidimos apostar por lo que sabíamos hacer y empezar desde cero. La pandemia, de alguna forma, también abrió una puerta para muchos emprendimientos que comenzaron a generar microempleos a su alrededor. Carúpanadas en ese momento fue clave para nuestro sustento y para el de nuestras familias. Nuestro primer reto también era la carga emocional y familiar que muchas mujeres llevamos al mismo tiempo. En el caso de mi socia, que es madre soltera de dos hijos, y en el mío, asumir la manutención de mis abuelos. Todo eso hace que la carga económica y emocional sea más fuerte. Además, emprender siendo mujeres tiene retos adicionales. A veces cuesta más que crean en tu proyecto, acceder a capital o que se reconozca tu liderazgo en el mundo de los negocios. Lo sentimos especialmente cuando decidimos buscar inversión para abrir nuestro primer local.
¿Qué recordáis de aquellos primeros meses cocinando y vendiendo empanadas desde casa?
Lo que empezó como una idea que pensábamos que sería relativamente fácil terminó siendo todo un desafío. Nos tocó aprender de procesos, sacar cuentas, trabajar con proveedores y recorrer toda Caracas buscando mejores precios. Tuvimos que aprender a ser jefas y también nuestras propias empleadas. Trabajábamos prácticamente 24/7, porque cuando tu negocio está en tu casa realmente no existe la forma de “cerrar la oficina”. No sabíamos que la cocina daba tanto trabajo ni que emprender significaba asumir todos los roles al mismo tiempo.
Pero también recuerdo algo muy bonito: todas las semanas crecíamos en ventas. Conocíamos nuevos clientes y muchos nos decían que eran de las mejores empanadas que habían probado. Eso nos reconfortaba muchísimo. Ver cómo el equipo iba creciendo, sumar personas al proyecto y confiar en nuestro producto nos dio la fuerza para seguir. También fue un ejercicio de humildad. Yo vengo del mundo del derecho y Berna de recursos humanos, y de repente nos convertimos en empanaderas. Hoy en día para mí ese oficio tiene un significado muy profundo.
¿Cuándo dejasteis de veros solo como cocineras o empanaderas y empezasteis a asumir también vuestra parte de empresarias?
Creo que el verdadero momento de conciencia llegó cuando entendimos que ya no solo éramos responsables de nuestras empanadas, sino también de un equipo de personas, de sus trabajos y de un proyecto que estaba creciendo. En ese punto dejamos de vernos solo como empanaderas y empezamos a vernos también como empresarias. Coincidió con la apertura de nuestro primer local. Ahí comenzamos a asumir ese otro rol: aprender de administración, finanzas, gestión de equipos y construcción de marca. Fue casi como estudiar una carrera acelerada mientras seguíamos cocinando todos los días. Tuvimos que entender que, para crecer, también teníamos que salir de la cocina. Pero para poder hacerlo primero necesitábamos documentar todo: recetas, procesos, normas de trabajo. Aunque también sentimos que más que dejar de ser empanaderas para ser empresarias, lo que hicimos fue integrar todos nuestros roles. Incluso hoy, cuando la cocina nos necesita o cuando abrimos un nuevo local, Berna y yo volvemos a ponernos la camisa de empanaderas. Personalmente me siento profundamente orgullosa de ser empanadera. Primero soy empanadera y luego empresaria.
¿Qué legado de vuestras abuelas y de las mujeres de vuestra familia sigue vivo hoy en cada empanada?
Nuestro legado viene de la cocina de nuestras abuelas y de las mujeres de nuestra familia, especialmente de mi abuela materna. Crecimos viéndolas cocinar, guisar con paciencia, probar, corregir y hacerlo siempre con cariño. En esas cocinas aprendimos que la comida no es solo alimento: también es cuidado, memoria y una forma de reunir a la gente alrededor de una mesa. De ellas heredamos sobre todo el respeto por el guiso: cocinarlo con tiempo, con buenos ingredientes y con ese equilibrio de sabores que hace que una empanada no solo esté buena, sino que realmente “sepa a casa”. Muchas de las combinaciones y técnicas que usamos hoy nacen de esa tradición familiar que vimos desde pequeñas. Pero también heredamos algo más profundo: la forma de hacer las cosas. Nuestras abuelas siempre decían que lo importante era hacerlo con amor. Esa filosofía sigue viva hoy en Carúpanadas.

¿Por qué el guiso es tan importante en la identidad de Carúpanadas?
En la cocina venezolana el guiso no se hace con prisa. Se cocina con tiempo, con sofritos, ají dulce, ajo y especias, hasta lograr sabores profundos que realmente saben a casa. Cuando lo comes, inevitablemente te recuerda a tu mamá o a tu abuela. Y ahí ocurre algo muy especial: se da el matrimonio perfecto. Nuestros guisos intensos se encuentran con una masa ligeramente dulce, delgada y crujiente. No se opacan entre sí, sino que se complementan. Ese equilibrio es parte de la identidad de nuestras empanadas.
¿Qué supone para vosotras haber llevado un producto tan ligado a la memoria venezolana hasta Madrid?
Es una mezcla de emociones muy profunda. Hay nostalgia, claro. Porque cuando haces un guiso de cazón o un asado negro en Madrid, inevitablemente te recuerda a casa, a lo que dejaste atrás pero sigue viviendo en ti. Pero también hay mucho orgullo. Cocinarlo aquí no es solo repetir una receta: es sostener nuestra identidad en otro territorio. Es comprobar que el sabor viaja con nosotros y que la cocina venezolana no tiene fronteras. Cuando un cliente nos dice que nuestras empanadas lo trasladan a su casa, a la playa o a su infancia, nos emociona muchísimo. Incluso nos ha tocado ver gente llorar de felicidad al probarlas. Ahí entiendes que la gastronomía es memoria. Carúpanadas no solo vende comida: vende una experiencia.
¿Cuál ha sido el mayor reto a la hora de replicar en España el sabor original de Venezuela?
España nos ha permitido estandarizar nuestros productos en un 90%, algo que para nosotros era fundamental. Hemos logrado conseguir prácticamente todos los ingredientes que utilizamos en Venezuela. Para nosotros era muy importante que cuando probaras una empanada aquí te supiera igual que en nuestros locales en Venezuela, y creemos que lo hemos conseguido. Somos muy minuciosos con los productos que trabajamos. Y en España es posible porque aquí se cultiva ají dulce venezolano, se produce queso venezolano y también se consiguen proteínas como el cazón, que es tan importante en nuestra gastronomía.
¿Qué habéis aprendido en el camino sobre liderazgo, gestión y crecimiento empresarial?
En el camino hemos aprendido que emprender no es solo tener un buen producto, sino saber construir una empresa alrededor de ese producto. Al principio nuestro foco estaba en cocinar bien. Pero con el crecimiento entendimos que liderar implica muchas otras cosas: aprender de administración, controlar costos, mejorar procesos, comunicar mejor y rodearte de personas que sepan más que tú en ciertas áreas. También tuvimos que aprender a reconocer errores, pedir ayuda y adaptarnos constantemente. En liderazgo entendimos que una empresa es, ante todo, un equipo. Hoy muchas personas dependen de este proyecto, y eso te obliga a tomar decisiones con responsabilidad, escuchar y construir una cultura donde todos sientan que forman parte de algo. Y sobre el crecimiento, aprendimos que no se trata solo de vender más, sino de crecer con sentido: mantener la calidad, cuidar la esencia del proyecto y no olvidar por qué empezaste. Nosotros no queremos que Carúpanadas sea una marca de moda, queremos que sea una marca que perdure en el tiempo.

¿Creéis que vuestra historia también visibiliza el papel de tantas mujeres que históricamente han hecho de la empanada un oficio y una forma de salir adelante?
Sí, principalmente mujeres. En la región oriental de Venezuela, desde que pisas sus ciudades, pueblos o carreteras, siempre encuentras puestos de empanadas. Durante años han sido el sustento de muchos hogares. Para muchas mujeres venezolanas (muchas de ellas madres solteras) vender empanadas significa llevar dinero a casa, sacar adelante a sus hijos, darles educación y oportunidades. Es parte de nuestra cultura. Desde niña crecí viendo a muchas mujeres dedicarse a esto, y nunca imaginé que algún día tendría el honor de ser una de ellas. Mucho menos el privilegio de llevar ese legado a otros niveles. Cada vez que regreso a mi ciudad me encanta parar en esos puestos, comer empanadas, escucharlas, aprender de ellas, conectar. Hoy nuestra historia puede escucharse más fuerte, pero no sería nada sin todas esas mujeres que lo han hecho durante generaciones.
En el Mes de la Mujer, ¿qué mensaje os gustaría dar a otras mujeres que sueñan con emprender en gastronomía?
Nuestro mensaje sería que sí se puede, aunque muchas veces el camino parezca cuesta arriba. Emprender en gastronomía (y en general en cualquier negocio) puede ser duro. Y para muchas mujeres existen barreras adicionales: dudas propias, estereotipos o menos acceso a oportunidades. Pero también hemos aprendido que las mujeres tenemos una enorme capacidad de trabajo, resiliencia y sensibilidad para liderar equipos y construir proyectos con propósito. A quienes sueñan con emprender les diríamos que crean en su idea, que se preparen, que pidan ayuda cuando la necesiten y que no esperen a sentirse completamente listas para empezar. Muchas veces el aprendizaje ocurre en el camino. Y algo muy importante: que no intenten ser quienes no son para encajar, y que no compitan entre ellas, sino que se apoyen. Cuando las mujeres se acompañan y comparten experiencias, el camino se vuelve mucho más fuerte.
¿Cuál es el próximo sueño que queréis conquistar con la marca?
Nuestro próximo objetivo es abrir nuestro segundo local. Esperamos lograrlo en el tercer trimestre de este año. Y el siguiente paso sería expandirnos a otra ciudad de España, probablemente Valencia o Barcelona.
