La última gran cena de Estado en el Palacio Real, con el presidente de Alemania como invitado, ha devuelto a primer plano una de las joyas más reconocibles de la familia real española. Sobre un recogido muy pulido, casi arquitectónico, la reina Letizia lució de nuevo la tiara Cartier, que no utilizaba desde la visita oficial del jefe de Estado portugués en 2018. En estos siete años ha seguido existiendo en fotos de archivo, en documentales y en exposiciones sobre reinas, pero no en la vida real de las galas.
El estilismo elegido esa noche estaba organizado alrededor de la diadema. Un vestido negro largo, de corte seco y escote cuadrado, mangas con pedrería y escote profundo en la espalda, marcaba una silueta limpia que no compite con el volumen de la joya. Los pendientes eran unos chatones de diamantes clásicos y en la muñeca, una de las pulseras procedentes de una antigua corona. El peinado, recogido bajo y perfectamente controlado, dejaba la cara despejada y convertía la tiara en el punto más luminoso del conjunto. En los pies, sandalias de plataforma de firma española, un detalle coherente con la costumbre de Letizia de colar moda nacional en sus looks de gala.
La pieza que concentró todas las miradas es una tiara de platino y diamantes con siete perlas dominantes y un motivo central en forma de flor de lis, símbolo directo de la casa Borbón. Se sitúa dentro del estilo art déco, con un dibujo de roleos y motivos vegetales que se despliegan en seis módulos que sostienen las perlas superiores. Más allá de la primera impresión, su diseño esconde otra idea interesante para los códigos actuales: originalmente permitía sustituir las perlas centrales por gemas de color, lo que hoy llamaríamos una joya transformable, capaz de cambiar de aspecto según el vestido o la ocasión.
Durante años se habló de esta tiara como un encargo de los años veinte para la reina Victoria Eugenia, sin demasiados matices. La investigación de archivo más reciente ha afinado esa historia y la ha hecho mucho más atractiva. Hoy sabemos que la Cartier procede en realidad de la unión de dos diademas distintas que Victoria Eugenia había recibido como regalos de boda en 1906. Una era obra del taller barcelonés Masriera, con un diseño marcadamente modernista, esmaltes de color, diamantes y perlas. La otra, firmada por Ansorena, respondía a un gusto más francés: una estructura de lazos y hojas, también en diamantes, con una hilera de perlas en la parte superior, realizada a partir de joyas familiares heredadas.

En un inventario manuscrito pocos años después de la boda, la propia Victoria Eugenia dejó anotado que ambas diademas se habían convertido en una sola. Aquella nota se ha podido relacionar con el trabajo posterior de Cartier, ya en los años veinte, cuando el taller parisino recibe las dos piezas y diseña a partir de ellas una tiara completamente nueva, más ligera y más acorde con la estética de la época. Es entonces cuando se fija la estructura básica que ha llegado hasta hoy: la flor de lis central, los seis módulos laterales y el conjunto de perlas en la parte superior.
La historia de la Cartier no se detiene ahí. Poco después, cuando Victoria Eugenia hereda un importante conjunto de esmeraldas de su madrina, la emperatriz Eugenia de Francia, la tiara se transforma de nuevo: se retira la perla que coronaba la pieza, las perlas restantes dan paso a grandes esmeraldas y la diadema se integra así en un espectacular aderezo verde que la reina utilizó con frecuencia. Esa versión con esmeraldas la acompañó incluso durante el exilio. A comienzos de los años sesenta, las esmeraldas se vendieron en subasta y la tiara recuperó el aspecto que reconocemos hoy, con perlas, pero sin aquella perla solitaria que remataba la parte superior.
Tras la muerte de Victoria Eugenia en 1969, la tiara pasó a manos de su hija menor, la infanta María Cristina. No formaba parte del grupo de piezas reservado expresamente a las reinas, así que podía haber salido del ámbito familiar. Antes de desprenderse de ella, la infanta la ofreció a su sobrino, el entonces príncipe Juan Carlos, que la adquirió y garantizó su vuelta al joyero de la Casa. A partir de ese momento, la diadema empieza una nueva etapa pública: la reina Sofía la adopta como una de sus piezas habituales para viajes oficiales y cenas de gala, y se convierte en una imagen recurrente de su etapa de consorte. Años después la llevará también la infanta Cristina en la boda de los actuales herederos de Suecia.
Letizia ha sido, en comparación, extremadamente selectiva con esta tiara. La estrenó en 2018 en una cena de Estado en honor al presidente de Portugal, con un vestido azul oscuro cuajado de perlas bordadas. Desde entonces no la había vuelto a usar hasta la cena dedicada al presidente alemán, donde reaparece en un contexto muy distinto, con un vestuario más depurado y una escenografía institucional especialmente cuidada. Que en más de una década solo la haya llevado en dos ocasiones dice mucho de cómo se administra esta pieza: no como un recurso más, sino como un gesto reservado a momentos con fuerte carga simbólica.
En esta reaparición hay otro dato clave que afecta directamente a la moda: la tiara no solo vuelve a escena, vuelve cambiada. El análisis de las imágenes recientes frente a las de 2018 y la información difundida sobre su mantenimiento apuntan a una puesta a punto completa. La estructura se ve más despejada, la base de terciopelo que se apoya sobre el cabello es nueva y se ha elegido en un tono que se integra mejor con el pelo de la Reina, y la curva de la diadema parece más afinada, de forma que se adapta con más naturalidad a la cabeza y evita la sensación de “casco” que a veces producen estas piezas históricas. El brillo general también es distinto, propio de una limpieza y revisión profundas.
La misma tiara que nació de las diademas de Victoria Eugenia, que acompañó a esa reina en su etapa más glamourosa y también en el exilio, que se convirtió en un signo de la imagen de Sofía y que llevó la infanta Cristina en una gran boda europea, pasa ahora a ser una carta que Letizia juega muy pocas veces, pero con intención. En su forma de vestir del día a día, la Reina apuesta por líneas simples y marcas asequibles; en las grandes citas, recurre a este tipo de joyas para trazar un hilo visible entre las mujeres que la precedieron y su propia manera de ocupar el papel.


