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La vida en modo suscripción

¿Compramos menos cosas… o solo alquilamos la vida?

Escena de la película 'El diario de Bridget Jones'

Pagamos por ver series, escuchar música, entrenar, comer, movernos, vestirnos y hasta organizarnos. Netflix, Spotify, apps de delivery, gimnasio, almacenamiento en la nube, herramientas de productividad, renting de coche, incluso alquiler de ropa. Comodidad, flexibilidad y cero compromisos. Pero detrás de esa facilidad vemos que ya prácticamente no poseemos nada, más bien accedemos. Y eso está reconfigurando hábitos, identidad y cierta sensación de control.

Antes comprar era una decisión “cerrada” (un disco, un móvil, un coche, un armario que se construía con los años…); mientras que ahora la lógica es mensual, renovable y reversible. No tienes que elegir para siempre, solo por este mes. Eso da ligereza, sí, pero también vuelve un estilo de vida más provisional. Si todo es temporal, ¿qué parte de nuestra vida es realmente estable?

La suscripción también cambia cómo percibimos el gasto. No duele como una compra grande, sino que se reparte en cuotas pequeñas que se esconden en el extracto bancario. 9,99 aquí, 14,99 allá. Y como no hay un “momento de pago” claro, gastamos más sin sentir que gastamos más. No necesariamente por impulso, sino por inercia: seguimos suscritos porque cancelar da pereza, porque “por si acaso”, porque total no es tanto… hasta que sumas.

Además, estas plataformas venden una idea seductora, la de que todo es “para ti”. Recomendaciones, algoritmos, planes personalizados, catálogos infinitos… Pero cuando millones accedemos a los mismos menús culturales, la personalización a veces es más estética que real. Y aparece una pregunta incómoda, ¿elegimos lo que nos gusta o nos gusta lo que se nos ofrece mejor?

La paradoja es que la suscripción promete control (“cancela cuando quieras”), pero a menudo produce lo contrario: cargos automáticos que no recuerdas, planes duplicados, servicios que ya no usas. Gestionar la vida en modo suscripción implica administrar accesos, no objetos. Y eso exige atención constante. La comodidad se paga también en forma de microgestión mental.

El on demand no se queda en el entretenimiento. Se cuela en rutinas y expectativas: comer en cualquier momento, entrenar cuando apetezca, moverse sin planificar, resolverlo todo con un click. Ganamos agilidad, pero también nos acostumbramos a reemplazar en vez de sostener. Si algo deja de gustar, se cambia. Si cansa, se pausa. Y sostener un hábito sin estímulos constantes se vuelve más difícil en una vida diseñada para la novedad.

A simple vista, parece un consumo más responsable: menos acumulación, menos trastos, más eficiencia. Pero muchas veces la suscripción no reduce el consumo, sino que lo vuelve continuo. No llenamos estanterías de discos, pero escuchamos música sin parar. No compramos películas, pero siempre “hay algo que ver”. El consumo no desaparece, se vuelve permanente, de baja fricción y alta frecuencia.

Quizá no estemos pagando solo por productos. Estamos pagando por sensaciones: tranquilidad, comodidad, pertenencia, novedad. Y en una época de incertidumbre, acceder sin atarse parece más seguro que comprometerse pero deja una sensación ambigua… todo está disponible pero nada es del todo nuestro.

La realidad es que la vida en modo suscripción no es buena ni mala por defecto. Más bien es un espejo de la época; flexible, práctica, cansada y ansiosa. La pregunta no es si deberíamos cancelarlo todo, sino si somos conscientes de a qué estamos suscritos y por qué. Porque tal vez no estemos comprando menos cosas, quizá solo estemos alquilando la vida por meses.

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