Polémica en Halloween

Lo preocupante de Martha Stewart no es su disfraz, sino que le pareciera una buena idea

La empresaria se disfrazó de persona sin hogar por Halloween y terminó pidiendo disculpas

Existe algo difícil de entender en la idea de que una mujer de 85 años, con una fortuna estimada en cientos de millones de dólares y toda una vida dedicada a enseñar a los estadounidenses las reglas del buen gusto, decidiera disfrazarse de una persona sin hogar.

Martha Stewart se puso ropa desgastada, se ensució la cara y sostuvo un cartel en el que podía leerse: “Tengo hambre. Ayúdame”. Después, inmortalizó la escena y publicó el resultado en Instagram, acompañando una publicación en la que promocionaba su colección de velas. Y en medio de todo esto muchos usuarios han empezado a preguntarse en qué momento de todo ese proceso (al elegir la ropa, preparar el cartel o posar ante la cámara) le pareció una buena idea.

No es que quiera convertir una torpeza en un juicio moral ni sumarme a la tendencia que encuentra motivos para indignarse prácticamente a diario. Tampoco se trata de exigir que el humor sea siempre correcto, inofensivo o políticamente impecable; porque el humor necesita libertad, irreverencia y, en ocasiones, una buena dosis de incorrección. Pero una cosa es defender el derecho a bromear y otra muy distinta encontrarle la gracia a representar a alguien que no tiene dónde dormir. Porque… ¿dónde está exactamente el chiste?

Martha Stewart en una fotografía de archivo proporcionada por Netflix

La prensa internacional ha recogido la controversia. The Guardian subraya la paradoja de que una empresaria multimillonaria elija representar a una persona sin hogar en un país donde cientos de miles de personas carecen de vivienda. The Independent recoge las críticas por la falta de sensibilidad y por una primera explicación que, lejos de cerrar la polémica, termina alimentándola.

Stewart ha asegurado que pretendía concienciar sobre el sinhogarismo, una causa con la que afirmaba estar comprometida. Más tarde reconoció que su respuesta no había sido suficiente y pidió disculpas, admitiendo que su disfraz había sido insensible y que no tenía ninguna gracia.

Martha Stewart ha construido su carrera alrededor de los pequeños detalles. De saber qué flores colocar sobre una mesa, cómo recibir a los invitados o qué elementos convierten una celebración corriente en una ocasión especial. Resulta paradójico que alguien con semejante capacidad para cuidar las apariencias no reparase en el significado de la imagen que estaba construyendo.

No hace falta renunciar a la ironía ni establecer una lista interminable de asuntos prohibidos para advertir que hay algo tremendamente desafortunado en disfrazarse de alguien que pasa hambre. La sátira puede ser incómoda, provocadora e incluso cruel. Pero para que exista sátira debe haber alguna idea detrás, alguna contradicción que señalar o algún poder al que cuestionar… Y en el disfraz de Stewart cuesta encontrar algo parecido.

La polémica terminará olvidándose, como sucede con casi todas las controversias de las redes sociales. Llegará otra foto, otra declaración desafortunada y otra celebrity obligada a disculparse. Sin embargo, sería un error reducir lo ocurrido a una simple discusión sobre los límites del humor. Porque el problema no es que alguien se haya sentido ofendido por el disfraz de Martha Stewart. Lo preocupante es que, antes de que nadie se ofendiera, a ella le pareciera divertido.

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