Veinticinco años después de los atentados que hicieron añicos la sensación de invulnerabilidad de Estados Unidos, la memoria del 11-S sigue teniendo rostros predominantemente masculinos. Pero aquel día también hubo mujeres salvando vidas. Mujeres que recordamos en el 25 aniversario del mayor ataque terrorista contra Estados Unidos.
Cuando el relato trata de ser tergiversado. Cuando los jóvenes no recuerdan lo que sucedió aquella mañana de un martes que nos cambió la vida a todos los que lo vivimos, es importante no olvidar. Yo estaba en Los Ángeles, eran las 6:10 de la madrugada cuando el teléfono sonó, desde la cama escuché la voz de mi padre gritar en el contestador: “María responde. Es urgente. Pon la televisión”. Adiviné que lo que pasaba no tenía que ver con la familia y obedecí prudente. En la pantalla apareció la imagen de las torres, una envuelta en humo, la otra no había sido atacada todavía. Estados Unidos todavía era el país que creía conocer.

El vuelo 11 de American Airlines se había estrellado contra la Torre Norte del World Trade Center. La televisión comenzó a repetir las imágenes. Millones de personas miraban desde abajo en directo, otras, como yo, lo hacían frente al televisor sin comprender. Una amiga se encontraba en un edificio cercano y me lo relató por teléfono. Parecía una catástrofe. Un accidente fortuito. Hasta que llegó el segundo avión y se estrelló contra la otra torre. Mi amiga colgó asustada y el teléfono volvió a sonar. Esta vez era un compañero periodista confirmando que aquello no era un accidente. A las 9:03, cuando el vuelo 175 impactó contra la Torre Sur, Estados Unidos entró en otra era. La era que nos traería el miedo, dos guerras, a Barack Obama y a Donald Trump. Aquel ataque cambió la política exterior. Cambió la seguridad en los aeropuertos. Y sobre todo cambió nuestra forma de enfrentar el presente. El país que creía que las grandes amenazas ocurrían en otros lugares, descubrió que la guerra podía ocurrir en el corazón de sus ciudades.
El papel clave de las auxiliares de vuelo
En el vuelo 11 de American Airlines viajaba la azafata Betty Ann Ong, la primera en dar la voz de alarma de la tragedia. Ong tenía 45 años y llevaba 14 trabajando como auxiliar de vuelo para American Airlines. Cuando los secuestradores tomaron el control del avión, consiguió comunicarse con tierra. Durante aproximadamente 23 minutos habló con el centro de reservas de la compañía y explicó, con una serenidad extraordinaria, lo qué estaba sucediendo dentro de la aeronave. Los heridos que había, cómo los atacantes habían accedido a la cabina, y el hecho de que las comunicaciones con los pilotos se habían interrumpido.

La Comisión del 11-S subrayaba años después que Ong mantuvo la calma durante aquella conversación y la información proporcionada por ella resultó fundamental para reconstruir el secuestro. En el mismo avión viajaba Madeline “Amy” Sweeney. Madre de dos hijos, ella también logró contactar con un empleado de American Airlines. Su información ayudó a identificar a los secuestradores. La Comisión del 11-S recogería posteriormente los testimonios de ambas como ejemplos de la extraordinaria sangre fría con la que actuaron cuando todavía nadie podía comprender la magnitud del ataque.
Cuando las Torres Gemelas estaban en pie
Kathy Mazza era capitana de la Policía de la Autoridad Portuaria y había trabajado anteriormente como enfermera especializada en cirugía cardiotorácica. Mazza participó en la evacuación de docenas de personas atrapadas en el World Trade Center. Murió aquel día. Junto a ella perdieron la vida otras mujeres que pertenecían a los servicios de emergencia, entre ellas la técnica de emergencias médicas Yamel Merino y la agente de Policía Moira Smith. El Senado de Estados Unidos recordó posteriormente a las tres por su sacrificio.
Smith tenía 38 años, era madre y llevaba años trabajando como policía en Nueva York. Una fotografía tomada el 11-S la muestra ayudando a un hombre ensangrentado a salir de la zona del World Trade Center. Regresó al edificio para continuar evacuando personas y murió cuando las torres se desplomaron. Fue la única mujer del Departamento de Policía de Nueva York que murió en los atentados.
Durante meses, Ground Zero siguió siendo un lugar de trabajo y duelo. Decenas de miles de personas participaron en las labores de búsqueda, rescate y recuperación. Entre ellas había mujeres en prácticamente todos los oficios: policías, médicas, enfermeras, voluntarias, trabajadoras de las morgues, psicólogas, operadoras de maquinaria y profesionales de los servicios de emergencia. El Memorial del 11-S ha documentado específicamente la presencia de mujeres en esas tareas, una contribución que durante años quedó eclipsada por las imágenes de los grandes cuerpos de bomberos y Policía.
En la zona cero del ataque
Una de ellas fue Pia Hofmann. Alemana de nacimiento. Había llegado a Nueva York procedente del mundo de la moda. En septiembre de 2001 acababa de obtener su licencia para manejar grúas. Una semana después de los atentados estaba en Ground Zero al mando de una máquina de 100 toneladas. Durante ocho meses trabajó entre los restos del World Trade Center. “Todo cobró sentido de repente”, explicó en una entrevista. También estuvo Cynthia Mahoney, una religiosa episcopal con formación como técnica de emergencias médicas. Durante seis meses acudió a Ground Zero, ayudando emocionalmente a los equipos encargados de recuperar restos humanos. Mahoney colaboró con la oficina del médico forense, rezó con los trabajadores y acompañó a familiares de las víctimas que acudían a la zona. Murió en 2006, después de sufrir una enfermedad pulmonar como consecuencia de los seis meses que estuvo en Ground Zero.

Son historias distintas, pero unidas por un heroísmo que no siempre tiene la forma de una acción espectacular. A veces consiste en contestar un teléfono cuando el avión en el que viajas ha sido secuestrado. En regresar a un edificio del que todo el mundo intenta escapar. En conducir durante ocho meses una grúa entre los restos de miles de vidas. En volver cada mañana al lugar donde es necesaria. Quizá por eso el 25º aniversario nos obliga a mirar más allá de las imágenes que hemos visto una y otra vez durante un cuarto de siglo.
El 11-S cambió la arquitectura de Nueva York y cambió la identidad de Estados Unidos. Transformó su política exterior, abrió las puertas a dos guerras, modificó la seguridad de los aeropuertos, amplió la vigilancia, alteró el debate sobre la inmigración y contribuyó a una creciente militarización de las fuerzas policiales. Con el tiempo, aquella fractura también se mezcló con la polarización política que acompañó a la era de Barack Obama, el ascenso del movimiento Tea Party y, posteriormente, la llegada de Donald Trump.
El ataque modificó la relación de Estados Unidos con el mundo y contribuyó a definir buena parte de los debates políticos de las dos décadas siguientes. Un cuarto de siglo después, los datos confirman que aquella transformación no fue pasajera. Según una encuesta de Gallup publicada esta semana, el 64% de los estadounidenses cree que su forma de vivir cambió de manera permanente como consecuencia del 11-S. Durante años hemos repetido que el 11-S mostró lo peor de la humanidad. Es cierto. Pero también mostró que, frente al miedo, hubo personas capaces de actuar con profesionalidad y valentía. Veinticinco años después, recordamos a las mujeres heroínas de ese día. Las mujeres del 11-S.

