El Laborismo británico ha caído víctima del curioso virus portado durante años por su rival tradicional, los conservadores, expertos en el arte del regicidio como fórmula de emergencia ante la amenaza de hecatombe electoral. En siete años, el Número 10 de Downing Street ha tenido cinco inquilinos diferentes, entre ellos Theresa May y Liz Truss, y tras esta semana, la única certidumbre que parece segura es que, antes de que llegue el otoño, Reino Unido tendrá su quinto primer ministro desde 2022 y que el Laborismo continuará como el único de los grandes partidos británicos que nunca han tenido como líder a una mujer.
La creciente impopularidad de Keir Starmer generaba desde hace meses especulaciones sucesorias, pero los nefastos resultados en los comicios municipales y regionales de la semana pasada han agotado la paciencia de un partido dispuesto a replicar el modus operandi que durante años censuraron a los tories. El dirigente que había prometido devolver la dignidad a una política británica adicta al psicodrama presenta el menor índice de aprobación desde que existen los registros. Nunca en la historia había habido un desafío interno a un primer ministro laborista, pero el partido ha perdido al miedo a los experimentos y, frente al deseo de Starmer de continuar, la conclusión es que la deriva requiere amputación.
La falta de experiencia, sin embargo, es palpable. Frente a la eficiencia de los conservadores para deshacerse de sus líderes, los ritmos ahora son menos predecibles y más anárquicos. Con un reglamento interno que priva al grupo parlamentario del rol de verdugo, las frenéticas conjeturas que esta semana apuntaban a un desafío inminente no se han materializado. Por ahora, no hay un proceso formal, puesto que nadie ha presentado oficialmente candidatura. Sin este paso, que requiere del aval de un 20 por ciento de diputados, es decir, 81, las quejas se quedan, de momento, en palabras en espera de acción.

Para Starmer, por el contrario, todo ha cambiado, aunque no tenga aún aviso de desahucio. El descrédito en sus propias bancadas, que piden su marcha, ya sea inmediata o escalonada; el ultimátum de pesos pesados como la ministra de Interior, o la de Exteriores, advirtiéndolo de que ha llegado su hora; y la sensación de déjà vu en una política británica que revive en bucle la misma crisis, una y otra vez, han convertido en cadáver político al primer laborista en ganar unas generales en casi dos décadas. El diagnóstico es terminal y la duda no es si caerá, sino cuándo.
Su transformación de líder del cambio a paria es difícil de explicar incluso para sus críticos. Frente a predecesores como Boris Johnson, víctima de sus debilidades de carácter; o Theresa May, atrapada en el laberinto del Brexit; la toxicidad de Starmer llama la atención en un líder que, pese a no inspirar, tampoco debería despertar la animadversión que revelan los sondeos. El rechazo es, no obstante, vitriólico y junto al suspenso en personalidad se suma la percepción, justa o no, de que carece de proyecto y de falta de eficacia en la gobernación. Errores evitables, como el nombramiento como embajador de Estados Unidos del controvertido Peter Mandelson, con vínculos ampliamente conocidos con el pederasta Jeffrey Epstein, no han hecho más que aumentar la impresión de un timón desnortado.

El único consenso que hoy en día comparten las facciones que cohabitan en el Laborismo es que la redención pasa por sacar a Starmer de escena. A partir de ahí, la trama se complica y si sigue sin haber un proceso formal es la falta de unidad. El reglamento del partido establece que un asalto al liderazgo pasa por presentar candidaturas para unas primarias a las que el líder concurre automáticamente, sin necesidad de avales.
En los últimos días se esperaba el paso adelante de Wes Streeting, hasta el jueves ministro de Sanidad, quien renunció con una demoledora carta de condena a la gestión de Starmer. Para sorpresa general, Streeting no ha apretado el gatillo, según su círculo, para ampliar el rango de sensibilidades en la carrera sucesoria, frente a los escépticos que mantienen que no ha logrado los 81 apoyos necesarios. Streeting encarna a la corriente más a la derecha y, de ser el único aspirante, activaría a los integrantes de la llamada ‘izquieda suave’, como la ex viceprimera ministra Angela Rayner; o el ministro de Medio Ambiente y ex líder, Ed Miliband.
Starmer, mientras, compra tiempo, retando a sus críticos a mover ficha, pero en el limbo delirante en el que ha derivado la lucha por el poder, todos los caminos conducen a Mánchester. Su alcalde, Andy Burnham, sonaba desde hace meses como alternativa ante el deterioro en los sondeos, pero la aceleración de los acontecimientos en la última semana ha convertido al conocido como ‘Rey del Norte’ en la gran esperanza blanca del Laborismo.

Veterano del partido, a cuyo liderazgo aspiró, infructuosamente, en dos ocasiones (tras sendas derrotas electorales en 2010 y en 2015), Burnham tenía el obstáculo de no estar en el Parlamento, condición imprescindible para aspirar al liderazgo. Por ello, un diputado le ofreció su escaño por la circunscripción de Makerfield, en su feudo del Gran Manchester (Greater Manchester), un gesto generoso que deben refrendar primero las urnas. El razonamiento para los votantes resulta extraordinario: votar a Burnham para deshacerse de Starmer, pero la ecuación pasa por detener a Reforma, el partido de los utras de Nigel Farage, cada vez más popular en los tradicionales bastiones laboristas.
La formación ha prometido darlo todo en unos comicios en los que se juega mucho más que un asiento en Westminster. Si Burnham triunfa, la marcha de Starmer es inevitable, ya sea por iniciativa propia o porque lo expulse la militancia laborista, siempre más tendente a apoyar a la propuesta más de izquierda. Las encuestas muestran que, en unas primarias, Burnham ganaría por goleada; frente a Streeting, quien sería derrotado incluso por Starmer, si la contienda fuera entre ambos.
Pero si Reforma consolida la tendencia que los está convirtiendo en la nueva fuerza dominante en el Reino Unido, la carrera política de Burnham habrá llegado a su fin. Para Starmer, la agonía podría ser mayor aún, puesto que, ante la falta de un candidato de unidad, el Laborismo podría descender a una cruenta guerra civil en la que pierden todos.
