El futuro de Venezuela

El día que Trump dio la espalda a María Corina Machado

En el tablero del presidente no hay espacio para dos protagonistas y necesita marcar distancia con la líder de la oposición

Una mujer con una gorra en la que se lee "Venezuela".
EFE

María Corina Machado ha sabido encontrar en sus antagonistas a un maestro. Con Chávez aprendió a medirse con un líder autoritario, pero voluble, inestable y dado a volantazos en sus estados de ánimo. Con el militar golpista interiorizó que en Venezuela la política no se gana con planes de gobierno tecnocráticos, sino con relatos y símbolos. Entendió que Chávez no ganaba elecciones (las que ganó, que distan mucho de ser las que él dijo que ganó) solo por el dinero del petróleo, sino porque empleaba una jerga de misión y redención. Con esa cátedra, Machado se fue alejando del lenguaje de las élites y adoptó la política del contacto físico. Aprendió a recorrer los pueblos, a abrazar, a besar rosarios y a convertir su causa en una “lucha espiritual” (el “Hasta el final”).

Chávez era el centro de todo, encarnaba la personalización del liderazgo. Es posible que en él María Corina haya tomado nota para construir un liderazgo unipersonal y carismático, que no depende de las estructuras de los partidos tradicionales, hasta replicar la hegemonía emocional que Chávez tuvo sobre sus seguidores.

En algún momento, ella también adoptó la confrontación como identidad. Si Chávez usaba al “Imperio” como el enemigo necesario, ella convirtió al régimen en el mal absoluto, al que debía oponérsele el bien. Aprendió que la polarización, bien administrada, moviliza más que el consenso.

En Nicolás Maduro encontró un tipo violento, de pocas luces, pero zafio y dispuesto a todo con tal de seguir en el poder. De él obtuvo el aprendizaje de la resistencia y la astucia táctica. No era solo Maduro, era sobre todo de la estructura de inteligencia que lo sostenía, y ella tomó los debidos apuntes sobre la metodología de la supervivencia y la importancia de la estructura capilar.

Nicolás Maduro contra EEUU - Internacional
El presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, en una fotografía de archivo.
EFE/ Miguel Gutiérrez

De Maduro y los cubanos es probable que haya replicado la organización “enjambre”, porque si Maduro corrió la arruga gracias a los colectivos y a una red de control social, Machado se anotó un gran éxito con los “comanditos”. Aprendió que para derrotar a una tiranía que controla el territorio, necesitaba una estructura celular, secreta y descentralizada que fuera imposible de decapitar de un solo golpe.

Con su cara de bobote, que los fotógrafos se han cansado de captar, Maduro es un maestro de la maniobra en la sombra y la sorpresa. Ella le copió el silencio estratégico y lo superó. Durante el último año, sus movimientos fueron un misterio (como lo son hoy los de Padrino o los hermanos Rodríguez), entendiendo que la visibilidad te hace vulnerable cuando enfrentas un aparato de seguridad cubano-venezolano.

Machado vio cómo Maduro usaba el tiempo y las negociaciones para atornillarse. Aprendió que no se negocia para pedir, sino para exigir. Su postura actual frente a Trump y el mundo es la de quien ha aprendido que en el juego de Maduro, la debilidad se paga con la extinción. No pide permiso; reclama un resultado.

Fotografía tomada el 09/01/2025, de la líder opositora venezolana María Corina Machado.
EFE/ Miguel Gutiérrez

Quien tenga el micrófono más grande

No le fue nada mal. Chávez está muerto y desprestigiado; y Maduro se estrena este sábado 3 de enero en la vida del presidiario. Pero ahora la ingeniera que concibió el proyecto de conservar y sacar al extranjero las actas oficiales que constataban la derrota de Maduro en las elecciones presidenciales del 28 de julio del 2024, se enfrenta a un hueso muy duro de roer, tanto que podría su némesis… o su gran y definitivo maestro.

Con Trump, María Corina está aprendiendo que la legitimidad moral no siempre es moneda de cambio en la mesa de los grandes intereses. El poder es quien lo ejerce, no quien lo merece. Ella, que se ha aferrado a las actas y a la pulcritud del 28 de julio, está descubriendo que para Trump la democracia es un accesorio decorativo frente a la eficiencia operativa. Ha aprendido que en el mundo de Trump, el triunfo no te da el mando, sino que el mando se negocia o se toma por la fuerza.

Para complicar las cosas hasta el delirio, Trump, quien no es su fanático y ha llegado a fingir que no la conoce, es su principal baza. Su aliado más expedito. Y aún así, ella puede ser la Nobel de la Paz, la líder valiente, la dama de terciopelo y hierro, pero ante la visión extractiva de Washington, ella es percibida como un factor de inestabilidad potencial. La realidad es que Trump prefiere administradores dóciles a líderes con mística propia que puedan decirle “no” a una petrolera estadounidense. E incluso, y peor, que puedan pararle las patas a él. Y María Corina Machado no ha llegado a donde está para pestañear lánguida frente al anciano prepotente.

Trump usa el mismo estilo de María Corina (directo, sin filtros), pero lo usa para descalificarla a ella. Con él está aprendiendo que la narrativa puede ser secuestrada en un segundo por un actor con un micrófono más grande. Y en estas arenas, el tamaño cuenta.

No tiene suficientes apoyos

Si Chávez fue su maestro en la mística y Maduro en la astucia de las sombras, Donald Trump está siendo su instructor en la crueldad del tablero global. Con él, Machado ha descubierto que el mayor peligro para un líder no es solo el tirano que lo persigue, sino el libertador que no lo respeta. Trump se ha convertido en su némesis inesperado: el hombre que, tras derribar la puerta de la celda, pretende quedarse con las llaves de la casa. Esto, por cierto, no debe haberla tomado de sorpresa. Ya ha lidiado mucho narcisista como para no reconocerle el pelaje a este; y la prueba es que cuando ella le arrebató el Nobel de la Paz, que él ansiaba, ella, consciente de que se había ganado su malquerencia, le dedicó el premio e hizo carantoñas para no desairarlo tanto.

Hoy, cuando Trump afirma, en su rueda de prensa de Mar-a-Lago, que Delcy Rodríguez se apresuró a a ponerse a disposición de la Casa Blanca, y que “María Corina Machado no tiene suficientes apoyos para gobernar”, esta ha encajado quizás la lección más dura de su carrera; esto es, que en la política de los grandes imperios, el Nobel de la Paz pesa menos que un barril de crudo, y que su lucha por la soberanía nacional apenas comienza, esta vez frente a quien dice ser su aliado.
La parasdoja es Trump es la némesis de María Corina no porque sea su enemigo ideológico, sino porque él es el único que puede arrebatarle el fruto de su victoria. Ambos son figuras mesiánicas que no aceptan segundos lugares. En el tablero de Trump no hay espacio para dos protagonistas. Para que Trump sea el “Libertador” de Venezuela, María Corina debe ser reducida a una figura secundaria.

A los precios de hoy, su supuesto gran socio propone que Venezuela pase de ser una dictadura a ser un protectorado corporativo. Mientras ella, miembro de una de las familias de la aristocracia mantuana con raíces más profundas en la historia de Venezuela, y con vínculos de parentesco colateral con quienes formaban la élite de la Independencia, quiere restaurar la República.

No hay descanso para ella. Todavía afectada por la fractura de una vértebra, ha pasado las últimas horas intentando transformar el estruendo de los bombardeos en una narrativa de institucionalidad. Mientras el régimen se desmoronaba en la madrugada caraqueña, la dirigente publicaba un comunicado que pretendía ser el acta de nacimiento de la nueva Venezuela. “Llegó la hora de la libertad”, sentenciaba, exigiendo que Edmundo González Urrutia sea reconocido de inmediato como Comandante en Jefe de la Fuerza Armada.

Sin embargo, el guion concebido desde la resistencia civil ha chocado de frente con la cruda realidad de la geopolítica del “Make America Great Again”. En una rueda de prensa que ha dejado a la oposición en un limbo peligroso, Donald Trump lanzó dardos envenenados contra el liderazgo femenino que ha enfrentado al chavismo. Sobre Machado, el presidente estadounidense fue lapidario: “Es una mujer muy buena, pero no inspira respeto ni tiene el apoyo necesario” para dirigir lo que viene. Para Trump, la legitimidad de las actas de julio parece ser un detalle menor frente a su intención de “administrar” el país de manera directa. El punto es ELLA no tiene el apoyo de ÉL.

Ahora el jefe soy yo

Esta desautorización pública de Trump hacia Machado no es solo un desplante personal, es la declaración de una administración que no parece dispuesta a entregar las llaves de Miraflores a la dirigencia civil. Trump ha sido claro: Estados Unidos tomará el control hasta que la transición sea, bajo sus propios términos, “juiciosa”. Es el dilema de la libertad condicionada. Machado, que ha navegado la clandestinidad con una dignidad incuestionable, se encuentra ahora ante el reto de defender la soberanía popular frente a un libertador que habla de Venezuela como si fuera una filial corporativa por reestructurar y de sus yacimientos petroleros como botín de guerra.

Venezuela
La líder de la oposición venezolana María Corina Machado, antes de pasar a la clandestinidad en Venezuela
EFE/ Miguel Gutiérrez

En estas 48 horas, María Corina ha transitado de la denuncia del asedio a la proclamación de una victoria que, por ahora, no tiene sede física en una Caracas donde los marines llenan el vacío dejado por la fuga de Delcy y Jorge. El drama de Machado es el de una nación que ha ganado su libertad, pero que corre el riesgo de perder su derecho a decidir quién la gobierna. Mientras ella apela al respeto de la Constitución, Trump apela al control de las refinerías, demostrando que, para el nuevo orden en Washington, el Nobel de la Paz es un adorno irrelevante frente al peso del crudo y a las ansias de supremacía.

¿Absorberá Machado otra vez la asignatura del contrincante para vencerlo en su tablero? La partida apenas comienza. Con sus antecedentes, es posible augurar que ella encontrará las mañas para sumarlo a la chatarrería de sus adversarios. O, al menos, eso es lo que se propone.