Hace apenas unos meses, el control del poder de la primera ministra danesa, Mette Frederiksen, parecía frágil. Su partido, los socialdemócratas, registraba mínimos históricos en las encuestas, la coalición que ella lidera estaba ideológicamente fracturada y las cuestiones internas como la desigualdad y el aumento del coste de la vida acaparaban los titulares en la prensa de Dinamarca. Entonces, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, amenazó con anexionar Groenlandia. De repente, Frederiksen se erigió en símbolo de la determinación danesa ante un desafío internacional y decidió convocar elecciones anticipadas a finales de febrero.
Las encuestas de opinión sugieren que sus socialdemócratas van camino de obtener su peor resultado en más de un siglo, según Reuters. Y, sin embargo, sigue siendo la favorita para conservar el poder en un parlamento fragmentado. La explicación radica menos en la política interna que en la geopolítica, y en su enfrentamiento con Trump por Groenlandia.
La insistencia del magnate republicano, repetida desde que llegó a la Casa Blanca pero a punto de realizarse desde principios de 2026, ha generado un auténtico espectáculo en política exterior. “Dinamarca y Groenlandia se mantuvieron firmes y se negaron a dejarse intimidar por el hombre más poderoso del mundo”, declaró Frederiksen en un acto de campaña en Aalborg.

El drama de Groenlandia le dio a Frederiksen un impulso de cinco puntos casi de la noche a la mañana. Sin embargo, la primera ministra se resiste a la idea de que la crisis le sirva de salvavidas político. “No me paso el tiempo pensando en cómo una crisis… podría influir en una campaña electoral danesa”, declaró al Wall Street Journal. Pero reconoció lo que está en juego: “En un mundo muy, muy inestable, la gente quiere un liderazgo estable”, añadió.
Quién es Mette Frederiksen
En 2019, con 44 años, Frederiksen se convirtió en la primera ministra más joven de la historia de Dinamarca. Su trayectoria se ha caracterizado por la gestión de diversas crisis: ha sabido capear la pandemia de coronavirus, ha presionado a los aliados de la OTAN para que aumenten el apoyo a Ucrania y ha tomado decisiones rápidas (aunque polémicas), como el sacrificio en 2020 de 17 millones de visones para evitar una mutación viral. Así, ha posicionado a Dinamarca como una potencia más asertiva. La disputa sobre Groenlandia, un territorio semiautónomo, no hizo más que prolongar ese patrón, elevándola a un escenario más amplio.
Frederiksen ha cultivado una imagen de pragmatismo, de una líder con los pies en la tierra. A pesar de mantener una línea dura en inmigración, ha tenido gestos históricos que han resonado en Dinamarca como el de pedir perdón a las inuit de Groenlandia por los abusos cometidos por los médicos daneses que intentaron que no pudieran tener descendencia contra su voluntad.

Aunque las amenazas de Trump con una anexión de la isla más grande del mundo son excepcionales por su dimensión internacional, la campaña de Frederiksen se ha centrado en gran medida en los asuntos nacionales. Sin embargo, pocos temas domésticos han tenido el mismo poder simbólico que plantarle cara al presidente de Estados Unidos.
Con todo, las elecciones anticipadas de este martes plantean un rompecabezas complejo. Reuters señala que temas como el coste de la vida, la desigualdad y la inmigración han superado a Groenlandia como temas dominantes de la campaña. Su propuesta de un impuesto sobre el patrimonio de los ricos ha suscitado debate, mientras persiste el descontento por decisiones pasadas, desde el sacrificio de la población de visones de Dinamarca hasta la supresión de un día festivo.
Incluso su estrategia de Gobierno ha sido motivo de fricción. La coalición multipartidista que formó tras las últimas elecciones -que tendía un puente entre la izquierda y la derecha por primera vez en décadas-se concibió en un momento de inquietud geopolítica marcado por la invasión rusa de Ucrania. Pero, como informa Courthouse News, ha resultado impopular, lo que ha contribuido a la deserción de votantes en ambos extremos del espectro político.

La aritmética política de Dinamarca sigue siendo implacable: el poder no depende de ganar por mayoría absoluta, sino de reunir 90 escaños en una cámara fragmentada. Se prevé que los socialdemócratas pierdan escaños, pero aún así podrían formar gobierno con partidos afines. Si los votantes daneses recompensarán finalmente esa valentía internacional es la pregunta que responderán el martes en las urnas. Frederiksen aún podría asegurarse un tercer mandato, pero casi con toda seguridad al frente de otra compleja coalición.
