La derrota de Giorgia Meloni en el referéndum sobre su reforma judicial no solo golpea el proyecto más ambicioso de su legislatura. También alimenta la lectura de que la ultraderecha europea atraviesa un momento menos expansivo que el que parecía consolidarse hace apenas unos meses. La primera ministra italiana, que había vinculado buena parte de su apuesta reformista a esta consulta, vio cómo el “no” se imponía este lunes con claridad en el escrutinio, en un resultado que puede interpretarse como su primera gran derrota política desde que llegó al poder en 2022.
Meloni había intentado presentar la votación como una cita importante para el país, incluso después de insistir en que su continuidad no dependía del resultado y de asegurar que agotará la legislatura en 2027. Este lunes, al salir de su colegio electoral en Roma, celebró la participación y afirmó: “La afluencia es una buena noticia, en general para la democracia es una buena noticia”. Horas antes, también había pedido el voto en redes sociales: “Preparada para votar. Recordad: hay tiempo hasta las 15.00 horas de hoy para acudir a un colegio electoral. Participar es importante”. Sin embargo, la movilización acabó volviéndose en contra del Gobierno.
Gli italiani hanno deciso. E noi rispettiamo questa decisione.
Andremo avanti, come abbiamo sempre fatto, con responsabilità, determinazione e rispetto verso il popolo italiano e verso l’Italia. pic.twitter.com/KCBf19hO8d— Giorgia Meloni (@GiorgiaMeloni) March 23, 2026
‘No’ al referéndum
La consulta afectaba al núcleo de la reforma judicial impulsada por Meloni. Entre otras medidas, planteaba separar las carreras de jueces y fiscales, dividir en dos el Consejo Superior de la Magistratura e introducir el sorteo para elegir a parte de sus miembros, además de crear una nueva Alta Corte disciplinar. El Ejecutivo sostenía que esos cambios servirían para garantizar un sistema más imparcial y eficiente. La propia Meloni lo había definido días antes como “una ocasión histórica de hacer que el sistema judicial sea más meritocrático, más responsable, más eficaz”.
Pero el texto había provocado una oposición intensa. Tanto el Partido Demócrata como el Movimiento Cinco Estrellas y la Asociación Nacional de Magistrados rechazaban la reforma por considerarla una amenaza para la independencia judicial. La líder del PD, Elly Schlein, llegó a pedir a los ciudadanos que salieran a “defender la Constitución”. Y, a pie de calle, esa misma idea apareció también entre los votantes contrarios al plan del Gobierno. “Hay que votar ‘no’ pues la independencia de nuestro sistema judicial es fundamental”, declaró a EFE una estudiante milanesa de 21 años que votó en Roma.

Bajón en Europa
Lo sucedido en Italia no aparece como un hecho aislado dentro del clima político europeo. El mismo domingo, la extrema derecha francesa de Agrupación Nacional tampoco logró la sacudida electoral que esperaba en las municipales. El partido de Marine Le Pen y Jordan Bardella aspiraba a hacerse con grandes alcaldías y a consolidar su implantación local en ciudades relevantes, pero no consiguió gobernar ni Marsella ni Nimes ni Toulon, tres plazas donde tenía depositadas muchas expectativas. Después de sus resultados históricos en las legislativas y europeas de 2024, la cita municipal debía servir para confirmar su avance y seguir avanzando por encima del resto de fuerzas. No ocurrió.
Bardella había apelado a “las derechas sinceras”, pero la derecha gaullista y el centroderecha siguieron negándose a pactar con RN. Allí donde la extrema derecha tenía opciones, la izquierda también se movilizó para cerrarle el paso. El mensaje más rotundo de la noche llegó desde París, donde el socialista Emmanuel Grégoire proclamó tras su victoria: “Los parisinos han enviado un mensaje a Jordan Bardella, Marine Le Pen y Sarah Knafo. París no es ni será jamás una ciudad de extrema derecha”.
Es verdad que RN intentó vender la noche en clave positiva. Bardella aseguró: “Esta noche es una noche de victoria y esperanza, RN ha logrado el mayor avance de toda su historia”. Pero incluso ese esfuerzo discursivo no ocultó que el gran objetivo quedó fuera de su alcance.

Y en el horizonte aparece ahora Hungría, donde la situación tampoco resulta plenamente favorable para Viktor Orbán. Las elecciones del 12 de abril se presentan como algo más que una rutina electoral en un socio periférico de la UE. Varias encuestas apuntan al desgaste de Fidesz y al ascenso de Péter Magyar y su partido Tisza. Algunos datos citados en los análisis sitúan a Tisza por delante, con un 42 % sobre el censo total y hasta un 51 % entre los votantes decididos, mientras el partido de Orbán quedaría en el 38 %. No hay derrota consumada, pero sí una señal de vulnerabilidad en uno de los referentes políticos y logísticos de la ultraderecha continental.
Italia, Francia y Hungría no dibujan aún un cambio de ciclo definitivo. Pero sí dejan una fotografía distinta a la del auge imparable. Meloni pierde el referéndum clave de su mandato, Le Pen no logra el salto local que buscaba y Orbán llega a su próxima cita electoral rodeado de dudas. Para una familia política acostumbrada a presentarse como la gran fuerza ascendente del continente, no parece una racha menor.
