Durante años, cada vez que Donald Trump ha hablado de Groenlandia, la explicación oficial ha sido siempre la misma: recursos naturales y seguridad nacional. Minerales estratégicos, control del Ártico, vigilancia de Rusia y China. Todo eso sigue ahí. Pero en Washington empieza a circular otra razón igual de poderosa y mucho más contemporánea: Bitcoin y el control de la próxima frontera energética de las criptomonedas.
Porque bajo el hielo de Groenlandia no solo hay rubíes, hierro o tierras raras. También hay algo que el ecosistema de Bitcoin valora incluso más que el oro: energía barata, abundante y estable, en uno de los climas más fríos del planeta.
Groenlandia, energía y la fiebre del Bitcoin
La minería de Bitcoin es una carrera tecnológica y energética. Cuanto más barata es la electricidad y más fácil es enfriar los servidores, mayor es el margen de beneficio. Y ahí es donde Groenlandia se convierte en una pieza estratégica. El gobierno de la isla ya ha anunciado que en 2026 sacará a licitación dos grandes emplazamientos hidroeléctricos, Tasersiaq y Tarsartuup Tasersua, destinados al uso industrial.
Para los gigantes de Bitcoin, esos proyectos significan algo muy concreto: gigavatios de energía limpia listos para alimentar centros de datos. Y además, sin necesidad de gastar fortunas en refrigeración, porque el frío extremo de Groenlandia funciona como un sistema de enfriamiento natural durante todo el año.

En el sector de las criptomonedas ya lo dicen abiertamente: la macrogeopolítica importa. El precio del hardware, la estabilidad de la red eléctrica y la seguridad jurídica están cada vez más ligados a disputas territoriales. Y Groenlandia, en ese tablero, es una joya.
La comparación con Islandia que obsesiona a los inversores
No es una teoría futurista. Islandia ya es uno de los grandes centros de minería de Bitcoin del planeta gracias a su energía renovable y su clima frío. El Foro Económico Mundial lo ha señalado varias veces: electricidad barata y temperaturas bajo cero convierten al país en un paraíso para los mineros.
Los fondos estadounidenses que miran a Groenlandia ven exactamente el mismo patrón, pero a escala gigante. Una isla enorme, con potencial hidroeléctrico casi sin explotar y una posición política que, en caso de pasar a la órbita de Estados Unidos, cambiaría por completo las reglas del juego del Bitcoin global.

La idea que se maneja en los círculos financieros es clara. Si EEUU controla Groenlandia, puede producir Bitcoin a una fracción del coste actual y dominar una parte sustancial del suministro mundial.
Bitcoin como arma estratégica de Estados Unidos
Aquí es donde entra la Casa Blanca. No solo se trata de minar Bitcoin barato. Se trata de acumularlo. Washington lleva tiempo estudiando cómo reforzar sus reservas de Bitcoin como si fuera oro o divisas extranjeras. Tener un gran colchón de criptomonedas serviría como escudo frente a crisis financieras, sanciones o guerras monetarias.
En ese contexto, el control de Groenlandia se vuelve todavía más atractivo. Si Estados Unidos pudiera desplegar allí enormes granjas de minería, tendría una fuente casi ilimitada de Bitcoin bajo su propio marco legal, sin depender de terceros.

Al mismo tiempo, circulan informes sobre supuestas reservas ocultas de Bitcoin en países sancionados como Venezuela, acumuladas fuera del sistema financiero tradicional. Pero confiscar o congelar esos activos es casi imposible por las barreras legales y técnicas. Tener una “fábrica” propia en Groenlandia sería una vía mucho más sencilla y limpia.


