Peng Liyuan, esposa del presidente chino Xi Jinping, está acostumbrada a moverse sabiendo que hasta el más leve susurro es retenido por un millar de oídos. Calibra cada gesto y responde impecable a todo aquello que su país le exige como primera dama. Es la imagen que ofrecerá al mundo esta semana en su encuentro con los Reyes de España, repitiendo, en esencia, el guion que siguió el verano pasado con las esposas de otros mandatarios asistentes a la cumbre de la Organización de Cooperación de Sanghái. Un complejo juego de modernidad occidental sin excederse del papel tradicionalmente esperado.

Su elegancia suaviza, sin duda, la imagen rígida de Xi Jinping y del Partido Comunista al tiempo que conecta culturalmente a su país con el resto del mundo. Aporta una dimensión más humana y cercana al poder, pero su ausencia en momentos importantes no genera vacío diplomático. ¿Es la primera dama que necesitan quienes anhelan una China moderna o debe ajustarse a la tradición política del país?
Su hechizo en un país de robots
Hablar de Peng Liyuan en China es un ejercicio arriesgado, dada la complejidad política. Incluso como artista, cualquier comentario genera suspicacia en el Gobierno de Xi Jinping, aunque sea favorable. Soprano y célebre mucho antes de que su esposo fuese elegido presidente, en 2012, el hada de las peonías -como se la conoce- encarnó un soplo de modernidad y frescura para la aburrida imagen del Partido Comunista, cuyos líderes, según la socióloga y activista Li Yinhe, se comportan como robots, “sin ningún encanto personal”.
Desde el inició de su carrera como cantante, su talento quedó embotellado dentro de la propaganda comunista y las galas de la televisión estatal. No se le permitió mucha más opción, a pesar de que su pensamiento era inicialmente contrario al partido. Con 14 años ingresó en la Universidad de Artes de Shandong como estudiante de formación profesional especializada en canciones populares chinas. En 1980, se unió al Ejército Popular de Liberación para trabajar como “guerrera artística y cultural” elevando la moral de los soldados.

Fue su debut en la televisión, en la gala de Año Nuevo de 1983, lo que realmente la aupó a estatus de celebridad nacional. Viajó a Nueva York, Tokio y Viena. Cuando conoció a Xi Jinping, en 1986, era una soprano famosa y él un vicealcalde divorciado de Xiamen. A los 40 minutos de conocerla, supo que se casaría con ella. También Peng vio en él al hombre “exitoso, ambicioso y mandón en las relaciones” que quería como marido, quizá ya confiando en que algún día sería la primera dama del país. Contrajeron matrimonio solo unos meses después y en 1992 nació su única hija Xi Mingze, que estudió Psicología en Harvard. Hasta entonces, ningún gobernante chino había hablado abiertamente de su vida privada y de su amor por una mujer.
Aficionada a regatear en los mercadillos
La carrera artística de Peng empezó a limitarse a escasas actuaciones políticas de gran escala, ni siquiera actualizó su repertorio de canciones. Dejó también atrás su costumbre de regatear en los mercadillos y de moverse en bicicleta. A cambio, fue definiendo su papel como primera dama. Ha trabajado como enviada especial de la Unesco para la Educación de las Niñas y las Mujeres y, como embajadora de buena voluntad de la OMS, ha sensibilizado sobre el VIH/sida, la tuberculosis y otras enfermedades.
China siempre anheló una primera dama como ella. Elegante, de sonrisa abierta y pómulos redondos, es el rostro amable y glamuroso del gigante asiático, a pesar de que su marido está considerado el líder más autoritario desde Mao. Ella dulcifica la imagen del poder y, con los años, ha podido desprenderse de la amenazante sombra de la cuarta esposa de Mao, Jiang Quing, una estrella de cine que no dudó en abusar de los privilegios de su todopoderoso marido. Acabó arrestada y encarcelada a finales de los setenta.
A diferencia de Jiang Qing, las esposas de presidentes chinos que llegaron después mantuvieron un perfil público bajo. Peng es la primera dama que tanto esperaron como símbolo de poder blando capaz de dar un barniz humano al partido comunista. Cuando Xi Jinping logró el cargo, la prensa comparó al matrimonio presidencial con Carla Bruni y Sarkozy, aunque quien realmente le ha inspirado ha sido Michelle Obama, con quien forjó un vínculo estrecho.

Ha acompañado a Xi a conferencias internacionales y visitas diplomáticas, además de hacer apariciones y discursos en las Naciones Unidas y en eventos benéficos mundiales. Sobre todo, le ha ayudado a proyectar una imagen de líder más compasivo con la población. Ninguna ha captado la atención internacional como Peng. Está considerada, además, un icono de estilo y tiene un peso significativo en la moda y en las mujeres con mayor influencia del país. A su alrededor se ha creado una especie de “pengmanía”, muy valiosa de cara a dar visibilidad a marcas y diseñadores nacionales.
A diferencia de muchas mujeres adineradas en China que prefieren marcas occidentales de lujo, Peng apuesta por diseñadores chinos, lo que ha dado un importante impulso a la moda local y sus marcas nativas, como la firma Liwai.

La mujer sostiene la mitad del cielo, pero no en China
Más allá de esto, la realidad es que la famosa frase de Mao Zedong de que “las mujeres sostienen la mitad del cielo” sigue siendo pura retórica, como se desprende de la hilera de hombres vestidos de negro del Politburó, donde reside la cúpula del poder, exclusivamente masculina, de un país que desde su educación favorece descaradamente a los varones. Los politólogos próximos al partido apuestan por un mandato chino dominante y piensan que Peng Liyuan debería limitarse a encarnar los ideales tradicionales de la mujer china perfecta. Saben que es un gran activo para Xi, pero vigilan que sus pasos sean suficientemente cautelosos para no eclipsar a su marido.
China sigue sin ser un país acogedor para la mujer. El partido comunista es patriarcal y, cuando destaca alguna política, esta adopta rasgos claramente masculinos para ser aceptada. Mientras, enfrenta una crisis demográfica con una tasa de fertilidad muy baja, alrededor de 0,9 nacimientos por mujer en 2025. La cantidad de matrimonios ha caído dramáticamente, y muchas mujeres jóvenes permanecen solteras, fenómeno conocido como “mujeres sobrantes”.


