La idea del paraíso, tomando prestado el título de Mario Vargas Llosa, casi siempre nos lleva a la otra esquina del mundo. Playas imposibles, agua turquesa, silencio. Lugares que prometen un tiempo perfecto, un paréntesis de belleza absoluta en mitad de la rutina o la luna de miel soñada durante años. Maldivas representaba esa promesa para Rosa Rubio y Carlos Sánchez. “Este viaje había sido desde nuestra boda, en 2010, un sueño aplazado. Desde entonces imaginábamos este destino como el gran viaje pendiente”. Finalmente lo hicieron realidad este febrero. Y además, con la alegría añadida de compartir la experiencia con sus tres hijos, Carlos, Jaime e Ignacio, de 14, 11 y 9 años.
Lo que no podían prever es que el paraíso acabaría convirtiéndose en una trampa. Esta familia sevillana llegó a las islas el 23 de febrero para pasar unos días de descanso. El plan era disfrutar y regresar a España el 28 de febrero, pero cuando acudieron al aeropuerto de Malé, la capital del país, todo cambió. “Nos indicaron que los vuelos de Malé a Doha y de Doha a Madrid habían sido cancelados debido al cierre del espacio aéreo”, nos cuenta Rosa desde la habitación del hotel donde la familia permanece atrapada, en el mismo hotel donde habían pasado sus vacaciones. Por motivos de seguridad no pueden abandonar el país y, de momento, nadie sabe cuándo podrán volver a casa.

La situación es especialmente delicada porque Carlos, su marido, sufre una hernia inguinal que le obliga a permanecer tumbado y le provoca fuertes dolores. “Necesita regresar a España con urgencia para someterse a una intervención quirúrgica”, dice Rosa. Las primeras alternativas tampoco prosperaron. “La aerolínea nos ofreció otra combinación para el 4 de marzo -el vuelo QR677 entre Malé y Doha y el QR151 entre Doha y Madrid-, pero ambos también fueron cancelados”.
Desde entonces, han intentado encontrar cualquier ruta posible de regreso. Han llamado a agencias, operadoras y aerolíneas. “Cuatro agencias de viaje en España están intentando ayudarnos, pero no hay combinaciones disponibles, y menos aún para cinco personas viajando con niños pequeños y escalas razonables”. Cada día que pasa la angustia es mayor, nos cuenta Rosa. “Por más que buscamos, no encontramos conexiones para volver”.
Sin orden de repatriación
Ante la falta de alternativas han solicitado ayuda a la embajada mediante correo electrónico. Dependen de la embajada de India -responsable en la zona-, pero ni siquiera han logrado contactar. “La única respuesta, hasta el momento, gracias a la intervención del embajador en Doha, es que no existe orden de repatriación y debemos buscar vuelos por nuestra cuenta”.
Mientras tanto, la tensión geopolítica en la región no deja de crecer. En los últimos días, los ataques de Estados Unidos e Israel contra Irán han provocado el cierre de espacios aéreos y una cascada de cancelaciones que afecta a gran parte del tráfico internacional. Las cifras oficiales hablaban de más de 30.000 españoles atrapados en países del Golfo y Oriente Próximo, aunque hay operaciones de evacuación en marcha y los retornos se están haciendo de forma gradual.

No todos están dentro de Irán. El Ministerio de Asuntos Exteriores incluye en ese recuento a ciudadanos que se encuentran en Emiratos, Qatar, Arabia Saudí y otros países cuyos aeropuertos funcionan como grandes centros de conexión. Las rutas han sido suspendidas o desviadas, dejando a miles de viajeros sin posibilidad de regresar. La familia de Rosa forma parte de los viajeros atrapados de forma colateral en destinos turísticos lejanos, como Maldivas, Tailandia o Tanzania, porque sus vuelos dependían de escalas en hubs como Doha, Dubái o Abu Dabi.
En su caso, además, la incertidumbre se mezcla con la sensación de abandono. “Hemos contactado con el Ayuntamiento de Sevilla, la Junta de Andalucía, la Consejería de Turismo, el Ministerio de Asuntos Exteriores, embajadas y consulados de la zona. Pero la ayuda brilla por su ausencia”, lamenta Rosa. “Entiendo que no somos una prioridad… ayer evacuaron a los que estaban en Irán. Nos sentimos absolutamente desprotegidos por el Gobierno español”.
Los días se suceden en una mezcla de paciencia, tensión y cansancio. Intentan disimular la preocupación delante de sus hijos. “Al principio mantuvimos la calma. Después llegó la tensión, que tratamos de ocultar por los niños”. La familia intenta seguir una rutina improvisada en medio del aislamiento. Sus hijos siguen sus clases por internet. Rosa y Carlos teletrabajan desde el hotel. Bromean diciendo que, salvando las distancias, están recreando su propia versión de La vida es bella.

El contraste con el entorno resulta casi surrealista. El mismo paisaje que hace unos días representaba un sueño ahora tiene otro significado.
“Adquiere un sentido completamente distinto. El aislamiento que antes formaba parte del encanto ahora solo genera inquietud. Lo que parecía exclusivo se ha vuelto encierro y lo que parecía calma es un silencio desasosegante”. Cada jornada en la isla implica además un gasto enorme. El hotel ha aplicado un descuento, pero siguen siendo cinco personas alojadas. “Es una situación insostenible”.
Precios desorbitados
En su hotel son los únicos españoles, aunque intentan localizar a otros turistas que estén viviendo situaciones similares. Las alternativas que aparecen tampoco son viables. Una posibilidad sería fletar un avión privado entre varios españoles atrapados en la zona, pero el coste rondaría los 10.000 euros por persona. Otra ruta pasaría por Shanghái, con un precio cercano a los 5.000 euros cada uno. Pero incluso esas opciones generan dudas. “El conflicto se intensifica cada día. No sabemos qué zonas son seguras. No quiero ni imaginar lo que sería quedar atrapados también en Shanghái”.
Mientras tanto, desde Sevilla, sus amigos intentan aliviar la tensión con humor. Les dicen en broma que quizá regresen justo a tiempo para la Feria de Abril. No andan muy descabellados. El primer vuelo disponible que han encontrado aparece fechado el 16 de abril. Rosa intenta mantener la serenidad apoyándose en su fe. “Me encomiendo al Sagrado Corazón. Sé que nos protege”. Aun así, la sensación predominante es de frustración. “Nos sentimos privilegiados porque no tenemos misiles sobre el hotel, pero queremos y necesitamos volver a casa. Nos sentimos desprotegidos”. Quince años después de imaginar ese viaje, el paraíso que soñaban está ahora está en Sevilla. En su rutina, en su familia… y en su perrita, que espera a la familia en casa de los abuelos.
