Los países europeos viven momentos convulsos que, en los últimos días, podrían haber rebasado una nueva cota de tensión. La escalada de las hostilidades se encuentra relacionada con el controvertido lanzamiento de drones por parte de Rusia el pasado domingo que, por distintas circunstancias, adquiere una relevancia especial respecto de otros incidentes similares registrados hasta ahora. La trascendencia de este suceso radica, en primer lugar, en que uno de estos aparatos impactó contra un tren de pasajeros situado en las inmediaciones de la frontera que Ucrania mantiene con Polonia. Su localización constituye, per se, un elemento especialmente delicado, ya que el impacto se produjo a apenas unos kilómetros de suelo polaco y, por tanto, cerca del perímetro geográfico sobre el que se proyecta el acuerdo de Washington que trajo consigo la creación de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN).
Para comprender el alcance de lo acontecido hace unos días, conviene recordar que el referido instrumento jurídico de 1949 pretendía contener la influencia desplegada por la entonces Unión Soviética en Europa. Para entonces, el mundo –que vivía aún la resaca de la Segunda Guerra Mundial– se adentraba en un periodo tenebroso en el que, progresivamente, dos bloques quedaron conformados: por una parte, el capitalista (en Occidente) y, por otra, el comunista (en Oriente). Ante una hostilidad que no hacía sino aumentar, los primeros optaron por promover la creación del Tratado de Washington cuyo artículo 5 estipula lo siguiente: un ataque armado contra uno de sus miembros será considerado como un ataque contra todos. La aplicación de este principio al escenario en el que se ha producido el incidente adquiere especial relevancia, habida cuenta de que Polonia se incorporó a la Alianza Atlántica en 1999. De este modo, lo acontecido a escasos kilómetros de su territorio coloca a la OTAN ante una pregunta cada vez más difícil de eludir: ¿dónde termina el incidente y dónde comienza la amenaza?
Las reacciones, como era de esperar, no han tardado en llegar. Así, el ministro de defensa polaco ha indicado que el incidente protagonizado por la locomotora situada en el paso fronterizo de Dorohusk-Yahodyn afecta directamente a su país. Es más, ha incidido en la idea de que ayudar a Ucrania es crucial. El de asuntos exteriores, en línea con el anterior, ha subrayado que la embestida rusa vendrá acompañada de una respuesta firme. No obstante, en una especie de repliegue, ha especificado que la respuesta no constituiría en sí misma una provocación. Estas palabras un tanto enigmáticas revelan, ante todo, la dificultad de articular una estrategia que conjugue firmeza y contención.

Pero hay más. Poco antes del ataque, un tren –que circulaba en las cercanías con un perfil muy determinado de pasajeros– viajaba hacia el oeste tras regresar de una conferencia de seguridad en Kiev. En dicho convoy se encontraba –entre otros– el ex primer ministro británico, Boris Johnson. Asimismo, en otra locomotora –ubicada en la estación de Yahodyn– se hallaba David Petraeus, antiguo director de la Agencia Central de Inteligencia de Estados Unidos. Las autoridades ucranianas sugieren que estos trenes eran, en realidad, los verdaderos objetivos del Kremlin. De nuevo, se observa cómo la guerra no sólo se aproxima peligrosamente a las fronteras, sino que además Rusia habría desplegado acciones intimidatorias contra representantes políticos y diplomáticos occidentales. Ambas circunstancias demuestran que este episodio eleva la tensión a un peldaño más alto entre Rusia y Occidente.
Ante esta renovado y tenso escenario, los Estados europeos se ven abocados a adoptar una postura más firme. Se encuentran cada vez más acorralados ante una Rusia que no se deja doblegar y ante una Ucrania que, contra todo pronóstico, resiste. Esta semana, de hecho, sus fuerzas militares han anunciado la liberación de 85 kilómetros cuadrados de territorio al norte de Donetsk. Es cierto que, en esta larga y tediosa guerra, Europa ha adoptado medidas (fundamentalmente: sanciones contra el Estado agresor y ayuda militar a favor del Estado invadido), pero aun así da la impresión de que se encuentra paralizada. A ello hay que sumar el ninguneo que le profesa Estados Unidos, erigido como mediador en las conversaciones de paz que se han producido. Concretamente, los dirigentes europeos han sido llamados a filas, pero no para degustar y opinar sobre el menú; han asistido a encuentros donde ya estaba todo decidido. Han desfilado, en otras palabras, en la Casa Blanca para ser informados y no para ser consultados. Se les ha degradado al arrebatarles voz y voto, a pesar de que las consecuencias de esta guerra les afecta de lleno.
Este relativo estatismo está pasando factura a tenor de lo señalado por Ursula von der Leyen, quien –en el discurso sobre el estado de la Unión– afirmó lo siguiente: las amenazas híbridas que afronta Europa “son cada vez menos híbridas y cada vez se trata menos de amenazas”. Europa ha respondido jugando, en buena medida, la baza de las sanciones económicas y las restricciones diplomáticas. Pero esta baraja parece insuficiente. ¿Qué otras opciones podrían explorarse? Una de ellas podría conllevar la adopción de medidas contra los intereses económicos y logísticos del Estado agresor. Ahora bien, cualquier estrategia de este tipo debería quedar sometida a las condiciones y límites establecidos por el Derecho Internacional. Asimismo, hay que ser muy consciente de que romper el estatismo exige, posiblemente, ir más allá de la mera contención defensiva y ampliar el repertorio de respuestas jurídicamente disponibles para alterar el cálculo de los costes que asume el Kremlin. ¿Está Europa dispuesta a ello?

Otra vía podría consistir en hacer justamente lo contrario de lo planteado en el párrafo anterior. Es decir: diseñar una performance similar a la que tuvo lugar en la Conferencia de Múnich de 1938. En aquel momento, Francia y Reino Unido se decantaron por una política de apaciguamiento frente al expansionismo totalitario de Hitler. El resultado fue que Alemania se adueñó de los Sudetes. Las potencias europeas creyeron que así contenían las ansias del país germano. No obstante, aquel movimiento resultó ser un gran error de cálculo. Llevándolo a la situación actual, Europa podría optar por dejar hacer y, por tanto, permitir que –por ejemplo– las reclamaciones territoriales de Vladimir Putin sobre Ucrania se vean “felizmente” satisfechas. Luego, eso sí, habrá que cruzar los dedos y confiar en que su avidez quede saciada. Esa es, sin duda, una decisión arriesgada.
Sólo un inciso: cabe preguntarse si esta política no fue ya aplicada, siquiera indirectamente, en 2014, cuando Rusia se anexionó Crimea. En aquel momento, Moscú campó a sus anchas, desencadenando con ello un conflicto bélico que terminaría agravándose con la invasión a gran escala de 2022. Así pues, el control de la ansiada península no fue suficiente y demostró que aquella “concesión” no logró colmar las ambiciones territoriales del Kremlin.
Por supuesto, cabe intentar recuperar el terreno diplomático. En definitiva, Europa podría optar por asumir un papel más activo en futuras negociaciones de paz y evitar así que un potencial acuerdo se construya exclusivamente sobre las condiciones impuestas por Moscú. También se podría reforzar la capacidad de disuasión con el objetivo no de entrar directamente en el conflicto, sino de aumentar la capacidad militar europea y, de este modo, dejar claro que cualquier intento de ampliar el escenario bélico tendrá un coste. En una línea similar, se podría avanzar hacia una mayor autonomía europea en materia de seguridad y defensa. La guerra de Ucrania ha puesto de manifiesto hasta qué punto la protección del continente continúa dependiendo de un esquivo aliado situado al otro lado del Atlántico. Europa ya ha activado alguna de estas vías. Queda por ver hasta dónde está dispuesta a llegar.
Decantarse por una u otra fórmula (o por una combinación de ellas) no es una decisión sencilla, pero hay una cosa clara: los hechos apremian y se precipitan. En agosto, saltaron las alarmas cuando un dron logró, supuestamente, adentrarse en una zona de acceso limitado del aeropuerto de Leipzig. Alemania así lo sostuvo y acusó a Rusia. La OTAN afirmó que no existían indicios suficientes para sostener dicha acusación y Rusia, por su parte, estableció conexiones con Ucrania. Un galimatías al que ahora se une el “incidente” de Polonia. En todo caso, Europa tiene que decidir qué hacer y no puede demorarse mucho. Qué fácil sería contar con el don de Casandra, la princesa de Troya que podía visualizar el futuro, aunque fuera condenada a que nadie creyera sus predicciones. Los dirigentes europeos no tienen ese privilegio: no saben qué aguarda al final de cada uno de los caminos que hoy se abren ante ellos. Pero deben actuar y procurar que Europa no termine ardiendo como Troya.

