Hablemos de Judas. De Judas Iscariote, el apóstol que traicionó a Jesús de Nazaret. Es curioso: la palabra “traidor”, del latín traditor, comparte raíz con “tradición”, de traditio. Ambas derivan del verbo tradere, que significa “entregar”. El “traidor”, por tanto, es el que entrega. El DRAE recoge que un “judas” es un “hombre alevoso, traidor”, amén de las expresiones “alma de Judas”, “árbol de Judas”, “beso de Judas”, “mano de Judas” y “pelo de Judas”, y las locuciones verbales “estar hecho, o parecer, alguien un Judas”.
Su nombre deriva del hebreo Yehudah, que significa “alabado”, “agradecido”; más confusión genera su apelativo. Porque no sabemos exactamente qué significa “Iscariote”. En La Iglesia, rostro de Cristo (Ed. Cristiandad, 2007), el papa Benedicto XVI expone las diferentes teorías: “La explicación más común dice que significa ‘hombre de Keriot’, aludiendo a su pueblo de origen, situado cerca de Hebrón. (…) Otros lo interpretan como una variación del término ‘sicario’, como si aludiera a un guerrillero armado de puñal, llamado en latín ‘sica’. Por último, algunos ven en ese apodo la simple transcripción de una raíz hebreo-aramea que significa: ‘El que iba a entregarlo’”.
Los evangelistas lo introducen en sus respectivos relatos como un traidor –Mc 3,19: “Judas Iscariote, el mismo que lo entregó”–. Era el Luis Bárcenas de los Doce, llevaba las cuentas de la misión. San Juan le acusa de ser un chorizo y en la serie The Chosen lo vemos sisando unas monedicas. Desde la razón, es imposible explicarse por qué Jesús escogió y confió en semejante prenda; desde la teología, ah, amigo, su tenebrosa e inquietante figura emerge como el detonador imprescindible para que Cristo culmine su misión.
San Lucas cuenta que “Satanás entró en Judas, llamado Iscariote, que era del número de los Doce” (LC 22,3). Sucede que también desconocemos el motivo de la traición: si fue por ansia de pasta o si fue por decepción mesiánica, “al ver que Jesús”, dice Benedicto XVI, “no incluía en su programa la liberación político-militar de su país”. La teoría que más me gusta, por shakesperiana, es con la que juega Jesús de Nazaret, la fabulosa miniserie de Franco Zeffirelli, en la que Ian McShane borda al traidor: Judas, en realidad, patinó por soberbio, pero desde la buena intención; pensaba que, cuando estuviera entre la espada y la pared, Jesús convocaría a las legiones celestiales y la liaría parda. Y no, claro.
En la noche de Getsemaní, todos los apóstoles duermen. Salvo Judas. Entrega a su maestro con un beso. En La Pasión de Mel Gibson, Judas, interpretado por Luca Lionello, se raspa los labios contra un muro, que le queman por el remordimiento. El hombre se arrepintió, fue a devolver las treinta monedas de plata a los sumos sacerdotes y estos le cantaron una de Sabina: “Ahora es demasiado tarde, princesa”. Carcomido por la desesperación, se colgó de un árbol. Con matices. Según cuenta Lucas en Hechos de los apóstoles, compró un campo, “cayó de cabeza, y su cuerpo se abrió, dispersándose sus entrañas. El hecho fue tan conocido por todos los habitantes de Jerusalén, que ese campo fue llamado en su idioma Aceldama, que quiere decir: ‘Campo de sangre’” (Hech 1, 16-19). Juzguen ustedes. Según Dante, se encuentra y da nombre al noveno círculo del Infierno, la Judeca. Su cabeza es roída por la boca de Lucifer. Parece que es un mal bicho: la película El exorcismo de Emily Rose se basa en el de una joven alemana poseída por, entre otros, Judas Iscariote. Qué sé yo.
Desde luego, el tipo dejó una larga escuela: el conde don Julián, Antonio Pérez, Vidkun Quisling, Philippe Pétain, los hermanos Rodríguez… Nadie está libre de judas. Ni siquiera Pedro Sánchez. Ni siquiera Donald Trump. Ni usted ni yo, por supuesto.
