Las personas que apoyan la democracia liberal en Europa, rechazan la polarización política –tanto de la izquierda como de la derecha– y creen en el papel esencial de la Unión Europea, han desarrollado la costumbre de dedicarse a meramente observar los problemas en lugar de solucionarlos.
Ven que los sistemas de bienestar de sus países se desmoronan, pero confían en que las cosas se acabarán arreglando por sí mismas. Sus hijos no logran encontrar una vivienda o empleos dignamente remunerados, pero ellos se encogen de hombros, desesperados. Contemplan la amenaza que Rusia representa para Europa y esperan que los estadounidenses se ocupen de ella. Observan cómo se deteriora la situación política en sus países y concluyen que todo resulta demasiado desagradable como para implicarse.
Los centristas y moderados se dedican al análisis y los comentarios, pero rehúyen la batalla política. Sus intelectuales predican sobre la democracia, escriben sobre políticas públicas, asisten a seminarios, elaboran informes y organizan grupos de reflexión para promover esos mismos informes. Pero huyen como de la peste de las contiendas electorales.
Mientras los moderados se han retirado a innumerables burbujas -sus familias, sus comunidades locales, sus medios de comunicación favoritos y las causas civiles-, los extremistas no dudan en dar un paso al frente. Se afilian a partidos. Llenan auditorios. Hacen campaña. Captan afiliados. Publican mensajes. Se manifiestan. Se organizan. Y crucialmente, recaudan cantidades enormes de dinero no solo en sus países sino a través de donaciones internacionales masivas y prestamos en todo el mundo.
Han establecido redes de fundaciones, ‘think-tanks’, donantes adinerados y nuevos canales de comunicación para garantizar que sus opiniones políticas sean escuchadas. Y llevan décadas haciéndolo de manera incansable: Nigel Farage comenzó en 1993; Marine Le Pen, en 2011; Giorgia Meloni, en 2012; Santiago Abascal, en 2013; y Alice Weidel, en 2017, cuando se convirtió en colíder de Alternativa para Alemania (AfD). Incluso quienes discrepamos profundamente de los extremistas hemos de reconocerles el mérito de su perseverancia.

Los políticos moderados, por el contrario, se retiran a lamerse las heridas ante el menor revés. Los grupos políticos moderados a escala europea están divididos, son ineficientes, anticuados y están desorganizados. Y las redes financieras internacionales —tan importantes para los movimientos populistas de derecha— brillan por su ausencia entre los moderados.
¿Cómo es posible que los partidos nacionalistas y nativistas sean capaces de organizarse internacionalmente, mientras que los partidos que supuestamente defienden el internacionalismo no consiguen coordinarse?
Algunos moderados (como los que en España están pensando en apoyar al PP a sabiendas de que eso significa abrir la puerta del gobierno a Abascal) han empezado a consolarse con la idea de que los extremistas, al fin y al cabo, “no son tan malos”. Señalan a Meloni como prueba de que, cuando llegan al poder, terminan moderándose. Y sostienen que las formidables defensas institucionales de Europa acabarán resistiendo el envite.
Es difícil imaginar qué dirán cuando los cuatro grandes Estados miembros de la UE -Francia, Alemania, Italia y España – terminen todos en manos de la extrema derecha, de una forma u otra. ¿Encontrarán una manera más de presentar eso como una victoria de la moderación? ¿O asumirán su responsabilidad personal en haber contribuido a esa toma de toda Europa por parte de la extrema derecha?
Meloni lleva cuatro años promoviendo enfrentamientos ideológicos y culturales -sobre sexualidad, políticas de género, etc-, mientras no ha conseguido introducir una sola reforma económica significativa. Como resultado, Italia, uno de los países fundadores de la UE, registra ahora un crecimiento económico inferior al de Grecia. Dice mucho de muchos moderados que a todo lo que aspiren sea a eso.
Europa necesita un centro político que sea visible, dinámico y valiente. Que deje de ser el guardián del statu quo y avance decididamente hacia el futuro. Un centro dispuesto a afirmar que la administración pública es demasiado burocrática. Que acoja la tecnología con entusiasmo, tanto en el Gobierno como en las empresas y la educación. Que acepte que los partidos políticos han acumulado demasiado poder. Un centro que defienda que la inmigración debe mantenerse bajo control y en niveles sostenibles. Y que Europa debe ser capaz de defenderse a sí misma.
Un centro que reconozca que las generaciones más jóvenes están recibiendo un trato injusto y que es necesario reequilibrar la relación entre jóvenes y mayores. Que sostenga que los impuestos no pueden seguir aumentando indefinidamente para compensar la negativa de los Gobiernos a reformarse. Y que las instituciones solo merecen ser defendidas cuando cumplen su cometido y ofrecen resultados a los ciudadanos a los que sirven.
A menudo se señala que el auge del extremismo en Europa constituye un peligro para la democracia. Sin embargo, los extremistas están utilizando la democracia con entusiasmo para promover sus ideas. Son los moderados los que han abandonado el juego de la política.
La política no es un deporte para espectadores. Para que el centro político europeo resista, todos debemos volver a implicarnos en la política.

