Opinión

Y Vox se comió al PP

ZAMORA, 2710/2026.-El presidente de Vox, Santiago Abascal, participa en un acto público de su formación este martes en Zamora acompañado del vicepresidente de la Junta de Castilla y León, Carlos Pollán.EFE/Mariam A. Montesinos
Santiago Abascal, participa en un acto público de su formación este martes en Zamora.
EFE/Mariam A. Montesinos
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Tiene que haber algún votante del Partido Popular al cual escandalice el acuerdo para el Senado entre el PP y Vox. Tiene que quedar algún votante del Partido Popular que no apoye que su partido se coaligue con quienes han colocado a un dirigente con pasado neonazi como candidato al Congreso por Tarragona, con un juicio pendiente el verano que viene por delito de odio. Tienen que existir, me digo, esos votantes, a los que provoque sarpullido ver cómo su partido incluye en su lista a independientes que nada tienen que ver con la provincia por la que se presentan, que nada tienen que ver, supuestamente, con su modelo político; han de existir, me repito, esos votantes. Si no existen, es que ya estamos del todo perdidos.

Entiendo que también los habrá, claro, del caso inverso: quienes se nieguen, con un voto antisistema, a apoyar a una formación política que ha formado parte del Gobierno, que se presume como un partido de Estado, a la cual tanto se criticaba entre gritos de PSOE y PP, la misma mierda es; ¿y en la otra banda? ¿Y en el lado popular? ¿Existen aún los moderados, otro modelo de derecha que no lo haya apostado todo a la ruina, a la bancarrota moral? Si existen, ¿dónde están? ¿Por qué están hoy tan callados?

El asunto es que sí que conozco a muchas personas de esa derecha moderada, democrática, que no querrían ver a Vox ni en pintura, que no comparten su griterío ni sus formas ni sus medidas; sociológicamente, hay en España mucha derecha que no es fascista, por suerte y gracias; mucha derecha que, si por ella fuera, no pactaría con la ultraderecha ni en pintura. Lo que pasa es que no la escucho, ni alza la voz, ni leo ni veo que diga nada ante este pacto electoral, tan perfectamente naturalizado, y no hay escándalo. Sé que muchos responderán que lo prioritario, para ellos, es echar a Sánchez, y que para echarlo estarían dispuestos a pactar con Dios y con el diablo; ¿les vale la pena, de veras? ¿Vale la pena mientras Feijóo se pregona por las radios diciendo que él no hará un “sanchismo de derechas”? Si metes a Vox en tus listas, ¿hay forma alguna de que lo que te salga no sea ese “sanchismo de derechas” que tanto temes, más aún si has dedicado no poco tiempo a señalar cómo mutuamente el PSOE y Vox se alimentaban, daban fuego, daban vida?

Tiene que haber diputados y diputadas horrorizados ante la perspectiva de mezclar sus bancadas con las de Vox. Como al hacer aleación de dos tonos de pintura, pasa que, si añades uno tan fuerte al otro, se lo traga todo y convierte la mezcla en algo repulsivo, una alianza casi monstruosa; me pregunto hoy a cambio de qué callan y dónde estaban sus principios. No pactaré con Vox, dijo en su día María Guardiola, y a Vox se comió. Que no pactaría con Vox, decía Juanma Moreno Bonilla al pretender ser moderado, y a Vox se comió. Pero ningún pacto es tan grave como vender tus listas y tus siglas por la pretensión de querer nombrar tú, en exclusividad, sin que nadie se inmiscuya, la parte del CGPJ o del Tribunal Constitucional que nombra el Senado; aquí no es comerse a Vox, es que Vox te coma. El objetivo del pacto, escuchaba hoy, es el de tener una mayoría suficiente. Mayoría suficiente, imagino, para imponer con rodillo y no tener que hablar o escuchar a nadie más. Tan criticable es eso como criticable fue la reforma para cambiar las mayorías necesarias para el Consejo de RTVE que impulsó hace tiempo la izquierda en el Congreso. Cuidado, no vaya a ser que a esos moderados de derecha, de pronto afásicos, les pase como a Sonia Marmeladova en Crimen y castigo: “tu peor pecado es que te has destruido y traicionado a ti misma para nada”. Si el resultado, a futuro, es para nada, ¿con qué justificarán haberse destruido?

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