Opinión

Lo que exige el día después de la liberación de Venezuela

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El día después de una operación impecable suele ser el momento más delicado. No por lo que ya se ha hecho, sino por lo que se anuncia o interpreta después.

Ayer Venezuela despertó sin Maduro, pero también asistió, con el alma en vilo, a la caótica rueda de prensa de Donald Trump que, lejos de consolidar la claridad estratégica de la madrugada, abrió grietas innecesarias en el relato del futuro inmediato del país.

La imagen era elocuente. Trump exultante, disperso, saltando de un asunto a otro, mezclando anuncios trascendentales con intuiciones personales; y a su lado, un Marco Rubio visiblemente incómodo, con gesto adusto, como si cada frase improvisada confirmara que el plan —sólido en lo militar y en lo judicial— empezaba a flaquear en el terreno político. No era desacuerdo ideológico, sino preocupación institucional. La cara de Rubio reflejaba algo más serio que un matiz: el desasosiego por cómo el presidente estaba formulando, en público, el día después.

EFE/EPA/La Casa Blanca

La frase clave cayó como una losa: Estados Unidos —Trump y su equipo— “liderarán el país hasta que sea posible una transición justa”. Liderar el país. No acompañar, no garantizar, no proteger una transición constitucional ya decidida por los venezolanos, sino liderar. El desliz semántico no es menor. Venezuela no ha salido de una dictadura para entrar en una tutela. El vacío de poder no se llena con buenas intenciones, sino con legitimidad, y esa legitimidad ya tiene nombre, actas y mandato.

A partir de ahí, la rueda de prensa se deslizó hacia la confusión. Trump hizo referencias erráticas a Delcy Rodríguez, hablando de su “actitud positiva” y de supuestas conversaciones con Marco Rubio, como si la vicepresidenta del régimen —operadora central de la red internacional de la tiranía— pudiera reconvertirse de la noche a la mañana en interlocutora aceptable. Rubio, serio, evitaba confirmar o ampliar esas alusiones. El contraste entre ambos era casi pedagógico: uno hablaba desde el impulso; el otro, desde la conciencia de las consecuencias.

Pero el momento más inquietante llegó cuando Trump mencionó a María Corina Machado. No solo aseguró que no había hablado con ella, sino que añadió, con ligereza impropia del momento: “Creo que sería muy difícil para ella ser líder. No cuenta con el apoyo interno ni el respeto del país”.

La afirmación no solo es discutible, sino objetivamente falsa. María Corina Machado es hoy la figura política con mayor legitimidad moral en Venezuela, y posiblemente en el mundo. Es la líder que sostuvo la presión cuando todo invitaba a la resignación, la que articuló una victoria electoral incontestable y la que, horas después de la captura de Maduro, ha hecho lo único que había que hacer: exigir que el presidente electo asuma de inmediato su mandato constitucional y la jefatura de la Fuerza Armada.

Ese contraste entre la claridad de Machado y la ambigüedad de Trump define el riesgo del momento. La operación militar fue quirúrgica porque estaba planificada, acotada y ejecutada sin ruido. El día después, en cambio, exige algo aún más difícil: contención, respeto escrupuloso a la legalidad venezolana y comprensión profunda de la sociedad que se pretende ayudar.
No se trata de diseñar un liderazgo desde Washington, sino de blindar uno que ya existe frente a los restos de un régimen en descomposición. Y esos restos del régimen se mueven ahora en un terreno pantanoso, porque la Venezuela que amaneció con bombas sobre La Guaira, La Carlota, Fuerte Tiuna e Higuerote no responde a líneas sucesorias, sino a cadenas de mando.

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Formalmente, la sucesión coloca a Delcy Rodríguez al frente del Ejecutivo ante la ausencia del presidente, una circunstancia que ella misma reconoció implícitamente al admitir que desconocía el paradero de Maduro y de Cilia Flores y exigir “pruebas de vida inmediatas”. Pero el primer dirigente en dar la cara fue el ministro de Defensa, Vladimir Padrino López, anunciando el despliegue total de la Fuerza Armada y reafirmando su control sobre el estamento militar. En paralelo, Diosdado Cabello apareció en Caracas con casco y chaleco antibalas, invocando disciplina y confianza en el alto mando político y militar, consciente de que el orden interno depende de él. Entretanto, Jorge Rodríguez, presidente de la Asamblea Nacional y hermano de Delcy, permanece en Caracas, en silencio, como figura bisagra de una transición que nadie controla del todo.

El régimen sigue en pie solo como reflejo condicionado: descabezado, militarizado y a la espera de una decisión que no se tomará en los despachos, sino en los cuarteles. El régimen ya no es una pirámide, ni siquiera un círculo. Es el diagrama de una huida en forma de flechas desordenadas.

En ese contexto, cualquier ambigüedad internacional es gasolina. Por eso resulta tan peligrosa la idea, sugerida sin demasiado fuste por Trump, de una administración provisional liderada por Estados Unidos. Porque no solo deslegitima, seguramente sin pretenderlo, al presidente electo de Venezuela, Edmundo González Urrutia, sino que ofrece a los restos del chavismo un argumento perfecto para reagruparse bajo la bandera del antiimperialismo reciclado.

Venezuela
La líder opositora venezolana María Corina Machado junto al candidato Edmundo González Urrutia
Efe

El día después de Venezuela no puede convertirse en un laboratorio de ocurrencias. Necesita tres certezas inmediatas: reconocimiento inequívoco de González Urrutia como presidente legítimo; protección efectiva para él, para María Corina Machado y para los presos políticos; y un mensaje claro a las Fuerzas Armadas: la obediencia constitucional es ahora la única vía de supervivencia institucional.

La historia ya cambió de rumbo con la captura del tirano. Ahora toca no estropearla con palabras mal medidas, porque si algo ha demostrado Venezuela es que ha hecho su parte. Lo que el mundo debe hacer, esta vez, es no estorbar.

El día después no exige épica, sino firmeza. Porque, por primera vez en muchos años, el tiempo ya no juega a favor de la tiranía. Juega a favor de la ley, de la voluntad expresada en las urnas y de una sociedad que ha demostrado una resistencia extraordinaria. Venezuela no necesita salvadores ni tutelas, sino que se le permita ejercer lo que ya ha conquistado: su derecho a gobernarse en libertad.

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