Llega el verano y me acuerdo de mi amigo Raúl del Pozo, quien, según me sopla una garganta de seda, tendrá plaza en Chamartín. La cosa no es aún oficial, mas sí oficiosa, y aquí lo cuento, entre incendios y corruptelas, no sea que el Ayuntamiento del Foro se eche p’atrás, no sea que lo saque otro colega antes.
Cantaba Héctor Lavoe, empapado en salsa puertorriqueña: “Si no me quieren en vida, / cuando muera no me lloren”. El verso se escurre con Raúl, quien recibió en vida un saco de merecidísimos honores, como la Medalla de Oro de Castilla-La Mancha (2017), o la de Honor de Madrid (2022), urbe en la que forjó su leyenda y de la que no quiso moverse durante sus últimos años de vida. “Salir de Madrid –me decía– es un error. Yo, de Madrid al tanatorio; al Cielo no, porque no existe”.
Para opositar al callejero de la capital del Reino es necesario residir en el Hades o, si lo prefieren, en el Patio de los Callaítos (Comandante Lara). Según la Ordenanza reguladora de la denominación y rotulación de vías (BOAM, 24 de abril de 2013), “no podrán utilizarse nombres de personas vivas, salvo que de manera excepcional así se considere por su extraordinaria relevancia”. Las calles “Raúl del Pozo” existen en Fuente de Piedra (Málaga) y en Mariana (Cuenca), el pueblo al que pertenece La Torre, la aldea en la que pasó su infancia cazando liebres con lazo y perdices con gloria. La Ciudad Levítica le nombró Hijo Adoptivo a título póstumo. Más vale tarde, supongo.
Vecino de Manuel Vicent y de Ana Rosa Quintana, Raúl vivía en la colonia Los Cármenes, construida entre 1926 y 1928 por un burlanga –como él– krausista que se pulió su fortuna en los casinos y en los garitos y que ultimó su existencia malviviendo de la caridad de los vecinos del barrio que creó. Llega el verano y me acuerdo de mi amigo, decía, porque, durante diez o doce años, me convocaba al pequeño paraíso de su hermoso jardín, a la sombra del granado, y, mientras los jilgueros y los carboneros aportaban la banda sonora, nos sentábamos en butacas de ratán y, en torno a una mesa blanca de hierro, departíamos durante horas sobre periodismo, política, antiguas amantes suyas e inminentes exnovias mías, dioses paganos y aventuras y desventuras noctámbulas.
–No tienes pelos en las piernas –le dije la primera vez que le vi, en una de estas, con pantalón corto–. Parecen de mujer.
–Las tuyas parecen de mono.
No lejos de aquella biopsia del Edén, pues, tendrá Raúl su plaza, en “la villa de las siete estrellas, la noble y esclarecida”, esa que le lloró más que a Zorrilla en el Patio de Cristales de la Casa de la Villa y que, de una manera contundente y masiva, apartó a todos aquellos que le achacaban que “nunca he podido ir a la Academia porque tengo faltas de ortografía”. Finalmente, fue y hasta superó a Alberti: el genio de Cuenca meó en más palacios que el poeta portuense.

