Familias deshechas. Siempre en grupo. Todas acaban llegando al Centro Cívico de Poniente Sur en Córdoba, muchas tras pasar por Adamuz, la zona cero de la tragedia. Allí, dejan a un pueblo desolado, que se ha volcado, roto por el dolor. El deseo general es el mismo, que entre los fallecidos no estén esa madre, ese padre, ese hermano por el que preguntan con la voz quebrada.
El camino ha sido muy largo. Todo un peregrinaje. Una noche a oscuras, fría. De un sitio a otro. Buscando a sus familiares, de un hospital a otro. Con una foto en el móvil de sus seres queridos y con la misma pregunta: “¿Está aquí?”.
Un auténtico “calvario”
Cuando las víctimas llegan al centro Cívico de Córdoba, la mayoría no es capaz de articular palabra. “Respeto”, piden entre sollozos. Otras, con un hilo de voz repiten que están viviendo un “calvario”. “No sabemos nada”. Con semblante serio tratan de guardar las formas.

A ese centro del dolor solo pueden acceder los familiares, los supervivientes y el personal autorizado. Hay una distancia de seguridad entre ellos y los medios de comunicación. Para respetar la intimidad de las víctimas, la Junta de Andalucía ha colocado varias carpas y lonas.
Algunos familiares han llegado en autobús, otras en sus propios vehículos. Allí, llegaban a oscuras, sin saber si sus familiares estaban en un hospital de la ciudad o si, el peor de los escenarios, habían fallecido. Al cierre de esta edición, al menos una treintena de familiares habían pasado por el centro cívico para recibir información. Muchos pasarán allí la noche.
El Vía Crucis hasta el centro cívico
El centro cívico se convierte en su máxima esperanza y también en su víacrucis. Allí les esperaba un amplio equipo de la Cruz Roja en el que participaba una veintena de personas. “Es el primer acompañamiento”, destaca Carmen Torrico, psicóloga de Cruz Roja. Llegan, la mayoría, con mucha “incertidumbre” y con un “cuadro de ansiedad”. “Están destrozados y reclaman información”. La labor del equipo de Cruz Roja no solo es la de acompañar, sino que son las primeras personas con las que se pueden desahogar.
Lo único que pueden hacer es esperar. Tratan de no pasar el cordón policial para evitar encontrarse con la prensa. No quieren dar declaraciones y es totalmente entendible. Artículo14 se encuentra al llegar con una familia que no aguanta el dolor y llora en plena calle. “Es el peor día de nuestras vidas”, dice uno de los amigos de los familiares. Pide que les dejemos descansar. Es la familia de Zamorano Álvarez. En el tren viajaba la pareja junto a sus dos hijos y un sobrino. Volvían de Madrid a Huelva después de haber pasado el fin de semana haciendo planes como ver al Real Madrid en el Bernabéu o asistir al musical del Rey León. Solo sobrevivió la niña, que ya se encuentra con su abuela en un hotel de Córdoba tras recibir su alta hospitalaria. Su héroe, un guardia civil que no la dejó sola.

“¡No puede ser!”
La angustia se palpa en el rostro de cada que desfila por aquí. Una mujer, a media tarde, no puede más y grita. “¡No puede ser!”. Acaba de enterarse de que su marido ha fallecido. Una joven llega, desesperada, enseñando la foto de su novio. Jesús Saldaña García. Es cardiólogo en el Hospital de la Paz de Madrid. Viajaba en uno de los vagones del Iryo más dañados en el siniestro.

Los héroes de Adamuz
Muchos de ellos dejaron atrás la zona cero del siniestro, Adamuz, una pequeña localidad de Córdoba. Sus 4.000 habitantes se han volcado en ayudar en todo lo que pueden a los familiares. Los vecinos pasaron la noche en vela. Los más jóvenes accedieron a las vías del tren para tratar de ayudar a los servicios de emergencias. Desde allí, Gonzalo Sánchez con su quad consiguió sacar del terreno a siete heridos. “Me he encontrado con la muerte mirando a la cara”, relata a Artículo14. Recuerda el olor, el ambiente, la oscuridad. “Una noche como la del Titanic”.
En el puesto de mando está en la primera línea la concejala de Seguridad y Protección Civil de Adamuz, María Belén Moya. Ella se encargó de toda la logística necesaria para recibir a los primeros heridos, fallecidos y familiares. Sintió “miedo y estrés”. “No te podías dejar abatir, tenías que estar al pie del cañón”, relata. “Lo más duro, ver llegar a los familiares y no saber que hacer”, concluye.



