Ni un músculo se le mueve a Pedro Sánchez con el manifiesto de su excompañero, Jordi Sevilla. El exministro intentó marcar agenda con la presentación de su “Socialdemocracia21”, pero fueron más comentadas las ausencias que las presencias. Entre los firmantes se echaba en falta a Eduardo Madina o a Ignacio Urquizu. Ambos llevan años siendo la esperanza de un PSOE que no termina de llegar. A uno y a otro, Sánchez les robó el futuro.
Sólo el ex líder del PSOE en Madrid Juan Lobato salió a defender el debate de ideas en un partido que sus fundadores ya no reconocen. El PSOE dejó hace tiempo de operar como un espacio de diálogo. Los votantes y los militantes son especies opuestas. Sánchez controla a las bases y sobre ellas espera construir su resistencia.

El presidente lleva meses viviendo al día. Hace que gobierna anunciando medidas para las que no tiene mayoría parlamentaria. Cada día cuenta en su afán de llegar a 2027 si la agenda judicial lo permite. Su futuro está por escribir, pero incluso los más cercanos ya recolocan sus posiciones.
En el PSOE, tanto los críticos como los del régimen miran a los “Óscars”. El ministro de Transportes y el de Transformación Digital son peones clave en el tablero que viene. Puente es un influencer con aspiraciones. Las bases le aclaman como antídoto a “la ola reaccionaria” que está por venir si los españoles -democráticamente- deciden que gobierne Alberto Núñez Feijóo. Es buen candidato para tiempos de TikTok.

El ministro más tuitero se perfila como un sucesor leal en caso de que Sánchez opte por el paso al lado que hoy no contempla. Una opción continuista que, emulando a Delcy Rodríguez, pueda convivir con el pasado sin levantar ampollas. Si el sanchismo cae derrotado en las urnas, él aspira a heredar.
El otro Óscar, el fontanero infiel, estará pase lo que pase. “Superviviente” para algunos, “traidor” para otros, su principal virtud es ser un hombre de partido capaz de comprar voluntades para el jefe, sea quien sea el jefe.
La incógnita es quién ostentará los galones. Ante esta pregunta, en el PSOE hay dos corrientes. Los que creen que, aunque Sánchez pierda las elecciones, podrá mantener el control del partido y los que están dispuestos a dar el golpe la misma noche electoral.

Ambas corrientes trabajan de forma soterrada para cuando llegue el día. Los “sanchistas” bajo la premisa de mantener La Moncloa, aunque los resultados en Aragón y Andalucía sentencien a las siglas. El plan pasa por engordar a Vox tanto que, con lo que le quite al PP, se obre el milagro de que el PSOE gane las generales. Una victoria pírrica que permitiese a Sánchez sobrevivir con un grupo parlamentario hecho a su medida o dejar a su delfín.
Por su parte, los críticos también se mueven más allá de Jordi Sevilla. Hay cargos medios dispuestos a alzar la voz si Sánchez no convoca generales antes de las municipales y autonómicas. El plantón del presidente asturiano con la financiación autonómica sirve de acicate para los que temen represalias.
Que García Page es un disidente se da por descontado, pero cuando Adrián Barbón se mueve, hay oleaje. A Ferraz le incomoda, aunque señale a una “resentida” Adriana Lastra detrás de cada decisión del barón del norte. El machismo con Lastra impera en la dirección socialista con las mismas formas que en su día se lanzó contra Susana Díaz.
Cuando llegue el momento, la guerra interna será tan descarnada como entonces. Más allá de los nombres, el PSOE tendrá que afrontar un debate de ideas, un modelo de sociedad y de país donde los socialistas vuelvan a defender la solidaridad y no la ordinalidad. El artículo14 de la Constitución es irrenunciable para un partido de gobierno.



