Nutrición

La generación que creció sin azúcar: qué huella dejó en la salud

Un estudio británico relaciona el racionamiento del azúcar durante los mil primeros días de vida con menos diabetes e hipertensión siete décadas después. En España la escasez fue más amplia

Para los niños que crecieron en la posguerra, un terrón de azúcar era un verdadero premio. En los hogares más modestos las madres la derretían al fuego hasta convertirla en caramelo. El azúcar era un producto tan escaso y racionado en la cartilla, igual que el aceite o el arroz, que nadie se planteaba si era una amenaza para los dientes, mucho menos para la salud.

La ciencia se pregunta ahora qué huella dejó la dieta en aquellos niños que hoy tienen ochenta años o más. La última investigación llega del Reino Unido. Allí el azúcar permaneció racionado después de la Segunda Guerra Mundial hasta 1953. Cuando las restricciones desaparecieron, su consumo aumentó bruscamente y se produjo, sin pretenderlo, un experimento excepcional.

Quienes pasaron sus primeros 1.000 días de vida -el embarazo y aproximadamente los dos primeros años- con una exposición reducida al azúcar presentaron varias décadas después un 35 % menos de riesgo de diabetes tipo 2 y un 20 % menos de riesgo de hipertensión. Investigaciones posteriores han encontrado relación también con enfermedades cardiovasculares, envejecimiento biológico e incluso ansiedad. El azúcar no es el único responsable. Los propios científicos insisten en que, por ahora, se trata de asociaciones y quedan por aclarar los mecanismos.

Los niños españoles de las cartillas

España tuvo racionamiento entre 1939 y 1952. Todavía se conservan cartillas con cupones específicos para adquirir el azúcar, entre otros productos. Pero, a diferencia de los niños británicos del estudio, que comieron poco azúcar dentro de una alimentación suficiente, en la España de la Guerra Civil y de los primeros años de la dictadura escaseaba toda la comida, no únicamente los dulces.

Un gran estudio publicado este año en Public Health Nutrition ha reconstruido el estado nutricional de 114.880 niños y adolescentes españoles de entre 6 y 16 años a partir de siete grandes series históricas recogidas entre 1934 y 1965. El resultado presenta una España que nada tiene que ver con el temor actual a la obesidad infantil. Todas las poblaciones analizadas padecían distintos grados de desnutrición crónica y bajo peso, especialmente entre las clases sociales más desfavorecidas. La mejoría física apreciable no llegó realmente hasta los años del desarrollismo.

Cola en la plaza de España para adquirir productos con Cartillas de Racionamiento

Otro estudio publicado en septiembre de 2026 ha recuperado encuestas alimentarias realizadas entre 1957 y 1961, cuando ya habían desaparecido ya las cartillas. Y el panorama seguía siendo precario. Una parte importante de las familias españolas todavía no alcanzaba las necesidades mínimas de calorías, grasas, proteínas animales, hierro o vitaminas. Aproximadamente un 22 % presentaba déficit calórico según los criterios utilizados en aquellas encuestas.

Comía poco de todo

El niño español que tomaba poco azúcar no estaba siguiendo una dieta más saludable. Comía poco de todo. Y el cuerpo tiene memoria. La llamada programación fetal o hipótesis de Barker señala que el organismo que se está formando durante el embarazo y la primera infancia se adapta al mundo que encuentra. Si percibe escasez, puede realizar ajustes metabólicos destinados a sobrevivir con pocos recursos. El problema podría aparecer décadas después si ese organismo diseñado para la austeridad acaba viviendo en un ambiente de abundancia.

Un trabajo publicado en Gaceta Sanitaria estudió las generaciones nacidas entre 1918 y 1957 y la mortalidad por cardiopatía isquémica entre 1990 y 2002. Los investigadores encontraron un aumento del riesgo entre quienes habían nacido en algunos de los años de mayor escasez alimentaria: 1937, 1940, 1943 y 1945. El estrés nutricional durante la gestación pudo aumentar la vulnerabilidad cardiovascular décadas más tarde.

En Reino Unido, crecer con poco azúcar fue el preludio de una mejor salud metabólica. En España, sin embargo, crecer durante los años de mayor penuria aparece relacionado en algunos estudios con peores resultados cardiovasculares. No es lo mismo privarse de la tarta de cumpleaños que falten también el huevo, la leche, el aceite o las proteínas.

Los niños de posguerra pasaron de la escasez a la abundancia de alimentos en la edad adulta

Una generación irrepetible

No siempre la huella del hambre infantil es negativa. Un estudio internacional publicado en 2026 examinó a 165.586 personas de ocho países expuestas durante la infancia a grandes períodos de escasez. Para España tomó como referencia los llamados años del hambre, entre 1939 y 1942, utilizando información del estudio europeo SHARE.

Los investigadores buscaron si aquellas habían perdido todos sus dientes con mayor frecuencia al llegar a mayores. En un primer análisis parecía que sí, pero cuando se corrigió adecuadamente el efecto de la edad, la relación desapareció. No encontraron una huella detectable de la hambruna sobre el edentulismo en la vejez. En setenta u ochenta años de vida hay muchas cosas a tener en cuenta, como clase social, tabaco, ejercicio, alimentación posterior, acceso a médicos, enfermedades, genética.

Lo interesante es que todavía podemos estudiar a la última generación europea criada en un mundo alimentario diferente al nuestro. Los españoles nacidos en los años cuarenta pasaron en pocas décadas de la escasez al ultraprocesado y a los azúcares escondidos en multitud de alimentos, pero no disponemos de un experimento equivalente al británico que conecte cuánto azúcar recibieron al comienzo de la vida con la diabetes, la hipertensión, la obesidad o el deterioro cognitivo que desarrollaron después.

 

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