Una fría mañana de octubre de 1965, la policía llegó al número 16 de Wardle Brook Avenue, en Hattersley, cerca de Mánchester. Investigaba el aviso de un asesinato brutal presenciado por un joven aterrorizado de diecisiete años llamado David Smith. Lo que encontró en la casa —el cadáver de Edward Evans, de la misma edad— no era más que el último acto de una cadena de crímenes que durante dos años había golpeado el norte de Inglaterra. Myra Hindley, entonces una secretaria de veintitrés años, vio cómo su amante, Ian Brady, era detenido. Aquel fue el principio de un encierro que duraría hasta su muerte y que la convertiría en “la mujer más odiada del Reino Unido”.
Para entender a la mujer del pelo rubio platino de la célebre fotografía policial, hay que mirar antes las calles obreras de Gorton, en Mánchester. Las defensas posteriores de Hindley se apoyaron durante años en una imagen concreta: la de una chica normal, casi feliz, corrompida por una fuerza externa. Sin embargo, su infancia estuvo marcada por una relación temprana con la violencia. Su padre, Bob Hindley, exparacaidista, era un hombre duro que enseñó a su hija a defenderse con los puños. En sus propios relatos autobiográficos, ella recordaría episodios de castigo físico y una voluntad de no llorar que más tarde sería leída como parte de una personalidad endurecida.
Pese a ese historial familiar, muchos vecinos la veían como una buena chica católica, trabajadora y atenta con su madre. La muerte por ahogamiento de su amigo de la infancia, Michael Higgins, en 1957, la afectó profundamente y reforzó durante un tiempo su vínculo con la religión. Esa fachada de normalidad permaneció casi intacta hasta 1961, cuando empezó a trabajar en Millwards Merchandising y conoció a Ian Brady.
La relación entre Brady y Hindley suele citarse como uno de los grandes casos de pareja criminal en la historia británica. Brady, cuatro años mayor y con antecedentes, ejerció sobre ella una fascinación inmediata. Hindley se describió a sí misma como completamente obsesionada por él, hasta el punto de escribir en su diario sobre un deseo que Brady ignoró durante casi un año.
Cuando por fin comenzaron a salir, Brady la introdujo en un mundo de literatura nazi, lecturas del marqués de Sade y referencias a Crimen y castigo, de Dostoievski. También la empujó hacia una visión nihilista y violenta del mundo. Hindley diría más tarde que su influencia era tan grande que le habría creído casi cualquier cosa. Bajo ese dominio, la joven que sus vecinos recordaban como discreta cambió de aspecto, se decoloró el pelo, empezó a frecuentar un club de tiro, compró armas y aprendió a conducir con la idea de participar en posibles atracos.

Entre julio de 1963 y octubre de 1965, la pareja secuestró y asesinó a cinco niños y adolescentes: Pauline Reade, de 16 años; John Kilbride, de 12; Keith Bennett, de 12; Lesley Ann Downey, de 10; y Edward Evans, de 17. Su método se apoyaba a menudo en la apariencia corriente de Hindley, que podía acercarse a las víctimas sin despertar la misma alarma que un hombre adulto. Esa normalidad aparente sería, con el tiempo, una de las claves más inquietantes del caso.
El páramo de Saddleworth Moor acabó ocupando un lugar central en la memoria de los crímenes. Cubierto de niebla, áspero y desolado, se convirtió en el escenario donde Brady y Hindley enterraron a varias de sus víctimas en fosas poco profundas. La pareja llegó a fotografiarse en la zona y aquellas imágenes terminaron siendo una pieza esencial para orientar las búsquedas. En dos maletas guardadas por Brady en la estación de tren de Manchester Central aparecieron materiales que ayudaron a localizar restos de algunas víctimas.
La prueba más devastadora fue una cinta de audio de Lesley Ann Downey. Reproducida durante el juicio de 1966, la grabación recogía los gritos y súplicas de la niña de diez años mientras Hindley le ordenaba que dejara de llorar. La escena marcó para siempre la percepción pública del caso. Cualquier posibilidad de ver a Hindley como una figura secundaria o pasiva quedaba destruida por aquella voz grabada.
Condenada a cadena perpetua, Hindley inició una larga campaña para recuperar la libertad. En los años setenta rompió el contacto con Brady y recuperó públicamente su fe católica. En prisión estudió, hizo cerámica y trató de proyectar la imagen de una mujer reformada. Con el apoyo de Lord Longford, político y activista católico, buscó presentarse como una persona arrepentida, dominada en su juventud por la voluntad de Brady.
Pero esa versión chocaba una y otra vez con su propio historial de mentiras. Durante veinte años negó su participación en las muertes de Pauline Reade y Keith Bennett. Solo confesó en 1987, después de que Brady volviera a hablar de aquellos asesinatos. Para muchos, incluido el jefe de policía Peter Topping, aquella confesión llegó demasiado tarde y demasiado cerca de sus aspiraciones de libertad condicional.

En sus escritos, Hindley intentó construir un relato de redención. En una extensa carta publicada por The Guardian en 1995, defendía que no era una psicópata y que había sucumbido a una corrupción externa. Sostenía que la prensa había fabricado un monstruo con su imagen y que la había convertido en chivo expiatorio nacional. Pero el país no estaba dispuesto a separar su figura de los niños asesinados ni de la fotografía policial que la había congelado para siempre en la imaginación colectiva.
Hindley murió en 2002, a los sesenta años, por un fallo respiratorio, todavía en prisión. Su muerte fue recibida con alivio por muchas familias de las víctimas, que habían pedido durante décadas que nunca saliera en libertad. Aun así, el caso sigue abierto en un sentido doloroso: el cuerpo de Keith Bennett nunca ha sido encontrado, pese a las búsquedas realizadas durante más de sesenta años.
La fascinación por Hindley continúa. En 2025, el documental de la BBC The Moors Murders: A Search for Justice volvió sobre el caso a partir de documentos y grabaciones descubiertos recientemente. La serie planteaba la posibilidad de que ese material pudiera aportar nuevas pistas sobre el paradero de Keith Bennett, aunque la Policía de Greater Manchester advirtió entonces que revisaría la información para determinar su relevancia real.
En última instancia, Myra Hindley sigue ocupando un lugar tan perturbador en la cultura británica porque rompió una de las normas de género más arraigadas del siglo XX. Para el público, no fue solo una asesina. Fue una mujer joven, aparentemente corriente, que participó en el asesinato de niños y que traicionó de forma insoportable la idea sentimental de la feminidad protectora.
De ahí la potencia de su imagen. El pelo rubio, la mirada fija, el rostro endurecido de la fotografía policial funcionaron casi como una máscara mitológica. Hindley quedó convertida en una especie de Medusa moderna: una figura a la que el país no podía dejar de mirar, aunque mirarla significara volver una y otra vez al horror. Su relato posterior nunca consiguió imponerse al peso de los hechos. Ya fuera una mujer verdaderamente arrepentida, una superviviente de la influencia de Brady o una manipuladora empeñada en salvarse, su nombre quedó unido para siempre al páramo, a sus fantasmas y a los niños que nunca volvieron a casa.

