Testimonios

La vida después de Adamuz: dos supervivientes reconstruyen el accidente

Lola y Erik relatan minuto a minuto qué ocurrió antes, durante y después del impacto: el caos, la oscuridad, la espera, la ayuda improvisada y las secuelas físicas y emocionales que aún persisten

El futuro puede dejar de existir en un instante. Un golpe brevísimo, casi imperceptible, como el que hemos descrito tantas veces desde la colisión de los trenes a la altura de Adamuz (Córdoba). Eso y lo que vino después -desorientación, falta de información, atención tardía y sensación de abandono-, volvió a poner en evidencia la misma certeza que asoma después de cada gran desastre: España no está preparada para la catástrofe. En ese vacío entre el impacto y la respuesta, están atrapadas las voces de quienes sobrevivieron.

Dice Lola Beltrán, onubense y una de las supervivientes del tren Alvia que descarriló, que nos pasamos la vida creando el mañana y poniendo en ello toda nuestra dedicación. “Posponemos lo importante, como tener hijos, evadiendo el presente a la espera de un futuro mejor que en un segundo deja de existir. Lo que debía continuar ya no está”. Reflexiona sobre ello mientras reconstruimos esa fatídica tarde del domingo 18 de enero de 2026.

Lola Beltrán, superviviente del tren Alvia, el domingo antes de tomar el tren

Lola había tomado el tren Alvia 2384 que la llevaría de Madrid a Huelva. Empezó el trayecto en el vagón tres y se cambió al cinco para estar con su amiga Rocío. Su amiga Elena prefirió no moverse. El día había sido largo para estas tres jóvenes, igual que para el resto de los opositores de Instituciones Penitenciarias que habían viajado a Madrid el fin de semana para examinarse. “Esa misma mañana habíamos hecho un examen y otro teórico. A las seis de la tarde, cuando cogimos el tren de vuelta, iba aliviada después de dos años de estudio intenso”, explica esta joven que trabaja con niños con necesidades educativas especiales.

Unos cuerpos caían sobre otros”

Consciente del mal funcionamiento de los trenes, le advirtió a su padre que no se acercase a la estación a buscarla hasta que no le diera el aviso una vez que estuviese cerca. En lugar del aviso, la llamada que recibió su hermano, algo antes de las ocho de la tarde, fue otra. “El impacto fue brutal. Estaba sentada en el tercer asiento del final y el frenazo me llevó disparada hacia el extremo del vagón. Mientras, volaban los asientos, equipajes y cuerpos que caían unos sobre otros. Fue un momento caótico, de oscuridad absoluta y muchos gritos. Me levanté y enseguida pude recuperar mis cosas. Sobre todo, mi móvil para llamar al 112 y a mi hermano. La gente rompía ventanas para salir de allí. Tanto mi amiga Rocío como yo pudimos salir de allí”.

Una vez en las vías, Lola recuerda el frío intenso, la oscuridad y la desesperación de la gente. “Con las luces de los móviles, pudimos ver que había víctimas mortales y muchos heridos. A lo lejos, unas luces azules del otro tren, pero desconocíamos lo ocurrido. Mi hermano me llamó cada 15 minutos y me fue informando de lo sucedido. Por él supe que mi vagón era una excepción en la tragedia. A pesar de las contusiones, no podía pensar en mi dolor. Intentamos llegar hasta Elena, pero fue imposible. Más tarde, supimos que estaba en el Hospital de Córdoba, donde sigue hospitalizada, pero a salvo”.

En las vías y sin saber hacia dónde ir, les indicaron que caminasen siguiendo al resto. “Cuando llegamos hasta el tren Iryo, los supervivientes desconocían la existencia de dos trenes. Desde allí, seguimos andando hasta un autobús que nos llevó hasta el polideportivo de Adamuz. Habían pasado tres horas desde el descarrilamiento. Un médico me hizo un reconocimiento rápido, pero nada más. Casi una semana después, sigo con mareos, vómitos y dolores cervicales. El brazo izquierdo se me duerme. Fue toda la atención que recibí. Nadie me ha llamado para preocuparse, solo Renfe para preguntar si necesitaba asistencia psicológica”.

En la madrugada del domingo, se reencontró con su hermano. Después de pasar la noche en un hotel de Córdoba, emprendieron el regreso en coche para reunirse con su padre. Hoy Lola celebra que está viva, pero echa en falta muchas cosas: empatía por parte de las autoridades, organización por parte de los Gobiernos, medios suficientes para la Guardia Civil, ambulancias aptas para estos terrenos y una respuesta ágil que podría haber salvado algunas vidas. “Me consta que podría haber sido así”, asegura sin querer entrar en detalles. Le queda también una certeza: “España no está preparada. Cuando hay catástrofe, siempre llega tarde. Es algo que ya habían constatado los supervivientes de otras tragedias, como la del 11-M”. Admite que es muy joven y algún tendrá que volver a coger el tren, pero por ahora prefiere esperar. “No confío en las infraestructuras”.

Erik: “Los segundos se hicieron una eternidad”

Esta misma inquietud le ha quedado a Erik, pasajero del vagón 5 del Iryo. “Acababa de sentarme después de ir a por un refresco. Primero sentí dos o tres ráfagas seguidas de baches y sonidos metálicos que procedían del suelo. De repente, un golpe seco y silencio absoluto. Esperábamos que lo siguiente sería un choque, pero lo que hubo tambaleo. Los segundos se hicieron una eternidad”.

Erik, en Marbella antes de tomar el tren

Erik iba solo. Regresaba a Madrid después de haber pasado el fin de semana con su novia, que trabaja en Marbella. El frenazo le cambió de asiento e hizo que cayeran los equipajes. Después de ese silencio, comenzaron los nervios y los gritos. “Los chillidos desde el vagón contiguo eran desgarradores. Olía a caucho quemado. El operario intentó que guardásemos la calma, pero aún desconocíamos la magnitud del accidente. Evacuamos como pudimos los vagones. Una vez en las vías, vi los dos vagones volcados, gente corriendo de un lado a otro, otros saltando por las ventanas”.

Una videollamada en curso que ahora le tortura

Sin pensarlo, ayudó en lo que pudo. Una media hora después, llegaron los servicios de emergencia. “Un bombero me lanzó desde el vagón ocho un móvil ensangrentado con una videollamada en curso de un señor que hablaba con una mujer en el momento del impacto. Traté en vano de localizar a su propietaria. Finalmente, tuve que devolver a un agente de la Guardia Civil el teléfono para continuar con las tareas de rescate”.

Cuatro horas después, en el polideportivo de Adamuz, a Erik le sobrevino el dolor. En las piernas, las cervicales, la espalda… “Me inyectaron una medicación para calmarlo y, a partir de ahí, el siguiente recuerdo fue el interior de una ambulancia hacia el hospital de Andújar. Enseguida me dieron el alta, pero sin ningún tipo de apoyo para regresar a Madrid. En medio de la madrugada, me vi solo, con dolor y haciendo mil gestiones para poder tomar un taxi u otro transporte. Después de varias llamadas, conseguí que me fuese a buscar un taxi”.

Sigue con dolor y tiene que usar un collarín, pero la peor carga es la emocional. “Las imágenes de personas fallecidas y otras con los pies seccionados y los gritos de desgarro aparecen de forma involuntaria y recurrente. No puedo evitar revivir esos momentos. Me desgarra especialmente el recuerdo de ese hombre que desde su móvil pedía desesperado la búsqueda de su mujer. No pude hacer nada por él. Consiguió apuntar en un papel un nombre que podría ser Anani Massiah. Su mayor deseo en este momento sería poder saber de ellos.

Su testimonio concluye como el de Lola, “agradecido a Dios y a la vida por esta oportunidad de seguir vivo. Lo más valioso está en la simpleza, la gratitud, la alegría…” Su tono se vuelve crítico al pensar en la responsabilidad. “El accidente delata la situación que tenemos en el país. No podemos confiar en las infraestructuras y esta tragedia es la evidencia. La vida queda a merced de la improvisación. Están jugando con vidas humanas”.

 

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