Hubo un tiempo en el que la alta velocidad ferroviaria española era motivo de envidia y admiración internacional. En 2009, en plena redefinición del modelo energético y de transporte de Estados Unidos, Barack Obama citó nuestra red como ejemplo de éxito: un sistema limpio, eficiente, capaz de reducir la dependencia del petróleo y de aliviar la congestión crónica de las autopistas norteamericanas. “España se había convertido en un referente global. Era nuestra joya de la Corona”, avanza Natalia Sara Mendinueta, consultora de comunicación estratégica y reputación y directora de la consultora Señor Lobo & Friends.
Con casi 4.000 kilómetros de vías, nuestro país cuenta hoy con la red de alta velocidad más extensa de Europa y la segunda del mundo, solo por detrás de China, un territorio siete veces mayor. Trenes de estética futurista atravesando la Península a velocidades de hasta 300 kilómetros por hora consolidaron durante años al AVE como uno de los grandes emblemas de una España moderna, conectada y tecnológicamente avanzada.
Como subraya Marc Morillas, CEO de la consulta de marca y reputación Morillas, este liderazgo permitió a España proyectarse más allá de su imagen tradicional: “No sólo como un destino turístico, sino como un actor industrial y tecnológico capaz de diseñar, construir y operar infraestructuras complejas, exportando conocimiento y soluciones de movilidad a otros mercados. De ahí que hayamos podido exportar nuestro modelo a otros países del mundo”.
Adamuz, el golpe que rompe la imagen
Hasta el domingo 18 de enero de 2026, el prestigio internacional era indiscutible. “El accidente de Adamuz (Córdoba), supone un antes y un después. La colisión y posterior descarrilamiento, con 43 víctimas mortales, junto a otro siniestro casi simultáneo cerca de Gelida (Barcelona), han asestado un golpe severo a la reputación del AVE y, por extensión, a la marca España”, confirma Mendinueta.

“Cualquier incidencia en una infraestructura crítica tiene un potencial impacto directo sobre la marca país, especialmente cuando afecta a ámbitos estratégicos desde un punto de vista de un Estado, cómo lo son la defensa, la movilidad, etc. Las marcas, incluidas las marcas país, no se construyen únicamente sobre realidades objetivas, sino sobre percepciones acumuladas a lo largo del tiempo, fruto de experiencias, expectativas y emociones. Y esa percepción, que tarda años en consolidarse, puede verse erosionada de forma súbita si se pone en cuestión uno de sus pilares fundamentales en los que el país ha venido invirtiendo como elemento diferencial”, explica Morillas.
Tolerancia cero al error
No es, según dice, que el accidente invalide décadas de trayectoria, sino que introduce una duda en un espacio donde la tolerancia al error es mínima y la exigencia de fiabilidad es máxima. “Afecta a la credibilidad de un modelo que ha servido para reforzar la imagen de España como país avanzado en ingeniería, seguridad y gestión de sistemas complejos”.
El Gobierno subrayó la rareza de un fallo en una vía renovada, recta y preparada para circular a 200 km/h. “Pero no ha podido evitar que las dudas se concentren sobre el mantenimiento y la gestión de Adif, que aparece como principal foco de atención mientras la investigación avanza”, analiza la directora de Señor Lobo& Friends. Las condolencias de líderes internacionales como Macron, Costa o Meloni llegaron de inmediato. El siguiente paso, la preocupación por la seguridad, fue inevitable.

Uno de los elementos más llamativos del caso ha sido la postura de Renfe. En una fase temprana de la investigación, la compañía descartó explícitamente el fallo humano, algo poco habitual en accidentes de esta magnitud. “El fallo humano está prácticamente descartado. Si el maquinista toma una decisión errónea, el propio sistema la corrige”, aseguró en RNE el presidente de Renfe, Álvaro Fernández Heredia.
“Esta afirmación -indica Mendinueta- desplaza el foco hacia el plano técnico: la infraestructura, el estado de las ruedas, la interacción entre subsistemas. Y aumenta la presión sobre quienes gestionan y mantienen la red”.
Contratos, prestigio y marca España
Morilla insiste también en ello: “En el terreno de la marca país aparece además un componente moral inevitable. La credibilidad internacional no se mide solo por los éxitos acumulados, sino por la forma en que se afrontan las crisis. Un país que aspira a ser percibido como proveedor de soluciones estratégicas en industria y tecnología debe demostrar no solo capacidad técnica, sino también transparencia, rigor y aprendizaje cuando se producen fallos. La gestión de la investigación, la comunicación pública y las medidas correctoras tienen, en este sentido, un impacto reputacional tan importante como el propio accidente. Y este último punto me preocupa especialmente”.
Más allá del impacto interno, España se juega su reputación como exportador de tecnología ferroviaria. Contratos internacionales, como los de Arabia Saudí, dependen en gran medida de la percepción de fiabilidad y expertise.
“Cuando una tragedia tiene eco mediático fuera de nuestras fronteras, puede instalarse la idea de que España ya no garantiza los estándares de seguridad que se esperan de una infraestructura puntera”, observa Mendinueta. “La gestión de la investigación y, sobre todo, la comunicación serán decisivas. No tanto por lo que ocurrió, ya que eso llevará su tiempo, sino por cómo se explique, se asuman responsabilidades y se corrijan los fallos. De momento, la primera señal de esta herida reputacional la hemos visto en Fitur. Iryo y Renfe han tenido que suspender su agenda”.
El golpe no es solo técnico o político. “Hay un impacto emocional inmediato. Aumenta la ansiedad, los pensamientos recurrentes de riesgo y conductas evitativas entre usuarios habituales”, señala la consultora. Aunque el tren sigue siendo estadísticamente mucho más seguro que el coche o el avión -las muertes en carretera por kilómetro recorrido son cinco veces superiores-, el accidente rompe la percepción de invulnerabilidad del AVE.
En este clima, considera que la difusión de bulos y mensajes alarmistas en redes sociales no hace sino agravar la desconfianza. “Viajar en España ya no es seguro”, afirmó Ana Millán, portavoz de Vox en el Congreso. La frase resume cómo el debate técnico se transforma rápidamente en munición política.
El precedente de Angrois y la diferencia clave
El accidente de Santiago de Compostela en 2013, con 80 víctimas mortales, ofrece una referencia inevitable. El impacto reputacional fue enorme, pero a medio plazo se contuvo. ¿Por qué? Porque la investigación fue visible y judicializada. Además, no se repitieron accidentes similares. Pasó de fallo sistémico a tragedia grave pero aislada. Adamuz es distinto. Ocurre en alta velocidad, uno de los pilares simbólicos de la marca España. Aunque llega con la memoria de Angrois aún presente, se produce en un contexto mediático mucho más agresivo y polarizado. Cualquier contradicción institucional se amplifica al instante.
La crisis ferroviaria no llega sola. Se suma a la gestión de la dana valenciana, a los incendios, al apagón eléctrico. “Para la reputación internacional, los hechos no se evalúan de manera aislada, sino en serie. No suman los incidentes, sino ese relato que se va construyendo”, dice Mendinueta. Cuando distintas crisis muestran patrones similares, como descoordinación, mensajes contradictorios o comunicación defensiva, se fija una imagen de gestión frágil.
“La reputación no se juega en el accidente, sino en la respuesta. La marca España no se daña por Adamuz, sino por cómo se gestiona el dolor. La empatía con las víctimas, transparencia real, rigor técnico y una comunicación rápida pesan más que cualquier intento de proteger la imagen a corto plazo”, añade.

“Un ferrocarril de alta velocidad soporta muy mal la incertidumbre. Y un país que ha hecho de sus infraestructuras una carta de presentación internacional, también”, concluye la experta. También Morillas cierra su reflexión incidiendo en ese daño reputacional: “No es automático ni irreversible, pero la respuesta debe estar a la altura del posicionamiento que el país ha construido. Porque en una marca país, la confianza no se proclama: se demuestra, sobre todo, cuando se pone a prueba”.


