La inteligencia artificial empieza a ocupar puestos donde antes se iniciaban carreras laborales. Sin puestos para principiantes, tampoco habrá futuros expertos.
Cada semana me sorprende la cantidad de amigos y conocidos que utilizan la inteligencia artificial a diario. Con anteriores avances tecnológicos, ya fuera por la complejidad de las plataformas o por la escasa alfabetización digital de gran parte de la población, las novedades tardaban más en adoptarse. En este caso, la IA avanza más rápido que nunca. Su adopción se extiende a tantas facetas de nuestra vida que sus efectos son ya visibles en la mayor parte de las organizaciones.
Esta nueva tecnología empieza a realizar muchas de las tareas que antes confiábamos a becarios y jóvenes recién graduados. Se habla mucho del terremoto laboral que se nos viene encima, de los puestos que podrían desaparecer por la llegada de la IA, pero poco se reflexiona sobre cómo está cambiando la casilla de salida que afectará a las generaciones venideras. Si los empleos más sencillos y las tareas más rutinarias que requerían poca experiencia e iban moldeando a los futuros profesionales desaparecen, ¿dónde se formarán los expertos de mañana?
¿Acabará la inteligencia artificial con el derecho a ser principiante?
Muchos hemos perseguido alguna vez ese sueño de juventud: conseguir esa primera oportunidad, ese primer trabajo, en la empresa donde trabajaba algún familiar o conocido, aunque fuera una sustitución veraniega o un puesto de becario, por precario que fuera.
Eran trabajos poco glamurosos como colocar cajas en almacenes, plegar cartones, repartir el correo, actualizar direcciones en la base de datos o reponer la tinta a una impresora. Se trataba de tareas repetitivas, necesarias para el funcionamiento de la organización, aunque no parecieran esenciales. Los sueldos tampoco acompañaban, pero aquellos trabajos constituían una gran experiencia para aprender por primera vez a administrar algo de dinero y ganar cierta autonomía. También permitían comprender cómo se progresaba en función de los logros, los años de experiencia o los galones acumulados.
Hoy muchas de esas tareas han ido desapareciendo. Unas las realizan ya los robots; otras las resuelven la inteligencia artificial y sus agentes. Cada vez más empresas empiezan a plantearse la pregunta: ¿para qué contratar a alguien sin experiencia y, por tanto, más expuesto a cometer errores si las máquinas pueden asumir buena parte de esas tareas con rapidez y menos margen de error?
Se busca júnior con diez años de experiencia
Una tendencia que se ha acentuado desde la pandemia es la creciente exigencia de experiencia por parte de las empresas. Sin embargo, los sueldos no han seguido la misma senda. Otro problema añadido es encontrar el primer empleo. Nunca fue sencillo, pero el listón está subiendo de manera acelerada. Las compañías buscan perfiles jóvenes, digitales, flexibles y baratos, aunque también sobradamente preparados, autónomos, creativos y, a ser posible, ya curtidos en todo tipo de batallas profesionales.
El Barómetro Global de Empleo en IA de PwC, que incluye un análisis específico del mercado laboral estadounidense, detectó que los puestos más expuestos a la IA exigen, con mayor frecuencia, capacidades tradicionalmente asociadas a perfiles sénior, como el liderazgo, el pensamiento estratégico, el juicio profesional y las habilidades interpersonales. Es decir, se buscan perfiles júniors que vengan aprendidos de casa. Todo apunta a que deberán, además de completar sus estudios, demostrar iniciativa, tener sus propios proyectos y llegar con experiencia previa.

Detrás de esa primera oportunidad que no llega crecerá también la preocupación de miles de familias que han invertido años, esfuerzo y recursos en formar a unos hijos cada vez más preparados, pero con menos puertas de entrada al mercado laboral.
Las máquinas se quedan con las tareas más fáciles
Como profesor, veo cada curso cómo la inteligencia artificial ha entrado en las aulas con una velocidad que los planes de estudio y las instituciones apenas pueden seguir. En un artículo anterior “Profe, ¿puedo usar ChatGPT?”, ya planteaba que el reto no consistía simplemente en prohibir su uso, sino en enseñar a los alumnos a utilizarla sin renunciar al pensamiento propio. Pero fuera del aula aparece una situación inédita. Los jóvenes conviven con una herramienta, dependen de ella y contribuyen a mejorarla, mientras crece el temor de que termine disputándoles ese primer puesto.
La IA redacta informes, resume documentación, traduce textos, genera borradores de contratos y organiza reuniones. Libera a los trabajadores experimentados de tareas mecánicas, lo que puede mejorar la productividad y ahorrar tiempo. Sin embargo, para un principiante, aquellas tareas eran también su primer gimnasio mental y profesional.
Y resulta paradójico que, mientras entrenamos a robots para ejecutar cada vez mejor los trabajos rutinarios, dejemos de formar a los jóvenes que algún día deberían supervisarlos, corregirlos y tomar decisiones que las máquinas no deberían adelantarse en asumir.
Nadie aprende a detectar un reporting mal redactado sin haber escrito antes unos cuantos informes mejorables. Nadie adquiere criterio sin equivocarse, enfrentarse al error y escuchar durante horas debatir a los mayores. Automatizar lo sencillo puede parecer coherente y eficiente, pero también puede dejar a toda una generación sin trampolín, sin oportunidades y sin un camino claro hacia el futuro.
Una escalera profesional sin primer peldaño
Se plantea un escenario muy extraño. Las empresas que hasta ahora recogían el testigo de escuelas y universidades y se encargaban de la formación de los futuros profesionales podrían desprenderse de golpe de esa responsabilidad y de sus costes.
Pero, al renunciar a esa función formativa, las empresas también podrían estar retirando el suelo bajo sus propios pies. Mermarían la preparación de sus futuros profesionales y aumentarían su dependencia de las máquinas.
Amancio Ortega, uno de los empresarios más exitosos de la historia, empezó trabajando como dependiente en una camisería de A Coruña, mucho antes de levantar el imperio de Inditex. Nadie le encargó crear Zara en su primer día de trabajo. Pasó años detrás de un mostrador y entre costuras para aprender el oficio desde abajo, observar cómo se confeccionaban las prendas y entender cómo se comportaba la clientela. ¿Volverán a aparecer otras trayectorias como la suya si buena parte de los dependientes son sustituidos por una serie de automatismos de atención y cobro? Es una pregunta que me gustaría plantear al empresario gallego para conocer su visión al respecto.
En “RentAHuman.ai: ¿Y si algún día tu jefe fuese una máquina?” traté también de imaginar un futuro en el que los algoritmos podrían contratar a personas para aquellas tareas que aún necesitan unas manos humanas.
Ahora aparece una alternativa menos cinematográfica, pero tan preocupante como cercana. Las máquinas no solo sustituirían a algunos trabajadores, sino que eliminarían los puestos desde los que aprendían a convertirse en profesionales. Desaparecería así ese primer peldaño que pisaron nuestros padres, nuestros abuelos y tantas generaciones anteriores. Resulta difícil imaginar a millones de jóvenes sin una primera oportunidad y sin saber por dónde empezar.
El perjuicio no afectará probablemente a todos por igual. Quienes tengan contactos tendrán más posibilidades de acceder a los puestos existentes. Los más espabilados montarán sus propios proyectos desde sus casas y garajes. Pero muchos podrían no encontrar la vía para iniciar su carrera profesional.
¿Quién formará a los expertos del futuro?
En “Informe Citrini: la IA que podría jubilar el orden económico mundial” recordaba que uno de los peligros de la inteligencia artificial no reside únicamente en que destruya empleo, sino en que amplíe la distancia entre quienes controlan la tecnología y quienes solo pueden ofrecer su capacidad de trabajo.
A esa brecha económica podría sumarse otra menos visible. La brecha que separaría a quienes pueden permitirse aprender gracias al respaldo económico de sus familias de quienes necesitan ser productivos desde el primer día.
Las empresas suelen buscar la eficiencia, pero deberían reflexionar también sobre su responsabilidad generacional, cultural y social. Ningún profesional llegó al mundo laboral convertido ya en sénior. Todos necesitaron más de un hervor antes de destacar en la empresa.
También habrá que revisar los contenidos ofrecidos en las escuelas y universidades. Adaptar los que enseñamos y dejar atrás aquello que ya no responde a las nuevas necesidades. Debería ser una prioridad para nuestros gobernantes.
La inteligencia artificial nos facilita cada día más tareas, pero todavía no alcanzamos a comprender todas sus paradojas. Mientras enseñamos a las máquinas a trabajar, estamos dejando a los jóvenes sin un lugar donde empezar.

