Las revoluciones tecnológicas siempre han llegado con buenos propósitos y promesas. Trabajaríamos menos, produciríamos más, disfrutaríamos del Estado del bienestar. Pero el informe The 2028 Global Intelligence Crisis, publicado por Citrini Research, plantea un escenario futuro muy delicado. ¿Y si esta vez el problema no fuera que la inteligencia artificial fracasara, sino que funcionase tan bien que lo cambiara todo?
Esta hipótesis no es una profecía, sino un escenario tan plausible como válido. Sus autores imaginan una economía donde la IA aumenta la productividad y dispara los márgenes empresariales, pero también destruye empleos, salarios y por tanto el propio consumo. En pocas palabras, la sociedad con más inteligencia disponible de la historia, pero con menos personas cobrando lo suficiente para llegar a final de mes y pagar la hipoteca.
No es casual que este informe llegue mientras Elon Musk mantiene una batalla judicial contra OpenAI y Sam Altman por la evolución de la compañía desde su origen sin ánimo de lucro hacia una estructura mucho más orientada al negocio. En el fondo, esta disputa no habla solo de una empresa, sino de quién controlará la inteligencia artificial cuando se convierta en uno de los pilares centrales de cualquier actividad económica y social del planeta.
Cuando el PIB se vuelve fantasma
Una de las ideas más potentes del informe es la del Ghost GDP, que podría traducirse como PIB fantasma. Una economía puede producir más y ofrecer mejores resultados sin que ese crecimiento llegue a todos los hogares. Es muy fácil de entender. Una empresa puede mejorar su productividad en el departamento de administración reemplazando parte de su plantilla por sistemas de IA. Puede producir lo mismo o incluso más, sus costes bajar por la reducción de mano de obra y su rentabilidad y sus beneficios subir. Si la empresa cotiza en bolsa, sus acciones subirán también, pero sus empleados no verán los frutos de esa mejora. Los despedidos de sus puestos tendrán problemas para encontrar un nuevo trabajo en un sector administrativo especialmente expuesto a estos avances, y los trabajadores que se queden sufrirán más presión salarial y tendrán aún más complicaciones para pagar salir a cenar o cambiar de coche.

Las máquinas producen las veinticuatro horas, pero ellas no consumen bienes. Los ordenadores y servidores en la nube no necesitan vestir a la última o estrenar bolsos o zapatillas, ni celebran San Valentín en restaurantes de copetín. Cierto es que, durante un tiempo, los mercados económicos podrían confundir eficiencia con prosperidad, pero una economía no vive solamente de producir, también necesita que alguien pueda comprar.
Cuando lo barato sale caro
El informe Citrini está escrito desde una fecha futura, como si la IA ya estuviera plenamente instaurada. Describe una dinámica tan imparable como inquietante y devastadora. Al principio, las empresas adoptan la IA para ahorrar costes, reducen sus plantillas, automatizan sus procesos y mantienen la producción. Desde el punto de vista de una empresa, todo parece lógico.
Los problemas aparecen luego cuando todas hacen lo mismo a la vez. Las cuentas de resultados mejoran, pero en la calle, el consumo se debilita. En Estados Unidos, por ejemplo, los llamados “cuellos blancos” o trabajadores de oficina tradicionalmente buenos pagadores y consumidores de todo tipo de bienes, ven caer drásticamente su poder adquisitivo.
Si esa clase media, tan importante en términos de consumo, compra menos, las empresas en su conjunto venden menos. Tienen que buscar aún más eficiencia, recurrir aún más a la IA y más personas acaban en el paro. Es un tipo de paradoja extrema en el que la empresa que no automatiza sus procesos podría quedarse atrás. Sin embargo, la empresa que lo automatiza todo contribuye a lastrar aún más un mercado.
Se acabó rentabilizar la pereza
Otro punto que aborda el informe es el impacto de los agentes de IA en los negocios basados en la intermediación. Estos últimos años muchas apps se han convertido en nuestras mejores amigas al gestionar nuestra pereza, nuestro cansancio y también nuestra impaciencia.
¿Cuántos de nosotros seguimos con el mismo seguro, aunque nos suban la cuota? No revisamos si usamos las suscripciones que pagamos religiosamente cada mes. Nos cuelan servicios en algunas facturas y no nos damos ni cuenta. A la hora de desplazarnos o viajar, cogemos nuestra web de referencia, consultamos precios y contratamos lo que nos parece más adecuado. Acabamos eligiendo lo que nos recomienda una plataforma donde millones de personas compiten por el mismo vuelo. La economía digital ha construido fortunas sobre esa mezcla de inercia, comodidad y aparente falta de tiempo.

Pero los agentes de IA que están por llegar lo cambiarán todo. Serán una versión avanzada de Siri o Alexa. Les pediremos que preparen nuestras vacaciones de verano, busquen las mejores opciones de vuelo y estén atentos a promociones y descuentos. Podrán vigilar día y noche, incansablemente. Les daremos autorización para revisar nuestros contratos y condiciones, cancelar servicios y optimizar nuestras compras y decisiones.
La clase media intelectual bajo presión
Hasta ahora, muchas conversaciones sobre el impacto de la inteligencia artificial se centraban en la robotización de almacenes y trabajos repetitivos. Sin embargo, la IA impactará sobre todos, sin piedad. Apuntará a los llamados cuellos blancos, desde programadores y consultores hasta creativos, diseñadores, redactores, analistas, abogados, administrativos, financieros y mandos intermedios.
En nuestro país, esa inquietud ya empieza a aterrizar en cifras concretas. Un informe reciente de Funcas calcula que la IA podría destruir entre 1,7 y 2,3 millones de empleos en la próxima década, aunque también prevé la creación de alrededor de 1,6 millones de nuevas ocupaciones vinculadas a esa tecnología. Aun así, el saldo neto podría ser negativo, con cientos de miles de empleos menos, y no está claro que los nuevos puestos vayan a ser accesibles para quienes pierdan los anteriores.
No estamos, por tanto, ante una fantasía lejana de gurús de Silicon Valley, sino ante una señal de alerta muy seria. No significa que todos esos puestos de trabajo vayan a desaparecer. Pero todo apunta a que la mayoría de las empresas irán reduciendo sus plantillas.
Las piezas encajan hasta que algunas acaban sobrando
Alertar de estos riesgos no significa estar en contra de los avances tecnológicos. La IA ya ayuda a diagnosticar enfermedades y podría acelerar la búsqueda de curas para enfermedades tan crueles como el cáncer o el Alzheimer. También se augura una reducción de la burocracia, procesos administrativos más ágiles y mejoras en la educación, entre otras cosas. Pero el problema aparece cuando alguna pieza del puzle ya sobra.

En las anteriores revoluciones industriales, el traslado de la fuerza laboral fue más lento. Los trabajadores tuvieron décadas para ir dejando el campo y trasladarse a las fábricas. Luego llegó la ofimática y millones tuvieron que empezar a llevar corbatas en oficinas. Fue un movimiento gradual y relativamente previsible. Dejó un tiempo prudente a cada generación para reconvertirse o, permitió que la propia pirámide de edad hiciera el ajuste mientras los jóvenes se adaptasen poco a poco a los sectores en auge. Hoy, en cambio, la ola que viene es más parecida a un tsunami que no se detiene. Pocos serán los que puedan adaptarse a tiempo. Por otro lado, las máquinas eliminarán tareas que quizá nunca vuelvan a ser realizadas por humanos.
El problema aquí es el reparto de los beneficios de esos avances. Si la productividad crece, pero los frutos se concentran en quienes poseen los modelos, los datos, los chips y la infraestructura, la sociedad se encontrará ante una paradoja. Seremos más productivos que nunca, pero sin un duro en la cuenta. Figuras como Sam Altman o Elon Musk han planteado escenarios de renta universal en un futuro de abundancia tecnológica. Sam Altman, por su parte, ha impulsado experimentos relacionados con la renta básica. Un nuevo paradigma que aún muchos ven de difícil encaje. ¿Cómo vivirían millones de personas si cada mañana se despertaran sin un trabajo, sin un propósito claro?
Algunos economistas como Daron Acemoglu piden rebajar tanto el entusiasmo por la IA como el pánico que provoca. Quizá la IA no destruya empleo tan rápidamente como se teme, pero sí puede ensanchar aún más la brecha entre los que poseen el capital tecnológico y quienes solo disponen de su tiempo y de su capacidad de trabajo.
La IA puede ayudarnos a producir más y mejor que nunca, pero si millones de familias pierden ingresos por el camino, esa abundancia no será progreso, sino una nueva fuente de riqueza repartida entre muy pocos.
