La tragedia ferroviaria de Adamuz dejó un paisaje de vías, frío y desconcierto en el corazón de la sierra cordobesa, pero también abrió una escena difícil de olvidar: la de un pueblo movilizado de forma casi instintiva. La noche del 18 de enero, mientras los equipos de emergencia se desplegaban en el lugar del siniestro, Adamuz comenzó a convertirse —sin haberlo elegido— en un punto clave de acogida. Las noticias llegaban fragmentadas y los datos eran todavía confusos, pero la reacción colectiva fue inmediata: mantas, colchones, sillas, agua, comida… y una red humana dispuesta a sostener, aunque fuera con gestos mínimos, a quienes acababan de atravesar una experiencia límite.
En ese dispositivo espontáneo, la parroquia tuvo un papel central. Don Rafael Prados, párroco del municipio, abrió las puertas del templo, puso estufas, preparó bancos y se trasladó después al centro logístico, donde se organizaría la atención a los pasajeros. Una semana después, su relato mezcla lo operativo y lo emocional: la urgencia de atender lo básico, la presencia del miedo en los rostros y la certeza —repetida una y otra vez— de que, en noches así, el acompañamiento empieza siempre por lo más simple: “Sentar a alguien junto a una estufa, darle un vaso de agua y escuchar”.
“Nos enteramos inmediatamente en el pueblo: empezó a cundir por teléfono”
Una semana después, con el pueblo todavía conmocionado, ¿cómo recuerda usted los primeros minutos tras conocerse la noticia del accidente ferroviario? ¿Cuándo y cómo supo que había ocurrido algo grave?
Lo primero que recuerdo es mucha incertidumbre, porque al principio no sabíamos la magnitud real de lo que había ocurrido. En Adamuz nos enteramos prácticamente de inmediato: había vecinos que estaban cerca del lugar del accidente y fueron conscientes, y a través del teléfono empezó a cundir por el pueblo. En mi caso, yo lo supe a las 20:15, por los vecinos. Llegó un hombre a mi casa y me dijo: “Ha descarrilado el tren”. Encendí la televisión y pude ver que había un descarrilamiento y nada más. A partir de ahí, la gente supo que iban a traer aquí a los pasajeros del tren. Y nosotros los acompañamos.

En esas primeras horas, ¿cuál fue su reacción inmediata como párroco, sabiendo que podía haber víctimas, heridos y familias desorientadas que necesitaran ayuda urgente? ¿Qué fue lo primero que hizo usted?
La primera reacción fue abrir la parroquia, colocar los bancos y poner las estufas, porque el accidente había sido en mitad del campo y hacía bastante frío. Lo primero que iban a necesitar era entrar en calor. Yo pensé: hay que abrir la iglesia, prepararlo todo, calentar el templo… que todo esté listo. Una vez que estaba todo preparado, me trasladé con un matrimonio que traía su coche hasta lo que sabíamos que iba a ser el centro logístico, la caseta municipal, donde se han hecho las ruedas de prensa, y que iba a ser el centro donde iban a llegar pasajeros y donde se iba a levantar también un hospital de campaña.
¿Enseguida tuvieron claro que la iglesia iba a ser un punto de referencia?
Sí, lo tuvimos claro. Pero al llegar allí, y ver que traer a los pasajeros hasta la parroquia era difícil porque debían ascender una cuesta larga y no estaban en condiciones, pensé: “Esto es peor”. La parroquia quedaba un poco retirada para ese momento. Entonces el coro romero de la Virgen del Sol tenía una nave al lado; la abrieron, y empezamos a llevarlo todo allí, porque era mucho más práctico para recibir a la gente según fueran llegando.
“Fuimos al almacén de Cáritas: alimentos de consumo inmediato”
¿Cómo se organizó esa acogida en cuestión de minutos? ¿Qué fue lo que se movilizó primero?
Cuando llegamos a la caseta municipal preguntamos en qué más podíamos ayudar. E inmediatamente fuimos al almacén de Cáritas para poder llevar los alimentos que nosotros teníamos allí preparados: alimentos que se pudieran consumir de manera inmediata, y cosas que vimos que podían ser necesarias. La gente empezó a llevar mantas, colchones, agua y comida. Todo se fue llevando a la caseta municipal y, como vimos que la parroquia quedaba un poco retirada, aprovechamos la nave del coro junto a la caseta para llevar las cosas allí y poder atender a los pasajeros cuando llegaran. De Cáritas vinieron cinco o seis personas. Y, además, cuando vi cómo se estaba preparando todo, fuimos al almacén y ya bajamos todo lo que pudimos.

“Había un mosaico de situaciones: trauma, desorientación, heridas”
Cuando empezaron a llegar los pasajeros, ¿con qué escena se encontró usted? ¿Cómo estaba la gente?
Había de todo. Era realmente un mosaico de situaciones. Había desde aquellos que estaban con el trauma de lo que habían vivido, con desorientación de no saber dónde estaban, pero físicamente estaban bien, con su maleta, con su abrigo… parecía casi como si vinieran de una estación de tren; y después otros habían estado en uno de los vagones, con heridas, con el brazo en cabestrillo, sangrando. En ese momento uno está con la tensión en el cuerpo de ver qué se necesita para poder proporcionarlo lo más rápidamente posible. Y gracias a Dios, como la respuesta de la gente fue tan rápida, tan inmediata, estuvimos bastante tiempo esperando hasta que pudieron empezar a llegar los pasajeros. Pero cuando llegaron, era una cantidad tan grande que nos dimos cuenta de que no teníamos suficiente para atenderlos: para que todos se pudieran sentar, para que todos pudieran estar cómodos. Entonces la gente reaccionó y empezó a traer más sillas y más cosas para poder atenderlos a todos.
No había víctimas del pueblo, pero ¿eran personas conocidas?
No, víctimas de Adamuz no ha habido. Pero sí que hay personas que se conocían, que conocían a alguno de los pasajeros. Y eso también pesa mucho, porque de pronto ya no es “algo que ha pasado en las vías”, sino “alguien que puedo tener cerca”, “alguien de mi entorno”.
Usted tuvo contacto directo con pasajeros y, en algunos casos, con familiares. ¿Cómo se gestiona en tiempo real ese dolor, esa incertidumbre, sin ser consciente todavía de lo que se ha vivido exactamente dentro del tren?
En ese momento, quienes estábamos recibiendo a las personas no éramos conscientes de hasta qué punto la gente había vivido un trauma, de las cosas que ellos habían tenido que padecer. Se veían físicamente heridas, sí, o alguna mujer con el brazo en cabestrillo, pero detrás de sus caras uno no alcanzaba a imaginar lo que habían padecido. Yo mismo estuve con esa niña que ha perdido a toda su familia. Le ofrecimos algo de comer, algo de beber, un zumo, un batido… pero no quería nada. Uno intentaba hablar con ella y no levantaba la mirada del suelo. Y nosotros no sabíamos que esa niña había salido del tren dejando allí a toda su familia. Eso te marca para siempre.

Se habla mucho del acompañamiento espiritual en tragedias como esta. ¿Qué significa para usted acompañar, de verdad, en una noche así?
Para mí, en ese momento el acompañamiento es asistir en las necesidades primeras que tienen. Han estado una hora en mitad de la sierra de Córdoba, con el frío que hacía, en unas vías en mitad de un accidente. Entonces lo primero es sentarles al lado de una estufa y darles un vaso de agua y un bocadillo. Cuando la persona se ha calmado, te sientas con esa persona y la dejas hablar. La escuchas. Y a través de ese estar, de mirarle a los ojos, de dejar que se desahogue, que esa persona mire el rostro amoroso de un Padre. No se trata de grandes discursos. Es estar. A veces lo más importante es el silencio al lado.
“Dios estaba ahí: en el corazón y en las manos de la gente”
En situaciones tan extremas, usted como sacerdote también vive tensión, miedo, impotencia… ¿cómo se sostiene la fe y cómo se ayuda a otros a no perderla?
En ese momento de tensión, cuando estás de un sitio a otro buscando en qué puedes ayudar, sin duda todos los que tenemos fe elevábamos de cuando en cuando los ojos al cielo, pidiéndole a Dios su ayuda. Pero luego uno vuelve a bajar la mirada y se da cuenta de cómo la gente va de un lado a otro poniendo su granito de arena allí donde puede, o parándose simplemente a charlar con los pasajeros que están aguardando. Y te das cuenta de que Dios estaba ahí: en el corazón y en las manos de los cristianos de Adamuz.
Sus hermanos sacerdotes que han acompañado a las familias en Córdoba señalan que, en medio de tanto dolor, el Señor se presenta en forma de solidaridad y entrega. ¿Cómo describiría usted la respuesta del pueblo de Adamuz?
Yo la describiría con la parábola del Buen Samaritano. Es realmente lo que yo descubrí en el pueblo de Adamuz. Gracias a Dios, Él ha querido grabar a fuego en el corazón de la gente esa parábola. Sin saber exactamente lo que había pasado, simplemente vieron a personas que necesitaban su ayuda y no se pararon a preguntarse si conviene o si no conviene. Fue intuitivo. Fue instantánea e inmediata la reacción de ayudar en lo que se pudiera, como se pudiera y de la mejor manera posible. Para mí eso es un signo de que Dios estaba realmente presente.

La semana después: obispo, hospital de campaña y apoyo a familiares
Más allá de la primera noche, ¿cómo ha continuado el acompañamiento durante la semana? ¿Qué se ha hecho desde la parroquia y desde la diócesis?
El lunes por la mañana llegó el Obispo de Córdoba al pueblo. Estuvo visitando el Hospital de Campaña, donde habían estado los heridos. Y después subimos al Hogar del Pensionista aguardando noticias sobre los desaparecidos, que aún no se tenían. Cuando el obispo terminó de hablar con ellos, la responsable de la Cruz Roja les avisó de que iban al Anatómico Forense de Córdoba y que iban a habilitar el Centro Cívico de Virgen del Camino, ya en Córdoba. Ahí el obispo pidió a un grupo de sacerdotes que pudieran estar al pie del cañón, para que los familiares pudieran hablar con ellos. Que no se sintieran solos en ese momento.
Este domingo se ha convocado una misa en Adamuz. ¿Qué significado tiene para usted?
El domingo se va a celebrar aquí una misa, a las 11:00 h en Adamuz, por los difuntos del accidente. Va a presidirla el señor obispo. Creo que al final de todo esto la gente se ha quedado con lo que cada uno ha vivido. Es inevitable. Todos esa noche estábamos enfocados en nuestra misión, en lo que veíamos que teníamos que hacer. Cada uno vivió su propia historia. Pero cuando ya ha pasado el tiempo, cuando ya nos hemos juntado y hemos compartido lo que cada uno vivió, te das cuenta hasta qué punto lo que pasó fue una cosa extraordinaria. Unos y otros se han dado apoyo, consuelo. Y muchos han encontrado en la Iglesia un lugar de guía y de descanso.

Porque claro, los que estábamos abajo en el pueblo después acogimos a personas que habían estado en el mismo lugar del accidente: que habían entrado en vagones con cuerpos de fallecidos, buscando a oscuras una voz que pedía ayuda. Eso inevitablemente te marca, te deja huella en el corazón. Al mismo tiempo, te das cuenta de cómo encuentran consuelo en sus vecinos, en su familia, que les abraza, les escucha y deja también que se desahoguen.
De esa manera, el pueblo poco a poco irá recuperando esa paz que es natural de aquí, pero siempre con el recuerdo y la oración por esas personas que han perdido la vida tan cerca de nuestro pueblo. Y también, sin duda ninguna, con el orgullo de saber que el pueblo ha reaccionado de la mejor forma posible en el peor momento.
“Lo puedo respetar, pero no lo entiendo”
En paralelo, se está hablando de homenajes civiles en otros puntos de España. En Huelva se ha planteado un funeral laico. ¿Qué opinión le merece a usted?
Si llega a ser en mi pueblo lo digo. Yo no entiendo que se haga un homenaje laico, en una tierra que es profundamente cristiana, además de profundamente mariana. A pesar de que haya personas que no tengan fe, es una tierra cristiana. Y Huelva es la tierra de la Virgen del Rocío. Que se plantee en Huelva un funeral laico lo puedo respetar, pero no lo entiendo. Es como si mi alcalde me dijera que vamos a celebrar un funeral laico. Me parecería un despropósito.
Para terminar: ¿qué mensaje desea dejar usted hoy, tanto a las familias de las víctimas como a la comunidad que vivió este suceso hace menos de una semana?
A las familias quiero trasladarles que no duden de que cuentan con nuestra oración. No solo ahora, sino para siempre. Y que cuentan con nuestro cariño y con la ayuda que de una forma u otra podamos prestar, aunque ya no estén aquí. Y para la gente de mi pueblo… que estoy muy orgulloso como párroco, como cura, como padre de esta comunidad. Porque ha demostrado de la forma más palpable y visible la fe que late en su corazón.

