El esquiador infiel o porque su declaración pública es una bandera roja

El bronce olímpico de Sturla Holm Lægreid quedó eclipsado por su confesión pública de infidelidad, un gesto que la experta Isidora Pasarín interpreta como un acto que puede rozar la manipulación emocional

La imagen dio la vuelta al mundo en cuestión de minutos. En los Juegos Olímpicos de Invierno de 2026 en Milano-Cortina, el biatleta noruego Sturla Holm Lægreid acababa de colgarse la medalla de bronce. Tenía el rostro enrojecido por el esfuerzo, la respiración aún agitada y el brillo metálico del podio reflejándose en la nieve. Todo apuntaba a un momento de gloria. Sin embargo, cuando tomó el micrófono, el relato cambió de dirección.

En lugar de celebrar su logro, confesó ante millones de espectadores que había sido infiel a su pareja meses atrás. Entre lágrimas, habló de arrepentimiento, de dolor, de la “peor semana” de su vida. Dijo que había conocido al amor de su vida y que lo había echado todo a perder. Lo que debía ser una crónica deportiva se convirtió en un episodio íntimo retransmitido en directo.

EFE/EPA/FILIP SINGER

El gesto, tan inesperado como contundente, abrió un debate que va mucho más allá de la infidelidad. ¿Qué significa pedir perdón en público? ¿A quién beneficia esa exposición? ¿Puede una disculpa multitudinaria reparar un daño privado?

La psicóloga experta en género y violencia, Isidora Pasarín, invita a mirar la escena con más detenimiento. Ante la pregunta de qué busca alguien que decide disculparse públicamente en vez de hacerlo en privado, responde: “A primera vista, este acto puede ser leído como una gran demostración de amor y arrepentimiento, sugiriendo que a pesar de haber alcanzado un logro olímpico, un hito anhelado por cualquier deportista de alto rendimiento, la emoción que predomina no es la euforia, sino la tristeza y el dolor. El mensaje implícito nos dice que su amor sería tan profundo que logra opacar un triunfo deportivo”.

Esa lectura romántica, casi cinematográfica, fue la que sedujo a parte del público. Un campeón que, en el instante más alto de su carrera, reconoce su error y se muestra vulnerable. Nada más lejos de la realidad, Pasarín advierte que existe otra capa menos visible: “Sin embargo, esta confesión pública también puede entenderse como un intento desesperado por apelar a la empatía del público y, al mismo tiempo, empujar a su expareja a una situación límite. Al exponerla sin su consentimiento, la coloca bajo una presión implícita para responder o definir un desenlace que, inevitablemente, se transforma en material de interés mediático. Mientras que en el ámbito privado el silencio constituye una respuesta válida y esperable, en el espacio público ese silencio deja de ser una opción y pasa a ser interpretado y juzgado por terceros”.

Manipulación emocional en el discurso

El silencio deja de ser una opción. En el ámbito íntimo, una persona puede necesitar tiempo, distancia o incluso decidir no contestar. Pero cuando la historia se hace viral, cuando se instala en tertulias y redes sociales, el foco se desplaza. La expareja, que no pidió estar en el centro, se convierte en personaje.
Para Pasarín, el gesto del deportista contiene al menos dos señales de alerta. “Existen dos ‘red flags’ importantes a considerar en este caso. La primera, es la apropiación del espacio del otro y la vulneración a la intimidad del vínculo, ya que corresponde a un suceso íntimo, sensible y que no fue consentido para salir a la luz pública”. La intimidad, en este sentido, no es un detalle menor sino el núcleo mismo del vínculo.

La segunda, alerta apunta al contenido del discurso; “La segunda dimensión, corresponde a la manipulación emocional presente en este aparente ‘noble acto de arrepentimiento’. En su relato, el deportista sitúa su propio dolor en el centro, enfatizando que ha atravesado semanas ‘horribles’ a raíz del evento, desplazando así el foco del daño causado hacia su propio malestar, él se representa como víctima”.

La psicóloga subraya además el peso de ciertas palabras. “A ello se suma el uso reiterado de expresiones como ‘el amor de mi vida’ o ‘tuve una medalla de oro’, nociones propias del amor romántico cargadas de expectativas culturales que refuerzan la idea de una unicidad absoluta. No habría otros amores posibles, ni en el presente ni en el futuro, sólo es ella. Este tipo de enunciados opera como un mecanismo de control que induce culpa en la otra parte y la convoca a ocupar el rol de sostén afectivo central, lo que frecuentemente moviliza a muchas mujeres a cuidar, perdonar o regular emocionalmente a quienes les han causado daño”.

En este punto, el debate se amplía. ¿Puede el deportista convertirse en héroe mientras su pareja queda como villana? Pasarín no lo descarta, “todo evento sujeto a exposición pública convoca a simpatizantes y detractores. Existen personas, hombres y mujeres, que conectan con las palabras del esquiador y las califican como valientes, virtuosas y sinónimo de hombría. En este sentido, el medallista puede ser interpretado como un héroe, desplazando así el foco de la traición hacia una demostración de cómo deben hacerse las cosas”.

Y añade un elemento estructural: “La sociedad tiende a premiar la vulnerabilidad masculina, posicionándola como arrepentimiento real, ya que si un hombre llora es porque ‘de seguro le importa’. Su relato pasa a ser legítimo, mientras que, cuando una mujer expresa su malestar o su dolor, este suele ser desestimado, reinterpretado como exageración o reducido a mero sentimentalismo”.

La consecuencia puede ser una revictimización silenciosa de su expareja; “ya que algunos lectores pueden interpretarla como la villana o la insensible de la historia, por no responder de manera inmediata a su petición o a la narrativa de reconciliación. Esto último responde más a la intervención mediática que a los hechos en sí”.

Para la especialista, el núcleo del problema es claro: “Para mi resulta evidente que el deportista situó a su expareja en un lugar de exposición no consentida, al exhibir públicamente aspectos de su vida, identidad, intimidad y decisiones futuras. Este tipo de conversaciones, precisamente por su carga emocional y relacional, debiesen ocurrir en el ámbito privado”. Y concluye: “Hablar de infidelidad implica adentrarse en un territorio complejo donde la confianza queda dañada y su eventual reconstrucción se vuelve el eje central. Será esta, y no el arrepentimiento público, la que sostenga o no el vínculo”.

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