El sinhogarismo oculto de las mujeres: lo que no cuentan las estadísticas

Muchas mujeres acceden a realizar tareas domésticas, cuidar o cocinar a cambio de un lugar donde dormir, pero se exponen a todo tipo de violencias

Hace ya diez días que Montse, una vecina de 63 años de Collado Villalba (Madrid), fue hallada inconsciente en plena calle tras semanas viviendo a la intemperie. Desde entonces, su historia ha vuelto a poner en el foco una tragedia social que cuestiona las prioridades de un municipio ante la vulnerabilidad.

Montse fue desahuciada el 30 de septiembre de su vivienda por orden del Ayuntamiento. Desde ese momento quedó expuesta al frío y a la ausencia de una red de apoyo institucional. Apenas dos meses después, falleció.

Su pérdida ha encendido las alarmas entre colectivos de vivienda y defensores de los derechos sociales. Una muerte que no puede entenderse como un hecho aislado ni como el resultado de una única decisión fallida. Desde la Fundación Luz Casanova, lo identifican como un “fallo estructural”.

Limitaciones ante el sinhogarismo femenino

Los profesionales que intervienen en estos procesos “trabajan con enormes limitaciones: recursos insuficientes, tiempos administrativos que no responden a la urgencia vital y mecanismos de apoyo que, en muchos casos, se agotan antes de que la situación se resuelva”, recalca Ana Pérez, coordinadora de Centros de Día de la Fundación Luz Casanova.

El sinhogarismo femenino es una forma de exclusión que, en la mayoría de los casos, no se vive en la calle, sino en espacios invisibles, inseguros y profundamente precarios.

Frente a la imagen masculina del hombre durmiendo en un banco, muchas mujeres atraviesan la pérdida de su vivienda activando estrategias de supervivencia que las alejan del espacio público, pero las acercan a otras violencias menos visibles y, a menudo, más persistentes.

Estrategias de supervivencia con un alto coste

“Cuando una mujer pierde su vivienda y no cuenta con una alternativa habitacional inmediata, lo habitual es que active múltiples estrategias para evitar llegar a una situación de calle”, explica Pérez.
Ese esfuerzo por no acabar en la calle tiene un altísimo coste. Según relata Ana Pérez, muchas mujeres aceptan intercambios extremadamente precarios: “realizar tareas domésticas, cuidar a otras personas o cocinar a cambio de un lugar donde dormir”.

Lejos de ser una salida, estas situaciones pueden derivar en relaciones de dependencia y abuso que no siempre se reconocen como violencia. A esto se le conoce como “sinhogarismo oculto”. Una precariedad habitacional que permanece fuera de las estadísticas oficiales, pero que expone a las mujeres a un riesgo constante para su seguridad, su salud y su dignidad.

Los riesgos del Sinhogarismo oculto

Las consecuencias de esta precariedad habitacional son profundas y constantes. Entre las más graves se encuentran “la exposición a agresiones físicas y sexuales, el acoso o la explotación, y la violencia en espacios supuestamente de refugio”, añade Pérez. A ello se suman consecuencias de tipo sanitario y emocional como “enfermedades, desnutrición, trastornos de sueño, ansiedad, depresión y aislamiento social”.

Desde la Fundación Luz Casanova insisten en que no existe un único perfil de mujer en situación de sinhogarismo. “Lo que encontramos son historias vitales que se han visto interrumpidas, pero no identidades rotas”, subraya Ana Pérez.

No existe un perfil único

Mujeres migrantes sin red de apoyo, mujeres mayores expulsadas del hogar tras años de cuidados, jóvenes que huyen de entornos familiares violentos, mujeres que salen de relaciones de control o de explotación laboral y sexual configuran trayectorias diversas que exigen respuestas flexibles y con enfoque de género, lejos de soluciones homogéneas pensadas desde una lógica masculina del sinhogarismo.

La violencia machista atraviesa de forma estructural estas historias. Para Elena Valverde, responsable de Igualdad en la Fundación, la violencia de género “constituye por sí misma un elemento de exclusión”, ya que limita la libertad y la autonomía necesarias para sostener una vida digna.

Marcadas por la violencia machista

“Las experiencias vinculadas a la violencia intrafamiliar y la violencia de género se reconocen como uno de los factores desencadenantes en el sinhogarismo femenino”, concreta Valverde.

Dependencia económica, aislamiento y miedo actúan como detonantes que empujan a muchas mujeres a perder su hogar. A ello se suma que la propia situación de sinhogarismo incrementa los riesgos: “Aceptar dormir en casas ajenas, en albergues saturados o en espacios improvisados puede exponerlas a abusos sexuales o situaciones de explotación”, advierte Ana Pérez, convirtiendo la búsqueda de un refugio en una amenaza constante.

Las vulnerabilidades se agravan cuando confluyen estos factores como la edad, el origen migrante o los problemas de salud mental. “Cada uno de estos factores incrementa los riesgos y amplifica su vulnerabilidad”, señala Pérez, que defiende la necesidad de una mirada interseccional para comprender cómo se entrecruzan las distintas formas de exclusión. Esto no solo añade obstáculos prácticos en su acceso a recursos, “sino que también puede aumentar la exposición a abusos, aislamiento y discriminación”.

Recursos pensados para hombres

Sin embargo, los recursos disponibles siguen sin responder a esta realidad: “La mayoría están pensados para hombres; alrededor del 90 % de las plazas son ocupadas por ellos”, lo que hace que las mujeres no perciban estos espacios como seguros ni adecuados.

Mientras las políticas públicas siguen centradas en las situaciones más visibles —las mujeres que duermen en la calle o en albergues—, quedan fuera del radar aquellas que sobreviven en viviendas inseguras, pisos masificados o casas ajenas a cambio de favores.

A esta invisibilidad se suma una presión creciente sobre los recursos existentes. Valverde destaca que en los últimos meses han aumentado las llamadas de mujeres que solicitan alojamiento tras agotar su estancia en recursos temporales y sin ingresos suficientes para acceder a un alquiler, así como las peticiones de profesionales de otras entidades y servicios sociales que buscan plazas para mujeres “que se van a quedar en situación de sinhogar”.

Un síntoma claro de que la exclusión persiste y se cronifica. “Estas situaciones representan un sinhogarismo oculto que permanece fuera de las políticas públicas, aunque implica riesgos graves”, denuncia la Fundación. Frente a ello, el mensaje es claro: garantizar el derecho a la vivienda no es solo una cuestión social, sino una urgencia vital.

Debemos atrevernos a mirar a estas mujeres, a escucharlas de verdad”, reclama Ana Pérez, porque “sin justicia social, sin colocar la dignidad y los derechos humanos en el centro de las políticas y de la acción colectiva, no habrá soluciones reales”.

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