“Sé que mi carrera política se ha acabado por denunciar”. La frase la dice una mujer con años de experiencia en un partido. No quiere que se publique su nombre, ni la formación a la que pertenece, ni el lugar donde ha desarrollado su trayectoria. Solo quiere contar qué ocurre cuando una mujer decide denunciar acoso en una organización, una realidad mucho menos visible que los discursos públicos de los partidos.
“Por un lado nos ponen como ejemplo. Nos presentan como referentes para animar a otras mujeres a denunciar y dicen que en el partido estamos acompañadas para dar ese paso. Pero al mismo tiempo nos colocan una etiqueta: la de mujer conflictiva”.
Esa es, según cuenta, la contradicción que viven muchas mujeres en política después de denunciar. “Dicen que no hay represalias, pero sí las hay. Lo que pasa es que son sutiles”. No se traducen en sanciones formales ni en decisiones explícitas, sino en algo más difícil de señalar: dejar de contar contigo. “De repente ya no te llaman para determinados espacios, ya no estás en los puestos de decisión, ya no se cuenta contigo para ciertas responsabilidades”.

“Entre ellos se apoyan mucho, hacen lobby, se respaldan”
A su juicio, denunciar dentro de una organización política significa enfrentarse no solo a una persona, sino a toda una estructura de poder. “Cuando denuncias a alguien que está arriba no denuncias solo a esa persona. Hay mucha gente que depende de él: asesores, cargos intermedios, personas que han construido su carrera alrededor de esa posición. Cuando tocas una pieza de poder no sabes hasta dónde puede llegar la caída”.
Por eso cree que los partidos reaccionan muchas veces con cautela o incomodidad ante estos casos. “El problema es que cuando mueves una ficha se pueden caer muchas detrás. Y eso genera miedo”.
Antes incluso de que aparezca una denuncia, explica, muchas mujeres ya conviven con una cultura política donde el machismo sigue estando presente. A veces se manifiesta de forma evidente; otras, en gestos cotidianos. “Está esa condescendencia permanente, esa forma de hablarte como si tuvieran que explicarte las cosas paso a paso porque tú sola no vas a entenderlas”.
También lo percibe en la distribución del poder dentro de las organizaciones. “Los puestos de decisión siguen estando ocupados mayoritariamente por hombres. Y entre ellos se apoyan mucho, hacen lobby, se respaldan”.
“Antes aguantábamos y ahora te das cuenta de que no eres la única”
Durante mucho tiempo, además, muchas mujeres asumieron que ciertas situaciones formaban parte de la vida política. “Nosotras mismas pensábamos que había cosas que había que aguantar. Cuando un hombre era pesado se decía: no le des pie, sé cortante y ya se cansará”.
Ese aprendizaje, explica, formaba parte de una cultura política y social que durante años normalizó determinadas conductas. Sin embargo, cree que algo está cambiando. Cada vez más mujeres deciden denunciar. “Lo primero que descubres es que no te pasa solo a ti. Eso es muy importante, porque durante mucho tiempo muchas pensábamos que éramos las únicas”.

Aun así, el paso sigue siendo difícil. “Muchas mujeres no denuncian porque saben que puede tener consecuencias para su carrera política”.
En ese contexto, también critica lo que considera una diferencia de trato entre casos. “Da la sensación de que hay víctimas de primera y de segunda según la repercusión que tenga cada caso. Y eso también genera mucha frustración”.
Enfrentarse al sistema
Mientras denunciar siga teniendo un coste personal o político, advierte, habrá mujeres que opten por guardar silencio. Por eso insiste en una idea que repite varias veces durante la conversación. “La mujer que se atreve a denunciar no es un problema para la política”.
Porque, concluye, denunciar el acoso dentro de una organización política no significa solo enfrentarse a una persona concreta. “Significa enfrentarse a todo un sistema”. El sentido común, en cambio, nos dice que es precisamente la persona que debería estar en los puestos de decisión.
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