La violencia que envejece en silencio

El maltrato no aparece en la vejez, sino que se arrastra durante toda la vida. La dependencia económica, las normas sociales de otras generaciones y la falta de recursos específicos han contribuido a que estas víctimas permanezcan invisibles durante décadas

Las mujeres mayores tienen serias dificultades para deunciar violencia de género
KiloyCuarto

La violencia de género también envejece. En muchos casos lo hace en silencio. Diversos estudios sobre mujeres mayores muestran que el maltrato puede prolongarse durante décadas y permanecer oculto por factores como la dependencia económica, el aislamiento social o las normas culturales de generaciones en las que romper el matrimonio era mucho más difícil. No se trata solo de relaciones violentas que llegan a la vejez, sino de historias que en muchos casos comenzaron mucho antes y que se han mantenido a lo largo de toda una vida.

Violencia que dura décadas

Una de las características que más destacan las investigaciones es la duración de la violencia. En las mujeres mayores, el maltrato rara vez aparece de forma reciente: suele formar parte de relaciones de pareja muy largas en las que la violencia se ha prolongado durante años o incluso décadas. Algunos estudios muestran que muchas víctimas han convivido con el maltrato durante veinte, treinta o más de cuarenta años. Esa continuidad hace que la violencia se integre en la vida cotidiana de la relación y que, con el paso del tiempo, algunas conductas de control o humillación lleguen a percibirse como algo normalizado.

Las mujeres mayores de 65 años recuerdan haber sufrido con mayor frecuencia violencia física y psicológica
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El peso del contexto generacional

El contexto social en el que crecieron muchas de estas mujeres también juega en su contra. Se trata de generaciones que iniciaron su vida adulta en momentos históricos en los que los roles de género eran más rígidos y el matrimonio se concebía como un vínculo prácticamente indisoluble. La presión social para mantener la pareja, el estigma del divorcio o la idea de que los conflictos familiares debían resolverse dentro del ámbito privado influyeron en la forma de afrontar la violencia. Ese marco cultural ayuda a explicar por qué muchas mujeres permanecen durante años en relaciones abusivas o por qué determinadas conductas no siempre se identificaron como violencia.

Dependencia económica y trayectorias vitales

Otro elemento recurrente es la dependencia económica. Muchas mujeres mayores desarrollaron su vida adulta en un contexto en el que el trabajo remunerado femenino era más limitado o se veía interrumpido por las tareas de cuidado. Como consecuencia, una parte importante llega a la vejez con pensiones más bajas o sin ingresos propios suficientes. Compartir vivienda y recursos económicos con el agresor se convierte así en una barrera real para abandonar la relación, especialmente cuando la separación implica una incertidumbre económica considerable.

A menudo se confunde la violencia de género a mujeres mayores con la violencia familiar

Aislamiento y redes de apoyo reducidas

A estas dificultades se suma en muchos casos el aislamiento social. Las investigaciones señalan que algunas víctimas mayores cuentan con redes de apoyo más limitadas, ya sea por la pérdida de contactos laborales, por la distancia con familiares o por dinámicas de control que han reducido progresivamente su círculo social. La soledad y la falta de apoyo cercano pueden dificultar tanto la identificación del problema como la búsqueda de ayuda.

Consecuencias en la salud

La violencia prolongada tiene además un impacto importante en la salud física y psicológica. Diversos estudios han observado que las mujeres mayores que sufren violencia presentan con mayor frecuencia síntomas de ansiedad o depresión y pueden ver agravadas enfermedades crónicas debido al estrés continuado. También utilizan con mayor frecuencia los servicios sanitarios, lo que ha llevado a algunos investigadores a insistir desde hace tiempo que el sistema de salud puede convertirse en un espacio clave para detectar situaciones de maltrato que llevan años ocultas.

Falta de recursos específicos

Precisamente por su carácter prolongado y por las circunstancias sociales que la rodean, la violencia en mujeres mayores suele ser más difícil de identificar. La menor denuncia, la tendencia a interpretar el maltrato como un problema privado y la falta de recursos específicos adaptados a esta etapa de la vida contribuyen a que muchas situaciones permanezcan invisibles durante largos periodos. Por este motivo, cada vez más se denuncia la necesidad de adaptar los sistemas de atención para reconocer y abordar las particularidades de estas víctimas.

Distintos tipos de violencia

Las investigaciones también muestran la gravedad y la diversidad de las formas de maltrato que sufren las mujeres mayores víctimas de violencia de género. Según el estudio “Mujeres mayores de 65 años víctimas de violencia de género” de la Delegación del Gobierno contra la Violencia de Género (2019), la violencia psicológica es la más frecuente, presente en alrededor del 79 % de los casos, seguida muy de cerca por la violencia física, que afecta aproximadamente al 78 % de las víctimas. Además, una parte importante sufre también violencia económica, que aparece en torno al 59 % de los casos, a través de mecanismos de control del dinero, limitación de recursos o dependencia financiera del agresor. Estas cifras reflejan que el maltrato no suele presentarse de forma aislada, sino que con frecuencia combina distintos tipos de violencia que pueden mantenerse durante largos periodos de tiempo.

Atender la violencia de género en mujeres mayores implica también repensar cómo acompañarlas. Muchas han vivido durante décadas en relaciones marcadas por el control o el miedo y necesitan respuestas que tengan en cuenta su edad, su situación económica y sus vínculos familiares. Escucharlas sin juzgar, reforzar sus redes de apoyo y facilitar recursos accesibles, desde servicios sociales y sanitarios hasta alternativas de vivienda o acompañamiento, puede marcar una diferencia decisiva. Romper el aislamiento y ofrecer apoyo cercano y sostenido es clave para que quienes han vivido tantos años en silencio encuentren finalmente espacios seguros desde los que reconstruir su vida.

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