En el escondite inglés solo se avanza cuando el otro no mira. Basta un segundo de distracción para dar un paso al frente. Si te descubren moviéndote, pierdes.
Durante años, la lucha de las mujeres contra las violencias machistas se ha movido exactamente así: a escondidas, en los márgenes, aprovechando los momentos en los que nadie quería mirar de frente. No porque no existiera, sino porque no se consideraba un asunto central. Y cuando alguien decidía detenerse a observarla, la reacción solía ser la misma: apartar la vista y seguir adelante.
“Eres bueno. No te dediques a la violencia machista”
El médico forense y profesor universitario, Miguel Lorente, cuenta que cuando empezó a investigar la violencia de género, recibió un consejo de un compañero que hoy resulta revelador. Le dijo que no se especializara en ese ámbito, que probara con el ADN, que él era bueno y era mejor dejar la violencia “a ellas”.
La frase no es una anécdota aislada, sino el reflejo de una lógica profundamente instalada, que décadas después continúa vigente en muchos ámbitos. La violencia machista no se entiende como una cuestión que interpelara al conjunto de la sociedad, sino como un asunto sectorial, casi identitario. Algo que deben estudiar, denunciar y gestionar las mujeres. El resto, parece, puede seguir avanzando sin mirar.

Ese reparto implícito de responsabilidades tuvo un efecto claro en el pasado: si la violencia machista era un asunto periférico, también lo era la tarea de romper el silencio. Y durante años, hacerlo fue un gesto solitario, costoso y profundamente penalizado.
La red que sostiene
Ahora, romper el silencio ya no es un salto individual, sino un movimiento colectivo. No nace de una decisión repentina, sino de un entramado que sostiene antes, durante y después de hablar. “Las revelaciones individuales se producen porque existe siempre una red de apoyo detrás capaz de sostener la revelación del secreto”, explica la investigadora y experta en violencia sexual, Bárbara Tardón. En ese sostén están —señala— el feminismo, las profesionales que acompañan, las organizaciones y las comunicadoras feministas, que crean un espacio donde la palabra no cae al vacío. Cuando esa red no existe, el silencio vuelve a imponerse.
Esa fuerza colectiva no es nueva ni excepcional. “La historia del feminismo nos recuerda que es un movimiento fuerte”, señala Tardón, incluso cuando el contexto es hostil. En un momento de reacción antifeminista y negacionismo, insiste, el feminismo vuelve a demostrar su capacidad de resistencia, una solidez que lo hace “impermeable” y que el patriarcado “nunca está preparado para imaginar hasta dónde”.
“Un cambio de las mujeres para las mujeres”
Ese sostén no se queda en el acompañamiento. También empuja. Para el letrado Isaac Guijarro, del despacho Olympe Abogados, ahí está la clave del cambio. “Son las mujeres las que siempre dan el primer paso”, afirma, las que se adelantan cuando todavía no hay garantías ni protección. No esperan a que el terreno sea seguro ni a que el sistema reaccione. “Después llegan los abogados, los medios o las instituciones”, señala, “pero antes ha habido una mujer que ha decidido hablar”. Ese gesto inicial, sostenido por el feminismo y sus redes, es el que fuerza el movimiento, incluso cuando hacerlo tiene un coste personal y social elevado.

Sin embargo, Lorente cree que esta oleada de testimonios no significa que todos hayan hecho el mismo viaje. “No hay una mayor conciencia social crítica frente a la violencia contra las mujeres. No se actúa por responsabilidad social, sino por empatía, por vínculo, por solidaridad. Sigue viéndose como algo propio de quien comparte esas circunstancias. En el fondo, el esquema es el de siempre: lo masculino como universal y lo femenino como particular. No parece un cambio social, sino un cambio de las mujeres para las mujeres.”
En ese punto sitúa la jurista, investigadora y experta en violencia sexual, María Naredo, el sentido de lo que está ocurriendo ahora. Las mujeres, insiste, no hablan porque quieren, sino porque pueden: tras haber atravesado el miedo, la culpa o la vergüenza, y porque existe un contexto social capaz de sostener ese relato. No es solo un proceso individual, sino el resultado de unas condiciones que, por primera vez, empiezan a hacerlo posible.
Como en el escondite inglés, el avance se ha producido mientras otros no miraban. Mientras los hombres seguían jugando a no ver, las mujeres han ido dando pasos, uno a uno, hasta que el movimiento ha dejado de poder ignorarse.
Si algo de lo que has leído te ha removido o sospechas que alguien de tu entorno puede estar en una relación de violencia puedes llamar al 016, el teléfono que atiende a las víctimas de todas las violencias machistas. Es gratuito, accesible para personas con discapacidad auditiva o de habla y atiende en 53 idiomas. No deja rastro en la factura, pero debes borrar la llamada del terminal telefónico. También puedes ponerte en contacto a través del correo 016-online@igualdad.gob.es o por WhatsApp en el número 600 000 016. No estás sola.


