La vida de muchas mujeres que ejercen la prostitución transcurre entre silencios, decisiones difíciles y una realidad que rara vez se cuenta en voz alta. Para miles de ellas en España, la prostitución no es solo un trabajo o un debate político; es una experiencia que atraviesa su salud mental, sus relaciones familiares, su economía y su identidad. Entre quienes lo ejercen, las vivencias son tan diversas como las historias personales que hay detrás.
María lleva más de dos décadas en el sector. Habla con calma, con la seguridad de quien ha reflexionado mucho sobre su propia trayectoria. “Yo llevo 26 años dedicándome a esto en mi vida y gracias a Dios no me he topado con nadie que me haya obligado”, cuenta María, de la Asociación ASTRAS. Para ella, la prostitución es, simplemente, una forma más de ganarse la vida.
“Esto para mí como prostituta, como trabajadora sexual, es un trabajo más”, asegura. Antes de dedicarse a ello trabajó como camarera, limpiadora, auxiliar sanitaria y cuidadora de personas mayores. Desde su punto de vista, los problemas emocionales o familiares que puedan surgir no son exclusivos de este oficio. “Cualquier trabajo conlleva ir a psicólogos, cualquier trabajo hace que tengas problemas con tu pareja o familiares”, afirma.
María insiste en que, como en cualquier otra profesión, la experiencia depende de la persona y de cómo gestione su vida. “Yo propongo a todas esas personas que hablan sin saber que lo ejerzan por lo menos un día. A la que le gusta seguirá y a la que no, se busca cualquier otra cosa como en cualquier otro trabajo”, añade.
Vivir entre dos mundos
Sin embargo, no todas las mujeres que ejercen la prostitución comparten la misma percepción. Para muchas, las consecuencias van más allá del trabajo en sí y tienen que ver con el peso del estigma social.
Sandra, madre soltera, lo describe con claridad. “Hay muchas consecuencias que acarrea la prostitución, y todas ellas, se viven en soledad”, explica Sandra, de la Asociación Stop Abolición. “El miedo a ser juzgada sin saber hace que vivas en un mundo aparte”.
Esa sensación de vivir en dos mundos es una constante para muchas mujeres. “Es una doble vida, una vida inventada que al final se acaba descubriendo”, reconoce Sandra. Los horarios, la economía o los silencios acaban generando sospechas en el entorno más cercano. “Por horarios, economía, cosas que no cuadran para una madre soltera”, explica.
El impacto psicológico también está presente. “Sí he ido al psicólogo y cuando lo necesito voy. No es un mundo fácil. No todo el mundo es agradable o tiene educación. Tienes que estar fuerte de mente”, cuenta. En su experiencia, cualquier bajón emocional puede afectar mucho más en un entorno donde la presión y la vulnerabilidad forman parte del día a día.
Aun así, en su caso el entorno familiar ha terminado aceptándolo. “Mi familia y mi ex pareja, el papá de mi niño, lo saben y lo respetan totalmente. No es una alegría ni algo que se comente, pero me ven bien y ven a mi hijo bien, sin faltarle de nada”, explica.
Su historia también refleja una de las realidades que empujan a muchas mujeres hacia este trabajo: La necesidad económica y la conciliación familiar. “Para mí fue una salida… de verme mal en una habitación con un bebé autista. Necesitaba tiempo para él y economía y fue la única manera de tener las dos cosas a la vez”, relata.
Sandra defiende la existencia de la prostitución consentida, aunque reconoce que la realidad es compleja. “Es una opción más para salir adelante, mejor o peor visto pero no deja de ser una salida”, afirma. Según explica, hay situaciones muy diferentes detrás de cada mujer: enfermedad, precariedad o falta de oportunidades laborales.
Derechos y desprotección
Mientras tanto, el debate sobre la regulación sigue abierto. Desde las fuerzas de seguridad se señala que la ausencia de un marco legal claro deja a muchas mujeres en una situación de desprotección.
Un agente de la Unidad contra Redes de Inmigración y Falsedades Documentales (UCRIF) de la Policía Nacional explica que la regulación permitiría identificar mejor las condiciones laborales y detectar posibles abusos. “Si la prostitución estuviera regulada, cualquier mujer que se dedicara al trabajo sexual podría acudir tranquilamente a la inspección de trabajo o poner una denuncia”, señala.
En la actualidad, muchas no cuentan con esa posibilidad. “Lo que es lamentable es que, a estas alturas, siglo XXI, haya mujeres que estén desprotegidas y que no tengan derechos como los que tienen otros trabajadores de cualquier ámbito”, explica el agente.
La falta de derechos también afecta a aspectos básicos de la vida cotidiana. Susana Pastor, activista, investigadora y divulgadora del trabajo sexual, señala que muchas trabajadoras sexuales se encuentran con obstáculos incluso para acceder a servicios básicos. “¿Cómo van a contar con psicólogos si no tienen derechos de nada?”, plantea.
Pastor pone ejemplos que reflejan esa precariedad administrativa. “Fíjate que yo vengo ahora del banco para una simple cuenta y llevamos más de dos meses”, explica, señalando las dificultades que encuentran muchas mujeres para normalizar su situación en ámbitos como la sanidad o el sistema financiero.
En paralelo, las autoridades recuerdan que también existe una realidad de explotación y trata que convive con quienes aseguran ejercer voluntariamente. Según datos del Ministerio del Interior, en 2023 se registraron 583 víctimas de trata y explotación sexual, de las cuales el 96% eran mujeres. La mayoría se encontraba entre los 18 y los 40 años, una franja de edad que concentra el 67% de los casos detectados.
Las cifras reflejan la complejidad de un fenómeno que no admite respuestas simples. Entre quienes defienden la prostitución como trabajo y quienes denuncian la explotación, la realidad está llena de matices.
