El vikingo ha sido durante siglos el emblema de una masculinidad invulnerable: guerrero, feroz, imperturbable ante el dolor. En El último vikingo, el cineasta danés Anders Thomas Jensen toma ese mito y lo desarma desde dentro. Su película sigue a dos hermanos que emprenden un viaje para recuperar un botín enterrado tras un antiguo atraco, pero pronto se revela que el verdadero tesoro no es el dinero, sino la identidad perdida de quienes han aprendido a sobrevivir bajo distintas máscaras. Manfred, el personaje de Mads Mikkelsen, vive atrapado en una identidad fracturada —cree ser John Lennon— mientras su hermano intenta arrancarlo de esa ilusión. Entre humor negro y ternura, la película se convierte en una fábula sobre hombres que han crecido sin aprender a nombrar su dolor.
Anders Thomas Jensen, uno de los grandes nombres del cine nórdico contemporáneo, ha construido a lo largo de su filmografía un universo poblado de marginados, excéntricos y almas heridas. En El último vikingo, esa mirada alcanza una dimensión especialmente íntima: bajo la apariencia de una comedia absurda, emerge un retrato profundamente humano de la fragilidad masculina. En su cine la fortaleza puede convertirse en debilidad y la vulnerabilidad en una forma de armadura, una perspectiva que transforma la historia en una reflexión inesperadamente sensible sobre la salud mental y los vínculos entre hombres.

Vi su película en el Festival de Venecia y me produjo una reacción muy intensa: lloré, reí, me enterneció y experimenté una gran variedad de emociones. ¿Qué expectativas tenía al contar esta historia?
Mi esperanza era precisamente esa: que el público riera y llorara. En realidad, la combinación de ambas cosas es la mejor experiencia posible para un espectador. Quería abordar una cuestión que ocupa hoy gran parte de nuestro tiempo y de nuestras conversaciones: la identidad. Todo el discurso contemporáneo gira en torno a quiénes somos. Tengo cuatro hijos y, en la mesa familiar, en los medios de comunicación y en la vida pública, el tema constante es el yo, la construcción de uno mismo. Cuando yo era niño, en cambio, jamás hablábamos de eso. Nadie preguntaba “¿quién eres?”. Simplemente eras lo que eras.
Encuentro fascinantes las posibilidades que ofrece esta reflexión sobre la identidad, pero también percibo ciertos riesgos. Cuando uno se observa a sí mismo de manera constante, puede acabar dejando de ver a los demás. Esa tensión era algo que me interesaba explorar.
La película plantea de forma muy clara esa cuestión: quiénes somos, cómo se configura nuestra identidad o cómo determinados traumas pueden alejarnos de ella. En su filmografía aparecen con frecuencia estos temas. ¿Se trata de una preocupación personal constante?
Creo que procede, en realidad, de todas las familias. Suelo decir que todas las familias parecen un poco excéntricas cuando se las observa desde fuera. Cada uno de nosotros termina siendo quien es a partir de todo lo que le sucede a lo largo de la vida.
No se trata de que mi familia contenga una historia específica que haya querido trasladar a la pantalla. Más bien, cuando construyo personajes y escribo una película, me interesa explorar la dimensión humana. Me atraen los personajes incómodos, los marginados, aquellos que parecen extraños o incluso inquietantes en un primer momento. Me gusta ir retirando capas y revelar que, en el fondo, dentro de cada uno de ellos existe un ser humano. Ahí reside gran parte del drama, pero también una enorme cantidad de comedia.

La película también reflexiona sobre cómo cada individuo construye su propia realidad. Hay un momento especialmente conmovedor en el que el hermano comprende que debe acompañar a su hermano en la ilusión que está viviendo. Ese gesto es un gran acto de amor…
Me alegra mucho escuchar esa interpretación, porque describe con gran precisión la vida y la interacción entre los seres humanos. Ser una persona social implica, hasta cierto punto, aceptar y acompañar la realidad de los demás.
Todos tenemos que flexibilizar nuestras propias percepciones para poder convivir. El problema actual es que muchas personas definen su identidad de manera extremadamente rígida. Dos posiciones enfrentadas chocan constantemente, discutiendo sobre palabras o conceptos. Sin embargo, muchas veces bastaría con conceder un pequeño margen, con acercarse ligeramente al otro para permitir que el diálogo sea posible.
Es especialmente difícil cuando alguien es profundamente inseguro o carece de una identidad sólida. En ese caso resulta muy fácil adherirse a una ideología rígida, porque entonces ya no es necesario construir una personalidad propia: basta con repetir lo que esa ideología dicta en cada situación.
Sin embargo, todos incurrimos en esa tentación en algún momento. Declaramos: “yo soy esto”. Y, de pronto, alguien formula una pregunta que pone en duda esa afirmación y uno piensa: “quizá no soy exactamente eso”. Pero en lugar de reconocerlo, a menudo seguimos defendiendo nuestra versión inicial.
Por eso suelo decir a mis hijos que hablen incluso con las personas que menos les agradan, con aquellas cuyas ideas rechazan. Que las escuchen antes de juzgarlas. Solo entonces podrán decidir qué piensan realmente. Creo que el mundo sería distinto si habláramos más entre nosotros.
Usted es reconocido como uno de los grandes guionistas europeos, pero también destaca por su capacidad para dirigir actores. En esta película trabaja de nuevo con intérpretes con los que mantiene una relación creativa de muchos años. ¿Cómo se construye ese entorno de trabajo?
Comparto el proyecto con ellos desde el inicio del proyecto. Suelo redactar un primer borrador rápido del guion y mostrárselo, en realidad solo a Nikolaj Lie Kaas y a Mads Mikkelsen. Después los incorporo plenamente al desarrollo. Esto resulta especialmente importante en personajes como los de esta película, que no recuerdan su pasado y que interpretan identidades ambiguas —como cuando uno de ellos se presenta como John Lennon—. Son personajes con múltiples capas y matices.
Desde ese momento el proceso se vuelve completamente colaborativo y continúa hasta el montaje. Seguimos explorando y ampliando la historia, buscando siempre el núcleo emocional. Porque, en última instancia, lo más importante en una película es la emoción. Tenemos incluso una regla muy clara: si debemos elegir entre una frase ingeniosa y una emoción auténtica, siempre optamos por la emoción y prescindimos del chiste. Las risas acabarán llegando de una forma u otra, pero alcanzar una emoción verdadera es mucho más raro y valioso.
¿Pensó desde el principio en Mads Mikkelsen y Nikolaj Lie Kaas para estos personajes? También se ha comentado que en algún momento podrían haber intercambiado los papeles…
En esta película lo tuve claro desde el principio: Mads debía interpretar a Manfred y Nikolaj a Angar. No contemplamos la posibilidad de intercambiarlos. Sin embargo, en otras películas sí hemos experimentado con esa idea. En Jinetes de la justicia o hace muchos años en Los carniceros verdes probamos a intercambiar los papeles durante el desarrollo. En teoría podría haber funcionado, pero una vez que tomas una decisión y ves el resultado final, resulta imposible imaginar la película de otra manera.
La película incorpora un cuento ilustrado sobre los vikingos que funciona como prólogo y epílogo. Aunque su cine está profundamente ligado a la cultura escandinava, también posee una dimensión universal. ¿Cómo surgió esta fábula?
Inicialmente quise rodarla con actores reales. Llegué a preparar una primera versión, pero el coste superaba el presupuesto total de la película… Entonces el productor me sugirió transformarla en animación.
Fue una excelente decisión, porque permitió integrarla en la historia como parte de un libro infantil. Contamos con un equipo extraordinario de animadores. Al principio pensé que podría dirigir personalmente esa parte, pero finalmente delegué gran parte del trabajo. Tuve una reunión en la que expuse mi idea general y una directora de animación muy talentosa, Ingeborg, se encargó de desarrollarla.
Quería incluir un cuento al principio y al final de la película porque la primera parte del relato —aproximadamente los primeros veinte minutos— es casi hiperrealista. Podría pertenecer a cualquier serie de televisión contemporánea. Sin embargo, cuando los personajes llegan a la casa, la película evoluciona hacia una dimensión mucho más cercana a la fábula.
Necesitaba establecer ese tono desde el inicio, establecer una especie de contrato con el espectador para advertirle de que la historia se transformaría progresivamente. De ahí la necesidad de un prólogo y un epílogo.
En el contexto actual se habla con frecuencia de la transformación de la masculinidad. En su película los personajes masculinos se hablan, se cuidan y muestran afecto entre sí, a pesar de las dificultades que atraviesan. ¿Considera que la masculinidad está cambiando?
No estoy seguro de que la masculinidad esté cambiando tanto como pensamos. Lo que sí está cambiando es la libertad que tenemos para expresar sus diferentes dimensiones. La masculinidad siempre ha tenido una dimensión sensible, pero durante generaciones no estaba permitido mostrarla.
Resulta curioso comparar distintos contextos culturales. En Escandinavia, si un hombre de mi edad dedica mucho tiempo a cuidar su apariencia física, puede interpretarse como vanidad. En cambio, en países como España o Italia los hombres pueden preocuparse por su imagen y seguir siendo percibidos como plenamente masculinos. Ese rasgo cultural me parece fascinante, y creo que esa actitud está empezando a difundirse también hacia el norte de Europa.
Hace veinte años era mucho menos habitual ver a hombres vestidos con tanta atención al detalle como ahora. Y eso es algo positivo. No creo que la masculinidad esté cambiando radicalmente, sino que estamos aprendiendo a expresar sus distintas facetas con mayor libertad.
En la película también juego con esa idea a través de los vikingos, que representan el arquetipo de la masculinidad extrema. Sin embargo, si uno observa con atención su representación en la historia, descubre que poseen rasgos sorprendentemente delicados o incluso femeninos. De alguna manera, se trata de una reflexión sobre el núcleo de la masculinidad nórdica.
