Berlanga baja del cielo y se aparece en la cena de corresponsales

El cine siempre devuelve lo que la realidad le regala, pero multiplicado por dos. Eso lo sabía muy bien el maestro Luis García Berlanga y, por lo visto, en la cena de corresponsales también

'Novio a la vista', de Luis García Berlanga
'Novio a la vista', de Luis García Berlanga

“Enfrentarme a la hoja en blanco me produce la misma sensación que cuando me envuelves en tus brazos”. No recuerdo ni dónde ni cuándo leí semejante cursilería, pero lo cierto es que me viene a la cabeza cada vez que, efectivamente y de una manera más prosaica, me siento frente al folio en blanco, como ahora, para redactar esta mi columna semanal, mientras mis dedos teclean solos.

Siempre la misma maldita sensación, entre el ahogo y el vértigo, tal es la atrofia de casi treinta años que mi músculo periodístico sufre. A ellos, a los periodistas, colegas, familiares, les pregunto cómo hacerlo, cómo calmar esta ansiedad; “dame paz”, rogaba el príncipe Vlad a su amada Mina en el magistral Drácula de Coppola. Pero ellos, dueños de la fórmula de la Coca-Cola, callan vilmente.

Como buen cristiano estructural, para mitigar esta angustia existencial opto, pues, como dice R, en convertirme en un “vago responsable” y trabajar, trabajar, trabajar, prever, prever y prever, escribir más, escribir ¿mejor?, adelantarme a los acontecimientos y tener un pequeño almacén de grano para cuando venga la cigarra de Samaniego. Pero el caso es que, últimamente y por diferentes magdalenas de Proust, el toro me ha cogido por la parte de Morante y aquí estoy, delante de la pared encalada, pensando en qué asunto de la realidad puede coserse con el cine para multiplicar los panes y los peces, una característica de mi estilo que solo destaco yo.

Y en estas estamos cuando me entra de sopetón una nube de palabras que alguien me contó hace mucho tiempo, aquellas que me decían que, si alguna vez dudaba, o me encontraba con algún asunto de la realidad que no entendiese, pensara siempre en Berlanga. “En Berlanga está la solución”, me repetía esa voz una y otra vez.
Luis García Berlanga, que estás en los cielos y has bajado para ayudarme.

El cineasta Luis García Berlanga
El cineasta Luis García Berlanga

El maestro puso en mi camino el acontecimiento berlanguiano del mes. Un nuevo intento de magnicidio, y van tres, que yo sepa, contra el presidente de Estados Unidos en una de estas cenas-show que tanto gustan por allí. Y como todo lo que se hace en América, God Bless, está pulcramente puesto en escena, la humanidad pudo ver a los Navy Seals, o como se llamen, de Kathryn Bigelow, en acción, encaramándose con furia sobre las mesas, fusil de asalto en astillero, protegiendo al POTUS con tal intensidad que le hicieron tropezar: muchos tuxedos, una Melania, un mentalista de por medio, bastantes focos, manteles llenos de comida y bebida… y cantidades industriales de periodistas.

Quizá sea un poco fuerte decir esto, pero el mundo occidental está más que acostumbrado a ver magnicidios made in USA, que ellos documentan de una manera, digamos, gráfica. Si cuando mataron a Lincoln no había televisión y ellos se encargaron de recrearlo en miles de cuadros y postales alusivas, los atentados contra los hermanos Kennedy y Ronald Reagan pueden considerarse el fundacional cine slasher: que se lo pregunten a Oliver Stone. En el anterior intento de asesinato contra Donald Trump encontramos renders en 3D de la oreja del presidente y hasta teorías terraplanistas para todos los gustos. Por tanto, a decir verdad, tampoco nos extraña mucho que el servicio secreto irrumpiese con sus escopetas y sus antorchas de luz.

Captura de imagen de un video facilitado por la Casa Blanca.
EFE/EPA/Yuri Gripas / POOL

Entonces, ¿qué más se puede pedir? Pues que la realidad regale a la ficción su más preciada materia prima, la poesía entre el estiércol: mientras un fulano cu-cu llamado Cole Tomas Allen se dedicaba a pegar tiros en el hall del hotel Hilton, una invitada aprovechaba el forzoso descanso para tomar prestadas unas botellas de champán con suma cachaza berlanguiana. Aquí no ha pasado nada.

Todo esto se parece demasiado a un remake con guion de Rafael Azcona.

Que Luis García Berlanga, el gran genio del cine español, sea un completo desconocido más allá de nuestras fronteras, es algo que jamás he comprendido. Cierto es que el contexto de gran parte de su obra es eminentemente local, muy mediterráneo en usos y formas, pero aborda con maestría los grandes temas, pasándolos por la túrmix de un vitriolo universal: la crítica política y social, la falsa moral, la hipocresía y el abuso de poder de las clases pudientes frente a la precariedad del débil. Berlanga jamás rodó una comedia y su obra cumbre, Plácido, es una película de terror.

Berlanga jamás rodó una comedia y su obra cumbre, Plácido, es una película de terror
Berlanga jamás rodó una comedia y su obra cumbre, Plácido, es una película de terror

Toda la bilis social que tenía el joven Luis G. Berlanga se desparramó como una vomitona desde los años setenta, en los que abandona completamente la caricia humanista a sus personajes. Supongo que ya le daba igual. A partir de la trilogía de La escopeta Nacional lloró su España en canal y ahí vimos al Berlanga más cínico, posiblemente más resabiado y más nihilista, plenamente consciente de la podredumbre de la naturaleza humana, siempre oscilando entre lo cutre y lo paródico.

¿Acaso no te imaginas en la cena de corresponsales a Mercé (Mónica Randall), la amante del industrial Jaume Canivell (Saza) o a la pobre tuerta Chus (Amparo Soler Leal), como Pedro por su casa escondiendo una botella de champán, o una longaniza, entre el abrigo de astracán postfranquista?

No me digas que esta invitada, o el corresponsal que comía tranquilamente debajo de la mesa, no podrían formar parte del reparto de The National Shotgun o de cualquiera de las maravillas que parió este genio singular, tan local, tan universal.

Luis García Berlanga, que estás en los cielos, en la tierra y en la cena de corresponsables: gracias por iluminar a este pobre aprendiz. Bendito seas.

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