Salir del cemento soleado del Muelle de Batería de A Coruña y entrar en Doubts, la retrospectiva de Paolo Roversi en la Fundación MOP, supone experimentar una recalibración sensorial. La intensa luz del puerto se disuelve en un laberinto de penumbra progresiva y sombras aterciopeladas. El ritmo frenético del mundo contemporáneo se ralentiza; se invita a los visitantes a entrar en lo que Roversi describe como una «cámara de sombras».
Este espacio remite a los primeros recuerdos del dormitorio de su infancia en Rávena. Mucho antes de sostener una cámara, el niño observaba la luz del sol atravesar las persianas de su ventana y proyectar figuras oscuras y fantasmales sobre las paredes. «Eran las primeras fotografías de mi vida», recuerda Roversi. «Yo era la superficie fotosensible dentro de la cámara. Desde entonces, siempre he sentido que el fotógrafo habita la cámara».
Esta atmósfera envolvente, casi catedralicia, no es casual. Concebida para trasladar al espacio expositivo el universo visual del fotógrafo, la escenografía —diseñada por Ania Martchenko— juega con materiales como el hormigón, la moqueta, la madera y los tejidos para articular una red de nueve secciones interconectadas. En lugar de exhibir las imágenes bajo la intensa luz clínica de una galería, la exposición conduce al espectador a través de distintos grados de oscuridad. Comienza con una sala de proyecciones inmersiva, desciende hasta una penumbra casi total y vuelve después, lentamente, hacia la luz, hasta culminar en una meditación sobre la impermanencia.
La retrospectiva, compuesta por 196 obras que abarcan cinco décadas, funciona como testimonio de un artista que ha pasado toda su vida desafiando las exigencias comerciales de su propio medio. La fotografía de Roversi no grita ni busca el impacto inmediato. Susurra y persigue una belleza efímera y silenciosa, suspendida en el delicado espacio entre la aparición y la desaparición.
«Fue fotógrafo de moda por casualidad», ha explicado a El País Clara Belleville, comisaria de la exposición. Nacido en Rávena en 1947, Roversi no asistió a una prestigiosa escuela de fotografía ni buscó abrirse camino entre la élite de la alta costura parisina. Su relación con la fotografía comenzó en 1964, durante unas vacaciones familiares en España, cuando quedó cautivado por la capacidad del medio para congelar el tiempo. A su regreso a Italia, convirtió el sótano de su casa en un cuarto oscuro junto a su amigo Battista Minguzzi y aprendió por su cuenta a revelar película en blanco y negro y a imprimir sus propios fotogramas.

A comienzos de los años setenta, Roversi trabajaba como fotoperiodista y llegó a cubrir acontecimientos como el funeral de Ezra Pound en Venecia en 1972. Por aquellos años conoció en Rávena a Peter Knapp, entonces director artístico de la edición francesa de Elle, que le animó a probar suerte en París. Roversi llegó a la capital francesa en noviembre de 1973, una ciudad que terminaría convirtiéndose en su hogar y en el centro de su universo creativo.
Su entrada en los círculos de la moda francesa, sin embargo, estuvo marcada por el rechazo. Fascinado por la obra radical de Guy Bourdin, Roversi visitó el estudio del maestro con la esperanza de convertirse en su asistente. Bourdin, célebre por sus excentricidades, lo miró y le preguntó cuál era su signo astrológico. «Libra», respondió Roversi. «Entonces no, eso no va a ser posible…», contestó Bourdin con sequedad antes de descartarlo.
Lejos de desanimarse, en 1974 Roversi se convirtió en asistente del brillante y notoriamente exigente fotógrafo británico Laurence Sackmann. Este era un jefe duro, pero inculcó en el joven italiano una idea que terminaría siendo fundamental en su trabajo: «El trípode siempre tiene que estar bien fijado para que tu mente pueda volar». Tras nueve extenuantes meses de aprendizaje, Roversi emprendió su propio camino.
Su primera gran oportunidad llegó en 1977, cuando Marie Claire le encargó un importante reportaje de moda, un trabajo que empezó a abrirle las puertas de la industria. Tres años después, en 1980, descubrió en el Studio Pin-Up de París una gigantesca y aparatosa cámara Polaroid de 20 × 25 centímetros. Ese mismo año, una campaña de belleza para Christian Dior amplió considerablemente su reconocimiento internacional y contribuyó a consolidar un lenguaje visual que acabaría siendo inseparable de su nombre.
Durante casi treinta años, Roversi fue inseparable de su Polaroid de gran formato, hasta el punto de que su particular lenguaje visual acabaría siendo conocido como «Paoloroid». Mientras otros fotógrafos utilizaban estas imágenes como simples pruebas de luz, él las concebía como obras finales e irrepetibles y comparaba su aura con la de los daguerrotipos del siglo XIX. Cuando Polaroid dejó de fabricar aquel material en 2008, Roversi se adaptó a la fotografía digital sin abandonar su filosofía lenta y meditativa.
Sigue siendo un maestro de la larga exposición. En una industria obsesionada con las ráfagas y la velocidad de disparo, Roversi deja el obturador abierto durante varios segundos. «Una pose larga le da tiempo al alma para surgir. Y le da al azar el tiempo de intervenir», explica. Bajo esa exposición prolongada, la figura humana se suaviza y se difumina hasta adquirir una cualidad espectral. «Cualquier fotografía, cuando la miras, es como un fantasma, una pequeña aparición», reflexiona. «Es una presencia ausente y, al mismo tiempo, una presencia que sí está ahí (…) un presente continuado».

La pintura con luz ocupa un lugar central en su estética. En lugar de recurrir a agresivos flashes de estudio, Roversi trabaja en la oscuridad y modela a sus sujetos con una linterna Mag-Lite para obtener un profundo claroscuro.
«Me gusta pensar en la fotografía como una página negra en la que escribo con luz», explica. «La música se escribe en una página blanca, los dibujos se trazan en una hoja blanca, pero la fotografía es una página negra en la que marcamos con luz… El negro es esencial para la fotografía porque la luz se expresa en la oscuridad».
El método elimina el ruido del entorno hasta dejar únicamente la esencia del sujeto. Inspirado por retratistas como Julia Margaret Cameron, Erwin Blumenfeld y Man Ray, Roversi prioriza la resonancia emocional frente a la precisión digital. No se limita a documentar prendas: busca capturar un secreto, una belleza interior.
El propio título de la exposición, Doubts, desafía a una industria obsesionada con la previsibilidad. «Las dudas abren la puerta a la creatividad y la imaginación, de igual modo que las certezas la cierran», insiste Roversi. Muchas de sus imágenes más memorables nacieron, precisamente, de errores técnicos. En 1990 reveló accidentalmente un negativo en color como si fuera un positivo en blanco y negro y descubrió una estética inesperada que terminó incorporando a su lenguaje.
Otro accidente célebre ocurrió durante una sesión de 1998 para Alberta Ferretti con las gemelas Lida y Alexandra Egorova. Al separar la Polaroid, la emulsión se desgarró y dejó una marca rosada justo donde se unían los brazos de las hermanas. En lugar de desechar la fotografía, Roversi aceptó la imperfección al descubrir que aquella cicatriz visual parecía expresar la fragilidad del vínculo entre ambas. «Cuando ocurren accidentes, es una delicia, un regalo del cielo», afirma.
Ese profundo respeto por la vulnerabilidad ha convertido a Roversi en una de las figuras que mayor confianza despiertan entre algunas de las mujeres más fotografiadas del mundo. A lo largo de cinco décadas, iconos como Kate Moss, Naomi Campbell, Milla Jovovich, Rihanna o Miley Cyrus han posado desnudas —literal y metafóricamente— ante su objetivo.

«Sus desnudos son poéticos, puros, inocentes, nada provocativos», afirma la influyente editora y galerista italiana Carla Sozzani. «Paolo respeta a la mujer. No son unos desnudos sin más, llevan su sello: existe una coherencia entre ellos, funcionan como esculturas». El propio Roversi contempla estas imágenes no como estudios de anatomía, moda o erotismo, sino como retratos. «Son como ángeles, pequeñas madonas», dice a propósito de los 44 desnudos de cuerpo entero sobre un mismo fondo blanco que forman la sobrecogedora sección Beauty de la exposición.
Esta búsqueda del alma resulta igualmente visible en sus históricas colaboraciones con algunos de los diseñadores más vanguardistas de la moda. Roversi ha mantenido durante décadas una relación creativa con Rei Kawakubo, de Comme des Garçons, Yohji Yamamoto y el italiano Romeo Gigli. Estos creadores no se limitan a enviarle prendas: le conceden completa libertad para interpretar sus universos.
Roversi recuerda la intimidad de tener a Azzedine Alaïa o John Galliano vistiendo personalmente a las modelos en su estudio parisino como un privilegio excepcional. «Es como ser un pianista interpretando un concierto de Mozart y tener al propio Mozart pasando las páginas de la partitura», explica.
Sin embargo, la exposición demuestra que su mirada conserva la misma sensibilidad cuando abandona las cumbres de la alta costura. En la sección People, los visitantes se enfrentan a un denso mosaico de fotografías de carnet protagonizadas por personas anónimas. Realizado entre 1996 y 1997, el proyecto nació cuando Roversi instaló una especie de fotomatón público en los emblemáticos grandes almacenes Tati de París. Invitaba a clientes y empleados a entrar gratuitamente en la cabina y, cuando percibía una conexión genuina, accionaba el obturador desde fuera.
«Aunque lo que tomaba eran fotos de pasaporte, en realidad se trataba de encontrar una identidad más profunda», explica Roversi. «No es solo una instantánea (…) Es necesario encontrar la foto de pasaporte que vino antes: la foto de pasaporte del alma». Entre aquellos rostros anónimos aparece incluso la actriz Victoria Abril, fotografiada allí por casualidad en 1997.
España emerge así como un hilo recurrente en el universo creativo de Roversi. Décadas después de aquel viaje adolescente que despertó su fascinación por la fotografía, volvió a encontrarse con el talento español en 2019. Mientras preparaba el calendario Pirelli de 2020, Clara Belleville —que había vivido en España y estaba fascinada por una estrella flamenca en pleno ascenso— convenció al fotógrafo para incluir a una joven Rosalía, todavía a las puertas del fenómeno global, entre sus Julietas de Shakespeare.

«Le dije: “Tienes que hacer fotos con ella porque tiene presencia, tiene algo extra que te encantará”», recuerda Belleville. Las imágenes resultantes muestran a Rosalía con esa intensidad suspendida y atemporal que define la mirada de Roversi.
En última instancia, Roversi constituye una anomalía por su radical indiferencia hacia las tendencias. Como escribe Marta Ortega Pérez, presidenta de la Fundación MOP: «Indiferente a las modas pasajeras, Paolo ocupa un lugar único en la fotografía de moda: está en el corazón del sistema y, al mismo tiempo, al margen de él».
La exposición concluye con Fading, una sala de imágenes que parecen disolverse sobre el papel blanco. Es una meditación silenciosa sobre el paso del tiempo. «Todo se desvanece, pero la gente sigue viva a través de la memoria, y lo mismo ocurre con estas fotografías», señala Belleville.
En una era dominada por la saturación digital, la obra de Roversi funciona como una forma de resistencia poética. Sus fotografías son sueños lentos que recuerdan que la belleza no reside necesariamente en la perfección clínica, sino en los frágiles misterios de la sombra y en aquello que parece estar a punto de desaparecer.
Detalles de la exposición
- Exposición: Doubts, de Paolo Roversi
- Lugar: Centro MOP, Muelle de Batería, A Coruña, Galicia
- Fechas: abierta todos los días hasta el 20 de septiembre de 2026
- Entrada: gratuita. Los beneficios generados por el merchandising de las exposiciones contribuyen al programa Future Stories, destinado a apoyar a jóvenes creadores.

