Este fin de semana, la cartelera teatral madrileña suma dos estrenos casi simultáneos del Centro Dramático Nacional (CDN). Más que un emparejamiento casual, las dos producciones ofrecen una buena muestra de la diversidad de la escena española contemporánea. En el Teatro Valle-Inclán, la compañía gallega Chévere propone una investigación escénica sobre el trauma histórico y la construcción de la memoria colectiva. Mientras, en la Sala de la Princesa del Teatro María Guerrero, la dramaturga y directora Noemi Rodríguez presenta una tragicomedia íntima sobre el derrumbe de una relación. Radicalmente distintas en tono y estética, ambas se preguntan qué ocurre cuando aquello sobre lo que se ha construido una vida —individual o colectiva— comienza a resquebrajarse.
ICTUS: una lección de anatomía sobre la memoria histórica
ICTUS (Anatomía de “La última lección” de Castelao), escrita y dirigida por Xron, lleva a la Sala Francisco Nieva del Teatro Valle-Inclán una nueva incursión de Chévere en el teatro documental. La obra parte de A derradeira leición do mestre, el último cuadro de Castelao, pintado en 1945 en el exilio argentino como homenaje a Alexandre Bóveda, político republicano fusilado tras el golpe de Estado de 1936.
El detonante llegó mucho después. En octubre de 2018, el Gobierno gallego recibió la obra en la Cidade da Cultura de Santiago de Compostela. Al ver las fotografías de las autoridades reunidas alrededor del lienzo extendido sobre una mesa, Chévere encontró un paralelismo con La lección de anatomía del doctor Tulp, de Rembrandt. A partir de esa imagen, la compañía comenzó a preguntarse cómo se presenta, interpreta y transforma públicamente la memoria histórica.
En la rueda de prensa de este jueves, Xron situó esa preocupación en un terreno mucho más inmediato. La obra, explicó, habla de la responsabilidad de una generación que empieza a perder a quienes vivieron más cerca de aquel pasado. “Nos toca asumir la responsabilidad […] de recordar bien”, afirmó, antes de resumir el núcleo político del montaje en una frase: “Para tener una buena democracia hay que tener una buena memoria”.

La ficción se construye alrededor de una mujer que sufrió un ictus durante aquel acto de 2018 y cuya memoria ha quedado fragmentada. Desde esa laguna comienza una reconstrucción en la que se mezclan documentos reales y materiales inventados, testimonios, fotografías, vídeos y declaraciones. El reparto lo forman Borja Fernández, Miguel de Lira, Patricia de Lorenzo, Marcos Pereira y Gema Santos.
Pero la investigación de Chévere no se limita al contenido. La accesibilidad forma parte del lenguaje de la obra desde su concepción. Patricia de Lorenzo recordó que, durante la creación de Helen Keller, ¿la mujer maravilla?, la compañía tomó conciencia de que llevaba más de treinta años haciendo teatro “discriminando a una parte de la población”. Desde entonces, explicó, la accesibilidad se incorpora desde el inicio de los procesos creativos y no como un añadido posterior.
En ICTUS, todas las funciones cuentan con audiodescripción en directo, lengua de signos integrada en escena y sobretítulos. La audiodescripción, además, se convierte en una voz narrativa que acompaña a todo el público, no únicamente a los espectadores con discapacidad visual. El resultado es un montaje en el que la forma de recordar importa tanto como aquello que se recuerda.
Al final de las cosas: una boda kitsch para una pareja que se rompe
Del terreno de la memoria colectiva pasamos a una pérdida mucho más íntima. Al final de las cosas se estrena este viernes en la Sala de la Princesa del Teatro María Guerrero con las localidades agotadas. Escrita y dirigida por Noemi Rodríguez y protagonizada por la propia creadora junto a Alejandro Jato, la obra retrata a una pareja que todavía se quiere cuando continuar juntos parece tan imposible como separarse.
“Quedarse es una mala idea, irse también es una mala idea”, resumió Rodríguez durante la presentación. La dramaturga sitúa a sus personajes en ese instante de desconcierto en el que los relatos que habían construido sobre sí mismos comienzan a derrumbarse. Si hubiera que condensar la obra en una imagen, añadió, sería “una caída a cámara lenta” de una promesa compartida.
La tragedia, sin embargo, no nace de la falta de amor. Jato explicó que la pieza pone el foco en “el patetismo” y “la ternura” de dos personas que deben separarse “a pesar de tener un amor muy grande por el otro”. De ahí que el actor encuentre también en la obra una reflexión sobre los finales, el duelo y la conciencia de que aquello que se pierde no siempre se pierde porque haya dejado de importar.

Todo sucede alrededor de una boda, símbolo tradicional de un comienzo que aquí se vuelve sospechoso desde el primer momento. La Sala de la Princesa se transforma en una nave industrial de Getafe que, a su vez, adopta la apariencia de una capilla de Las Vegas. “Una boda representa un principio siempre”, recordó Rodríguez, aunque reconoció que basta con contemplar la estética de esa ceremonia para sospechar que algo no va a salir bien.
La escenografía de Pablo Chaves parte de un universo rosa, bello y excesivo que se va descomponiendo al mismo tiempo que la relación. El vestuario de Cecilia Molano sigue ese mismo proceso, mientras el espacio sonoro de Marc Álvarez y la coreografía de Amaya Galeote trasladan el dolor de la ruptura también al cuerpo.
Rodríguez introduce además una inquietud generacional: qué significa comprometerse en una época atravesada por la sensación de que siempre existe otra posibilidad esperando. En la rueda de prensa, Jato relacionó esa dificultad con una cultura de la elección permanente y planteó incluso la duda de si, hoy, quedarse puede convertirse también en un acto de valentía.
De la memoria histórica de ICTUS al duelo amoroso de Al final de las cosas, los dos nuevos montajes del CDN observan así distintos tipos de derrumbe. Uno pregunta qué sucede cuando una sociedad altera o pierde la memoria de su pasado; el otro, qué queda cuando dos personas tienen que despedirse de la vida que habían imaginado juntas.

