El Centro Dramático Nacional estrena una de sus apuestas más significativas de la temporada: Grito, boda y sangre, una relectura contemporánea de Bodas de sangre de Federico García Lorca que llega al Teatro María Guerrero (Sala de la Princesa) del 23 de enero al 1 de marzo de 2026. No es una adaptación “accesible” en el sentido habitual, ni un montaje al que después se le incorporan herramientas de inclusión. Esta propuesta —bilingüe, visual y profundamente física— nace desde el origen en lengua de signos española y sitúa en el centro a dos intérpretes sordas: Mari López y Emma Vallejo.
La directora, Ángela Ibáñez Castaño, lo formula sin ambigüedades: “Dirigir Grito, boda y sangre supone, para mí, un acto de reivindicación, de memoria y de libertad”. Reivindicación, porque el acceso al teatro sigue siendo desigual; memoria, porque Lorca encarna a quienes han sido callados por la historia; libertad, porque esta versión celebra la diferencia como potencia creativa. En esa triple formulación está la clave de un espectáculo que no solo reinterpreta a Lorca: reinterpreta también la escena española y sus fronteras invisibles.

La dramaturgia es de Iker Azkoitia —guionista y dramaturgo vinculado a proyectos audiovisuales y teatrales que cruzan realidades culturales y comunicativas—, y la dirección asociada corre a cargo de Julián Fuentes Reta, con una trayectoria destacada en teatro público y propuestas inclusivas. El resultado es un montaje de gran densidad sensorial, en el que conviven la lengua oral (castellano), la lengua de signos, el visual vernacular, la danza signada, la música en directo y el trabajo con títeres y objetos escénicos. Todas las funciones, además, contarán con audiodescripción.
La historia se articula desde un planteamiento tan directo como simbólico: dos adolescentes sordas se quedan solas en el aula de teatro de su instituto mientras el resto del grupo asiste a una función no accesible. En ese gesto inicial —realista y cotidiano— se concentra un tipo de exclusión silenciosa que rara vez llega al escenario. A partir de ahí, el montaje se abre hacia lo onírico: entre pupitres y baúles polvorientos, las jóvenes comienzan a improvisar con Lorca, y el aula se transforma. La pizarra revela ilustraciones del poeta, los objetos mutan, los límites entre realidad y ficción se diluyen. Lo que parecía un juego se convierte en una travesía poética.
Ese viaje no tiene como destino una simple actualización de Bodas de sangre, sino una exploración emocional de su núcleo trágico: el deseo, la pérdida, el golpe seco de una juventud truncada. El dossier define la tragedia desde una idea que dialoga con el presente: la muerte no solo del cuerpo, también “la de los sueños, cuando se crece sin referentes ni espacios donde imaginarse un futuro”. La pregunta, entonces, no es solo narrativa, es vital: ¿cómo se construye el deseo —y el derecho a soñar— cuando el mundo ha decidido que tu lengua y tu mirada pertenecen al margen?
Ángela Ibáñez Castaño coloca el foco precisamente ahí. “La comunidad sorda ha estado demasiado tiempo apartada del teatro”, afirma. Y señala un punto que suele quedar fuera del debate institucional: no basta con abrir la puerta, hay que cambiar la arquitectura. Las propuestas existentes, advierte, rara vez se han pensado “desde su cultura, su ritmo o su manera de ver y sentir el mundo”. Por eso insiste en el gesto radical del montaje: “Esta puesta en escena no es una traducción accesoria, sino una creación concebida en lengua de signos desde el inicio. Y eso transforma todo: la energía, el lenguaje visual, el modo en que los cuerpos narran”.
Esa concepción transforma la puesta en escena en algo más que un relato: convierte el cuerpo en escritura. No como metáfora, sino como sistema expresivo completo. El montaje propone una experiencia “sensorial” y compartida que persigue un objetivo preciso: que oyentes y personas sordas ocupen el mismo lugar emocional “desde códigos distintos, pero en igualdad de condiciones”. La idea de igualdad aquí no significa uniformidad: significa convivencia plena entre lenguajes, con el mismo peso, sin jerarquías. Un teatro que no “traduce”, sino que crea desde la pluralidad.
El equipo artístico refuerza esa ambición formal. La escenografía está firmada por Laura Ordás y José Luis Raymond; la iluminación por Nuria Henríquez Navarro; el vestuario por Marta Muñoz Sigüenza; la composición y dirección musical por Josete Ordóñez; el vídeo por Berta Frigola Solé; y la coreografía por Lucile Préat. La dimensión de objetos y animación se apoya en Julieta y Putxa, de Zero en conducta, especialistas en teatro visual y manipulación.
El reparto lo integran Mari López y Emma Vallejo, dos actrices sordas con perfiles complementarios. López cuenta con una trayectoria escénica marcada por su dominio del visual vernacular, y ha participado en producciones pioneras como Ricardo III (la primera obra representada en un teatro nacional exclusivamente en lengua de signos española y portuguesa). Vallejo combina teatro y televisión, con trabajos en series como Atasco y Detective Romi, y una sólida formación interpretativa.
La propia directora encarna esta línea de investigación: Ibáñez Castaño —Madrid, 1987— es actriz sorda y suma más de veinte años de trayectoria en teatro nacional y europeo. Ha trabajado en montajes del CDN como Cáscaras vacías, Tribus o Madre coraje y sus hijos, y se ha especializado en teatro en lengua de signos en la Universidad Jean Jaurès de Toulouse. En 2023 realizó además la primera traducción al español signado de una obra del Siglo de Oro, La dama boba, presentada en taller por la Compañía Nacional de Teatro Clásico en 2025.
Con Grito, boda y sangre, el Centro Dramático Nacional no solo programa un Lorca contemporáneo: programa una forma distinta de entender la escena. La directora lo resume como una invitación y una ruptura: “Grito, boda y sangre no solo ofrece una nueva forma de mirar a Lorca. También es una invitación a mirar el teatro —y el mundo— desde otro lugar”. Un lugar donde el acceso no sea un añadido, y donde el derecho a soñar pueda decirse, por fin, “en voz alta o en lengua de signos”.


