Hay novelas que envejecen como un cuadro: las miras y la habitación cambia de temperatura. Cumbres borrascosas es una de ellas. Durante décadas, el cine la trató como un romance trágico con bruma, páramo y buenos modales rotos a golpes. Pero la nueva adaptación dirigida por Emerald Fennell ha decidido apretar justo donde el mito se pone incómodo: en el cuerpo, en el deseo, en lo que la novela sugiere con violencia emocional y que ahora se vuelve explícito, casi programático.
El resultado —estreno en cines este 13 de febrero de 2026— está dividido entre la fascinación y el rechazo, como si la película quisiera demostrar, a su manera, que Cumbres borrascosas no se escribe para gustar, sino para perturbar.
En términos de industria, el gancho es irresistible. Jacob Elordi y Margot Robbie encabeza un título que el público cree conocer de memoria. Y sin embargo, la propia directora insiste en la idea contraria: no existe la obra trasladada sin pérdida, solo versiones. Por eso el filme se presenta como una lectura libre —incluso en su forma de marketing—, y por eso la conversación alrededor de Cumbres borrascosas vuelve a ser la misma de 1847: qué hacemos cuando una historia se niega a ser domesticada.
Una novela que nunca fue un romance limpio
La primera trampa de Cumbres borrascosas es el etiquetado. La novela de Emily Bronte se vende a menudo como un amor imposible, pero el corazón del libro es más áspero: pasión y odio como dos caras del mismo cuchillo, afectos convertidos en propiedad, y una casa que funciona como laboratorio de crueldad cotidiana. Ese tono —violento, amoral, incómodo— fue el motivo por el que muchos lectores victorianos la recibieron con escándalo, tachándola de brutal e inmoral.
También es una novela sobre jerarquías: herencias, clases, educación, el poder de un apellido. El conflicto íntimo se sostiene sobre algo material: quién manda, quién pertenece, quién queda fuera. Si el libro golpea, no es solo por la intensidad romántica, sino porque su mundo está diseñado para que el deseo se convierta en deuda, y la deuda en castigo. Esa lectura política —patriarcado, sistema de clases, violencia doméstica— lleva años impulsando estudios que discuten la obra como algo más que un melodrama gótico.

Y luego está el detalle formal. Cumbres borrascosas es una novela narrada en diferido, por capas. Esa estructura hace que la verdad sea resbaladiza. El lector sospecha, completa, interpreta. No es un relato que lo ponga todo delante: es un relato que te obliga a trabajar y, al hacerlo, te mete más dentro.
El giro de 2026: erotizar lo que antes se insinuaba
La nueva película de Emerald Fennell se instala en una idea provocadora: el clásico ha sido leído durante demasiado tiempo como una pasión “sin sexo”, como si lo feroz pudiera existir sin carne. En entrevistas y conversaciones recientes, Fennell defiende lo contrario: que en el texto hay una energía sadomasoquista, una pulsión física, y que su adaptación solo la subraya en pantalla. En esa decisión está el núcleo del enfoque más erótico que rodea hoy a Cumbres borrascosas.
No es solo una cuestión de tono. Según se ha contado sobre la adaptación, la película recorta parte de la arquitectura narrativa del libro: prescinde de elementos estructurales —como buena parte de la segunda mitad y ciertos marcos de narración— para concentrarse en el núcleo pasional y en una experiencia más directa, más sensorial. Es decir: menos genealogía y más impacto.
En ese viaje, la cinta también introduce símbolos propios (motivos visuales que no forman parte del imaginario tradicional de la novela) y da más aire a personajes que antes orbitaban el drama como satélites.
Algunas reseñas han señalado, por ejemplo, una relectura más protagonista de Isabella, llevándola a un terreno abiertamente sexualizado en clave de dominación y juego de poder. Y ahí vuelve la pregunta: ¿la película revela capas ocultas de Cumbres borrascosas o las reemplaza por una estética de choque?
Cuando subes el volumen del deseo, cambias la historia
Hay una consecuencia inevitable: si conviertes el deseo en algo explícito, alteras el tipo de tensión que sostiene Cumbres borrascosas. En la novela, gran parte del magnetismo está en lo que no se resuelve, en el hambre que no encuentra forma aceptable, en la idea de que la unión es imposible incluso cuando parece inevitable. El anhelo es motor; la consumación, a veces, lo apaga. Por eso parte de la crítica ha discutido si darles una vida sexual intensa a los protagonistas puede desactivar la potencia del anhelo que hace única a la obra.
Pero también es cierto lo contrario: poner el cuerpo en primer plano puede hacer visible lo que el cine de época suele limar. Si Cumbres borrascosas trata de posesión, control, violencia afectiva, entonces un enfoque erótico puede volverse una herramienta para mostrar que el amor aquí no es un refugio, sino un campo de batalla.

Lo erótico como lenguaje del poder, no como simple “subida de temperatura”. Y ahí la película tiene una aliada inesperada: la música y la cultura pop como aceleradores del clima emocional, con Charli XCX vinculada al proyecto y a su banda sonora, en una apuesta por mezclar gótico y modernidad en el mismo pulso.
El problema es de equilibrio. Un enfoque más erótico puede abrir la obra o puede estrecharla. Puede iluminar la toxicidad o convertirla en fetiche. Puede traducir el infierno íntimo de Cumbres borrascosas a imágenes contemporáneas o quedarse en el gesto provocador, en el “mira cuánto me atrevo”. Y ese es, precisamente, el debate crítico que ha estallado con el estreno. Para unos, la película captura la transgresión; para otros, la estetiza sin atravesarla.
¿Por qué seguimos volviendo a ‘Cumbres borrascosas’?
Lo curioso es que la discusión ya estaba escrita en el ADN del libro. Cumbres borrascosas fue revolucionaria porque no ofrecía moraleja cómoda, ni personajes diseñados para ser queridos, ni un castigo tranquilizador que pusiera orden en el mundo. En 1847, eso fue un shock. En 2026, sigue siéndolo, aunque cambien los mecanismos del escándalo: antes era la inmoralidad; ahora es el modo en que el deseo se exhibe, se estetiza o se critica.
Por eso cada nueva adaptación funciona como una prueba de estrés cultural. No solo actualiza una historia: actualiza nuestra tolerancia a lo incómodo. Y ahí la lectura de Fennell, con Warner Bros. Pictures detrás, se inserta en una época obsesionada con revisitar clásicos para discutir el presente: quién tiene derecho a desear, cómo se romantiza el daño, qué parte de la violencia aceptamos si viene envuelta en belleza.

En el fondo, la nueva película devuelve Cumbres borrascosas a un lugar que le pertenece: el del conflicto. No el de historia bonita para San Valentín, sino el de relato que incomoda porque no pide permiso. Que una adaptación se atreva a leerla desde lo erótico no significa necesariamente que la entienda mejor. Pero sí significa que entiende algo esencial: que este clásico no está vivo por su decoración gótica, sino por su capacidad de seguir discutiéndonos.
