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Manuela Lorente: cinco mujeres encerradas y un confinamiento convertido en fotonovela

La fotógrafa Manuela Lorente publica '¡Qué risa, todas lloran!', una comedia visual protagonizada por ella y su madre que cruza costumbrismo, cultura popular y humor negro

Manuela Lorente: cinco mujeres encerradas y un confinamiento convertido en fotonovela
Manuela Lorente: cinco mujeres encerradas y un confinamiento convertido en fotonovela
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Manuela Lorente estaba acostumbrada a encontrar sus historias en las calles de Madrid. Salía con la cámara, recorría distintos barrios y fotografiaba escenas que podían parecer preparadas, aunque hubieran ocurrido delante de ella sin intervención alguna. La llegada del confinamiento en 2020 interrumpió ese método de trabajo. Recluida en casa junto a su madre, la fotógrafa madrileña decidió construir aquello que hasta entonces se había limitado a observar: inventó una familia, repartió los personajes entre las dos y convirtió la vivienda en el escenario de una comedia doméstica.

El proyecto se publica ahora con el título ¡Qué risa, todas lloran!, un fotolibro editado por Dalpine que reúne 160 páginas y cuesta 35 euros. La obra combina fotografía, cine, literatura y novela gráfica para contar la convivencia de cinco mujeres durante un encierro que lleva sus manías, frustraciones y deseos hasta el absurdo. Lorente presenta el volumen este jueves en la librería madrileña Cabeza de Chorlito.Libro fotonovela '¡Qué risa, todas lloran!', de Manuela Lorente

Libro fotonovela ‘¡Qué risa, todas lloran!’, de Manuela Lorente

La familia está formada por tres hermanas, su madre y una tía. Camila, la más rebelde, lleva bata de leopardo y enormes uñas de colores. Antes del confinamiento se movía en el ambiente del parkineo y traficaba con drogas; cuando desaparece la calle, sustituye su antigua actividad por una línea erótica. Manoli atraviesa una ruptura sentimental vestida de novia y refugiada en su fascinación por la sociedad victoriana. Leire, dependiente de los ansiolíticos y obsesionada con los tiburones, pasa largos periodos bajo la ducha.

La madre, Carmela, combate el miedo al contagio mediante una limpieza compulsiva y una identificación teatral con las grandes actrices del Hollywood clásico. Para completar la convivencia invita a su hermana Margarita, una viuda de estética rural y espíritu punki que ha convertido el refranero en guía práctica. El resultado remite a las familias disfuncionales de la comedia española, con ecos de Aquí no hay quien viva, el cine de Pedro Almodóvar y el humor negro de A dos metros bajo tierra, serie que Lorente estaba viendo cuando comenzó el encierro.

Las dos únicas modelos fueron la propia fotógrafa y su madre, caracterizadas sucesivamente como los cinco personajes. La limitación de medios terminó definiendo la propuesta visual. Los planos cerrados, el flash directo y una paleta de colores intensos fragmentan el interior de la casa y evitan que el lector contemple el espacio de una manera completa. Cada imagen aporta un gesto, un objeto o una situación, mientras el argumento se construye mediante asociaciones.

Autorretrato de Manuela Lorente interpretando el personaje de Camila
Autorretrato de Manuela Lorente interpretando el personaje de Camila

Lorente trabajó con margen para la improvisación y evitó reproducir la rigidez de una secuencia cinematográfica. Una película muestra el desarrollo de una acción; las fotografías de ¡Qué risa, todas lloran! se detienen antes o después de que suceda el acontecimiento principal. El lector debe interpretar las pistas y completar aquello que ha quedado fuera del encuadre. Esa participación convierte el libro en una narración abierta, más interesada en provocar hipótesis que en ofrecer una historia cerrada.

El texto también desempeña un papel fundamental. Pedro Colao León escribió junto a la autora las presentaciones de las cinco protagonistas, mientras una selección de diálogos procedentes del cine y la televisión acompaña las fotografías como las cartelas de una película muda. Lorente extrae frases de obras alejadas entre sí, entre ellas Familia, de Fernando León de Aranoa; Alicia ya no vive aquí, de Martin Scorsese; Granujas de medio pelo, de Woody Allen; Eva al desnudo, de Joseph L. Mankiewicz, y Aquí no hay quien viva.

La mezcla crea, según explica la fotógrafa, una suerte de Frankenstein audiovisual: fragmentos concebidos para argumentos y personajes diferentes encuentran otra función al entrar en contacto con sus imágenes. El procedimiento permite reconocer referencias conocidas sin quedar sometido a ellas. Las frases abren posibles relaciones entre las mujeres y conectan sus excentricidades con experiencias comunes como la soledad, la amistad, el miedo o las dificultades de la convivencia.

El humor sirvió a Lorente para procesar la incertidumbre de aquellos meses. Su hipocondría hacía especialmente difícil el encierro y la ficción le permitió exagerar el miedo hasta volverlo manejable. La familia inventada funciona al mismo tiempo como lugar de protección y espacio de conflicto: sus integrantes dependen unas de otras, pero la proximidad permanente agrava cuanto las separa.

Imagen perteneciente a ‘¡Qué risa, todas lloran!’ publicado por Dalpine (2026).Manuela Lorente
Imagen perteneciente a ‘¡Qué risa, todas lloran!’ publicado por Dalpine (2026).
Manuela Lorente

La elección de cinco mujeres también amplía el sentido doméstico del proyecto. Las protagonistas afrontan el aislamiento mediante tareas, obsesiones y fantasías vinculadas a distintos modelos femeninos: la madre que desinfecta, la novia abandonada, la joven sexualizada, la mujer medicada y la viuda que se refugia en la sabiduría popular. La comedia de Lorente lleva esos estereotipos hacia la caricatura y descubre tras ellos una forma de supervivencia.

¡Qué risa, todas lloran! forma parte de ¿Es usted quien creo que es?, un proyecto compuesto por seis historias independientes ambientadas en Madrid. El nuevo libro constituye su tercera entrega publicada, después de Él pone la música, nosotras bailamos, de 2021, y ¿Y a esta rata quién la mata?, de 2022. Las tres propuestas mezclan el costumbrismo, la picaresca, la cultura popular y una teatralidad que surge de comportamientos reales.

La primera alternaba imágenes encontradas en la calle con fotografías escenificadas; la segunda tenía un carácter documental; la tercera se construyó dentro de casa y a partir de una ficción. Parte del proyecto completo pudo verse este verano dentro de PHotoEspaña en el Antiguo Hospital de Santa María la Rica, en Alcalá de Henares, donde se presentó como una mirada lúdica y crítica sobre la identidad urbana y las tradiciones populares.

Fotografía de Manuela Lorente con los enseres personales de sus protagonistas en '¡Qué risa, todas lloran!'
Fotografía de Manuela Lorente con los enseres personales de sus protagonistas en ‘¡Qué risa, todas lloran!’

Lorente, nacida en Madrid en 1991, estudió Arquitectura antes de cursar el Máster Internacional de Fotografía y Gestión de Proyectos de EFTI. La formación arquitectónica aparece en su manera de utilizar los interiores, organizar los cuerpos dentro del encuadre y atender a la transformación de la ciudad. Su obra se ha concentrado en personajes, comercios y formas de vida que pierden espacio en los barrios sometidos a procesos de homogeneización.

En sus trabajos de calle, las historias nacen después de las fotografías. Lorente acumula encuentros, detalles y situaciones inesperadas y, al revisar el material, descubre conexiones con las que construye un relato. El confinamiento invirtió parcialmente ese procedimiento porque tuvo que levantar un mundo dentro de un espacio limitado. Sin embargo, mantuvo la atención sobre aquello que recorre toda su obra: las rarezas de la vida cotidiana, la identidad popular y los personajes que convierten la ciudad en un escenario.

¡Qué risa, todas lloran! conserva esa mirada aunque la calle desaparezca de las imágenes. Tras la puerta cerrada se mantiene un pequeño Madrid compuesto por refranes, batas de leopardo, melodramas, medicamentos, cine clásico y conflictos familiares. Lorente reunió sus materiales dentro de casa y encontró en su madre a todo un reparto. La ficción le permitió continuar fotografiando una realidad que, durante aquellos meses, había quedado temporalmente fuera de alcance.

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