Desde hace un tiempo hay algo místico flotando en el ambiente cultural; discos que hablan de rituales sin nombrar a ningún dios, películas que se refugian en monasterios sin proponer ninguna conversión, novelas que buscan lo sagrado sin pasar por ninguna iglesia. A esa corriente, que muchas llevábamos observando sin saber muy bien cómo nombrarla, se suma ahora El retiro, la novela con la que Charlotte Wood quedó finalista del Premio Booker 2024 y que Libros del Asteroide acaba de publicar en España.
La protagonista de El retiro, agnóstica declarada, incapaz de rezar y agotada por una vida entregada al activismo, se instala en una comunidad religiosa rural australiana sin ningún plan espiritual concreto. Solo quiere silencio. Le preguntamos a Wood qué buscaba realmente su personaje en ese espacio si no era la fe: “no lo entiende del todo ella misma, pero de forma inconsciente la empuja hasta allí una necesidad, un instinto animal, de ir a un lugar en el que nunca ha estado pero que, sin embargo, es su hogar”. El paisaje le resulta familiar y a la vez le permite esconderse. En su mente consciente no va tanto hacia algo como huyendo de otra cosa, de la desesperación por no haber logrado nada en su vida activista. Solo cuando lleva un tiempo allí, su antiguo duelo personal regresa como una fuerza con la que tiene que volver a lidiar.
Esa fuga hacia el silencio no nace en el vacío. Wood se crio en un contexto católico y abandonó la religión al final de la adolescencia; reconoce que desde entonces ha sentido, con cierta melancolía, la ausencia de una vida espiritual que dejó atrás. Por eso, cuando le preguntamos si El retiro forma parte de esta ola cultural de espiritualidad sin templo, nos cuenta que: “llegué a mi historia por los caminos habituales, tortuosos y desiguales, de mi propio pensamiento creativo brumoso, combinando cosas dispares (monjas, ratones, huesos viejos y demás) para ver qué surgía de esas combinaciones”. Pero admite que personalmente recurrió al arte como lugar donde buscar lo sagrado, y que quizás haya algo de nostalgia en esta memoria cultural de la religiosidad sin fe religiosa. Lo que sí tiene claro es que anhelamos ritual y estabilidad en un mundo caótico y aterrador, y que la religión organizada ofrece precisamente eso, así que no le sorprende que las artistas quieran incorporarlo a su trabajo aunque no se propongan seguir ninguna moda.
Wood buscaba una dimensión moral que otros retiros no ofrecen, y quería explorar “su propia memoria transformada e incluso distorsionada”, tomando prestada la expresión de Elizabeth Hardwick que abre el libro, sobre cómo la religión impregnó su infancia y adolescencia. También le interesaba el contraste entre ateísmo y fe jugado dentro de una comunidad cerrada, la lucha ética de su narradora por entender qué cree realmente, y su pelea contra el juicio hacia sus compañeras de retiro, esa batalla por someter el propio ego. Nada de eso hubiera sido posible entre las paredes de un spa.
Las tareas domésticas del convento, repetitivas y sencillas, se convierten en fuente de placer para la protagonista, aunque podría hacerlas exactamente igual en su vida en Sídney. Le preguntamos por qué allí son placenteras y no en cualquier otro lugar, y reconoce que muchas veces no lo son, o no todo el tiempo, pero que someterse a la repetición y a la sencillez de esas tareas manuales forma parte de la búsqueda espiritual y de la conquista del ego. Hay consuelo en ver que lo que tienes delante es todo lo que hay; fregar los platos o barrer el suelo puede convertirse en una meditación en sí misma. Fuera de una vida ritualizada, dice, cuesta más recordarlo. La suya está guiada por siglos de tradición monástica, la fórmula latina ora et labora, rezar y trabajar, y es ese peso el que transforma el gesto doméstico en consuelo en lugar de carga.
La novela deja entrar el mundo exterior a través de una pandemia global y una plaga local de ratones, dos amenazas de escala muy distinta pero igual de invasivas. Para ella, “la combinación de una enfermedad persistente con la saturación informativa, la crueldad de las redes y la manera en que estamos externalizando nuestro pensamiento a la inteligencia artificial nos está, literalmente, volviendo locas”. Buscar espacios lejos de todo eso le parece natural, sano y racional, aunque durísimo de conseguir en la vida real.
Y ahí es donde la conversación con Wood deja de hablar solo de su libro para hablar de todas nosotras. Le preguntamos si cree que la literatura, el cine o la música se están convirtiendo en el nuevo espacio donde procesamos las preguntas que antes resolvía la iglesia. Le encantaría pensar que sí, aunque teme que el auge de la inteligencia artificial generativa y la fragmentación de la vida digital nos estén arrebatando incluso el deseo de procesar cualquier pregunta. Pero se declara esperanzada; cree que “estamos llegando a un punto de inflexión, entendiendo que nuestra supervivencia depende de cuidar las relaciones con las demás y con el planeta, y que el arte hecho por manos humanas, no por máquinas, puede ayudarnos a sostener precisamente eso.”
El retiro propone habitar el mundo de otra manera, con más atención y más compasión hacia nuestra fragilidad compartida. Y si la crítica internacional coincide en algo, es en que Wood ha conseguido, después de siete novelas, la contención exacta que necesitaba esta historia para resonar.

