María José Solano (Sevilla, 1975) le dedica su último libro a su hijo Arturo, quien, con trece años, le preguntó “para qué sirve exactamente la RAE”. La escritora y columnista le ha respondido con La RAE para lectores curiosos. Historias, secretos y curiosidades de la Real Academia y de quienes cuidan y ordenan nuestra lengua (Almuzara, 2026), un ensayo que, a la manera de Roger Lancelyn Green, pretende contar la institución presentándosela “a la siguiente generación con renovada viveza y frescura”. Por sus páginas circulan un pedazo del cráneo del Cid, retratos de Cervantes, odiadores –Rubén Darío: “¡De las Academias líbranos, Señor!”– y un porrón de mujeres cultas e interesantísimas. Conversamos en la sede de Artículo14.

P: Le dedica el libro a Arturo Leal Solano. ¿Quién es?
R: Arturo es mi hijo. Cuando tenía nueve años, se me ocurrió la brillante idea de llevármelo a Real Academia, en una jornada de puertas abiertas que organizaba la institución. Yo ya llevaba allí trabajando un año y atendí a lo que él me preguntaba. Preguntaba poco, hizo fotos y ya está. Un par de semanas después, desayunando, me lanzó una pregunta que fue el detonante de este libro: “Mamá, en esa casa tan elegante, con esos señores tan mayores, exactamente, ¿qué haces ahí? ¿Cuál es tu trabajo?”. Yo le intenté explicar, pero no me quedé muy satisfecha ni con mi explicación ni con su comprensión de lo que yo le había dicho.
P: Arturo Leal Solano, teniendo trece años, le preguntó para qué sirve exactamente la RAE, y yo, con treinta y siete y sin vergüenza, le plagio la pregunta: ¿para qué sirve exactamente la RAE?
R: Me di cuenta de que esa respuesta está en los libros de historia, en una web muy accesible y muy bien hecha que tiene la RAE, pero faltaba un libro que acercara al lector curioso las anécdotas; que la historia se contara desde la proximidad, la cercanía, la pedagogía, la ironía, el humor y el amor de alguien que había estado dentro y que había admirado a esas personas y ese lugar.
P: Usted trabajó durante diez años en la RAE. ¿Qué me cuenta de ese periodo?
R: Entré para dos años porque Darío Villanueva, entonces secretario, estaba organizando los fastos del tercer centenario de la RAE. Necesitaba un equipo, yo acababa de hacer un máster con el Grupo Santillana y mi trabajo de máster había sido sobre la RAE. Mi director de máster se lo presentó a Darío Villanueva y a él le gustó mucho. Cuando terminaron los dos años para los que entré a trabajar, él fue elegido director de la Academia, con lo cual creó un equipo propio y me contó conmigo para ese equipo. ¿Qué aprendí? Muchísimas cosas. Sobre todo, aprendí la importancia de una institución que nunca ha sabido comunicar bien, a mi modo de ver, todo lo que hace ahí. También aprendí que dentro no sólo están los académicos, sino que hay un equipo formado por filólogos, especialistas en fonética, etcétera, que hacen un trabajo ingente, que sustentan y construyen el Diccionario, la Ortografía, la Gramática y la Colección de Clásicos. Por esa gente, que eran mis compañeros, es por los que, de alguna manera, escribo este libro.
P: ¿La RAE es interesante?
R: Como toda institución vieja, sabia, compleja, es interesante.
P: ¿Continúa la Academia limpiando, fijando y dando esplendor?
R: Sí, absolutamente. Somos ya…, ¿cuántos millones de hablantes? 500 millones, casi 600 millones de hablantes. ¡Ojo! La Real Academia no es la sede en Madrid.
P: Al otro lado del Atlántico…
R: Exacto. Están las 24 academias hermanas. ASALE (Asociación de Academias de la Lengua Española) juega un papel muy importante desde hace mucho tiempo. Y ese abrazo de todas las hermanas académicas, de esas instituciones repartidas por todo el continente americano y por Asia, es lo que hace que el español sea lo que es.

P: ¿Cuán permeable es al potaje político?
R: Absolutamente permeable.
P: …
R: Vamos a ver, vamos a ver. La pregunta tiene ese doble filo, como todas las que haces tú. ¡Cuidado! La Academia es impermeable. Lo ha sido siempre y sigue con esa tradición. Y mira que, y me consta, por mí han pasado cuatro directores en esos diez años. Yo he vivido de cerca el intento de fiscalización de los diferentes gobiernos de algo tan importante como es el lenguaje. El lenguaje es un tema político. No es solo un tema de comunicación y de abrazo entre hermanos, a este lado y al otro lado del Atlántico. Es un tema político y los políticos lo saben. La Academia siempre ha sido independiente y, por supuesto, paga un precio muy alto, pero sigue siendo independiente. No sé lo que pasará mañana, porque el mundo es lo que es, estamos viviendo tiempos bárbaros, pero hoy se mantiene independiente.
P: ¿Cómo entendió la no elección como miembro de Luis Alberto de Cuenca?
R: Bueno, la entendí como una injusticia, claro. Yo ya había hablado con él. Primero hicimos una campaña auspiciada por José Luis Garci para convencer a todos los miembros académicos que conociéramos. Nos parecía justicia que Luis Alberto entrara. Porque es un erudito, porque es un hombre complejo, porque es controvertido, porque es divertido. Porque acumula un saber heterodoxo que va desde los clásicos griegos y latinos hasta el pop de los ochenta. Pero no pudo ser. Y no pudo ser porque la Academia comete errores.
P: No imaginaba que hubiera dos bandos en la Academia: el lobby lingüista contra los escritores.
R: Creo que no es solo un tema de bandas. Es que Luis Alberto lleva consigo una tradición muy compleja. Representa algo muy complejo que la Academia no puede aceptar de base. Y me estoy metiendo en un jardín, pero lo hago por Luis Alberto. Luis Alberto es un erudito, ha sido director de la Biblioteca Nacional, es amigo de rockeros, experto en Bram Stoker, editor, traductor… Un tío con toda esa carga de erudición dejaría, y esto es una opinión personal, en evidencia a algunos miembros de la Academia. Es muy difícil estar a la altura de Luis Alberto de Cuenca. Y creo que la Academia, ahora mismo, no está a la altura de Luis Alberto.
P: Si yo le digo Doña Josefa de Zúñiga y Castro, usted me dice…
R: Pues que fue una mujer a la que todos los días deberíamos rezar un padrenuestro cuando nos levantamos, sobre todo, las mujeres. Porque ella fue la que permitió que las mujeres entraran en la Biblioteca Nacional. Ella era una mujer moderna, había sido educada en París y estaba vinculada con el mundo aristocrático. Era íntima amiga de Moratín. Estaba construyendo, fíjate qué modernidad, un diccionario sobre mujeres. Necesitaba entrar en la biblioteca porque no había Google ni nada de eso. Ella venía de París, llega a Madrid y se encuentra que no le dejan entrar en la Biblioteca Nacional porque es una mujer. Y acude a la última instancia directamente, que es la reina regente entonces, María Cristina. María Cristina no lo duda ni un minuto y sus palabras, breves pero contundentes, están grabadas en una placa de la Biblioteca Nacional: “Dejen entrar esta mujer, pero no solo a ella. Dejen entrar a todas las mujeres que quieran entrar a la Biblioteca a leer”.
P: Y si le digo María Moliner…
R: María Moliner es una de las grandes injusticias de la Real Academia. Y aquí, como historiadora, no se puede juzgar el pasado con los ojos del presente. Pero es que esto es presente, es que era 1972. Ella había escrito un diccionario en su cocina, en las horas libres entre su marido, su hijo y su trabajo. Merecía estar ahí. Pero hice dos cosas a favor de ella, por eso duermo tranquila todas las noches: una, escribí este libro, y dos, viví muchos años en Comandante Zorita, al lado de la calle Don Quijote, donde ella vivía. Me fijé que ahí estaba la casa donde ella había construido ese diccionario. Solita, en su cocina. Ficha a ficha, paso a paso. Durante diecisiete años. Y no había ni una placa. Entonces, un día me fui a Workcenter, encargué una placa de cartón. Me fui allí con mi escalera, con dos amigas, Paula Torres y María José Fuenteálamo, y, bueno, Karina Sainz Borgo, que estaba en espíritu, colocamos una placa y colgamos el vídeo. Algunos amigos periodistas, entre ellos Rubén Amón, se hicieron eco de la hazaña. Marta Rivera de la Cruz me llamó, se preocupó, me dijo que ya estaba en proceso, se colocó la placa y ahí está. En la calle Don Quijote número 1. Un acto quijotesco en la calle Don Quijote.
P: ¿Ha roto la RAE su, utilizando sus palabras, “venerable tradición machista”?
R: La Academia funcionaba como funcionaban muchas instituciones, como funcionaban los periódicos, los hospitales, las escuelas, las universidades…, es decir, no es la Academia la que pecaba de machismo. Eso es una etiqueta que hemos puesto en el siglo XXI. Es hija de su tiempo.
P: La cita es suya. Se refiere a la no elección de María Moliner.
R: Es que me duele especialmente María Moliner, porque era 1972: no era el siglo XIX, es que estábamos acabando el siglo XX, y había escrito un Diccionario, Dios mío. Ahora, eso sí, digo una cosa: María Moliner, desde donde esté, que estará en el Valhalla de los filólogos, estará viendo que su diccionario está sobre la mesa ovalada que construyó Hartzenbusch, y que está en la sala de plenos de los académicos, junto al DLE y los otros diccionarios: el de Cambridge, el Diccionario de autoridades, etcétera. Todos los días lo manejan los académicos y los filólogos de las comisiones. Es la venganza más hermosa.

P: Vamos acabando, María José. Según el último Informe PISA, sólo el 2% de los alumnos de quince y dieciséis años es capaz de leer textos largos y complejos. ¿Qué le dice a usted ese dato?
R: Me dice que nos hacemos mayores. Por un lado, a mi generación le parece una aberración lo que está ocurriendo, pero también me dice, por experiencia como historiadora y como madre de un hijo de veinte años, que ellos traerán un futuro nuevo que nosotros no entenderemos. ¿Por qué es imposible? Como dice Garci, cuando uno se hace mayor, lo nota porque vuelve a los clásicos. Bueno, pues yo me he vuelto a los clásicos hace tiempo. Y ahí, leyendo los clásicos, me doy cuenta de la cantidad de libros que se han perdido y no conozco. Autores de la Biblioteca de Alejandría o que aparecen en los archivos cuyos nombres no reconozco, cuyos textos no he podido leer. Se han olvidado, se han perdido. Simplemente es que yo no los conocía. Eso va a pasar con nuestros hijos, con esa generación que viene. Con lo cual, a nosotros nos parece terrible lo que está pasando, pero estos chicos van a construir un mundo nuevo, diferente. No lo vamos a entender. Nuestra obligación es no entenderlo, su obligación es construirlo.
P: Dadas las circunstancias, ¿cree que sobrevivirán los lectores curiosos, o son mamuts, especies condenadas a la extinción?
R: Siempre. Lo que pasa es que leerán en otros formatos, querrán otras historias y buscarán nuevas formas de entender al ser humano.
