Yerma lleva la cuenta. Cuando conversa con una amiga que acaba de quedarse embarazada, sabe exactamente cuánto tiempo ha pasado desde su boda: dos años y veinte días. Ha observado a otras mujeres, ha escuchado historias de embarazos que tardaron en llegar y todavía encuentra motivos para esperar. Entretanto, cose la ropa del hijo ajeno. Lorca coloca en esa escena una experiencia reconocible: alegrarse por alguien y sentir, al mismo tiempo, que su felicidad vuelve más visible la propia herida.
Yerma regresa este otoño al Teatro Español, donde se estrenó el 29 de diciembre de 1934 con Margarita Xirgu como protagonista y Cipriano de Rivas Cherif en la dirección. Eduardo Vasco firma ahora la versión y la puesta en escena, con Lara Grube al frente del reparto. La obra podrá verse hasta el 27 de diciembre en la Sala Principal. El regreso permite revisar una tragedia que sigue planteando preguntas difíciles sobre cuánto de lo que deseamos nos pertenece y cuánto hemos aprendido a exigirnos.
La maternidad ocupa el centro de ese conflicto. Yerma quiere tener un hijo con una intensidad que acaba organizando toda su existencia. A su alrededor, la comunidad convierte la ausencia de descendencia en una anomalía que necesita explicación. Su cuerpo, su matrimonio y sus salidas de casa se vuelven asuntos sobre los que cualquiera parece autorizado a opinar.

El deseo también merece ser escuchado
Una lectura contemporánea de Yerma exige resistirse a resolverla demasiado pronto. Sería fácil reducir a su protagonista a una víctima de la obligación de ser madre. Pero su deseo tiene una fuerza propia que el texto obliga a escuchar. Decirle que podría realizarse de otras maneras tampoco alcanza a comprender lo que le ocurre.
Ahí aparece parte de la incomodidad de la obra para el presente. La libertad reproductiva incluye poder rechazar la maternidad y poder desearla profundamente, sin que ninguna de esas decisiones determine el valor de una mujer. Yerma habita un mundo que apenas le ofrece alternativas para imaginar su vida. Y, a la vez, su sufrimiento no desaparece con señalar la injusticia de ese mundo.
El personaje tampoco es una portavoz ejemplar. Idealiza la maternidad, juzga a otras mujeres y atribuye al nacimiento de un hijo una capacidad casi absoluta para dar sentido a su existencia. Lorca permite que sea contradictoria. Su dolor resulta comprensible incluso cuando algunas de sus convicciones nos incomodan.
La obra introduce, además, otras voces femeninas. Una muchacha cuestiona el matrimonio y las tareas domésticas que le han impuesto; otra vive su embarazo con desconcierto. Entre ellas aparecen diferencias que impiden hablar de una única experiencia de las mujeres. La protagonista escucha esas posibilidades, pero no consigue hacerlas suyas.
Entre fertilidad y plenitud
Conviene detenerse en una etiqueta que acompaña con frecuencia a la pieza: la historia de una mujer estéril. Yerma no presenta un diagnóstico médico que permita atribuirle a ella la imposibilidad de tener hijos. La incertidumbre sobre la descendencia se mezcla con la distancia conyugal, las creencias y las interpretaciones de quienes la rodean.

Esa falta de certeza importa. Con demasiada facilidad, la ausencia de un embarazo se convierte en un defecto femenino. El propio nombre de la protagonista evoca una tierra que no da fruto, como si toda su identidad pudiera reducirse a aquello que no ha producido. La tragedia permite interrogar esa asociación, tan profundamente arraigada entre fertilidad y plenitud.
Desde hoy, también se reconoce el desgaste de una espera que los demás intentan administrar con consejos. Las recomendaciones, las comparaciones y las historias de quienes finalmente lo consiguieron pueden ofrecer compañía, pero también añadir presión. En la obra, cada encuentro devuelve a Yerma al mismo asunto. Apenas encuentra un espacio donde existir sin tener que explicar por qué todavía no es madre.
Juan, su marido, ocupa un lugar esencial en ese encierro. Tiene sus propias prioridades y no comparte la necesidad de descendencia de Yerma. La falta de un proyecto común atraviesa una relación en la que las obligaciones han ido sustituyendo a la intimidad.
No querer hijos no convierte por sí mismo a Juan en culpable. El conflicto se agrava por su forma de responder a la frustración de su esposa: le preocupa la reputación de la casa, interpreta sus movimientos como una amenaza y pretende controlar lo que hace. La conversación sobre lo que ambos desean queda desplazada por la exigencia de que ella se comporte como corresponde.
La honra funciona así como una disciplina cotidiana. Determina por dónde puede caminar una mujer, con quién puede hablar y qué sospechas despierta cuando sale sola. Yerma también ha interiorizado ese código. Su margen de acción se estrecha entre las restricciones externas y unas convicciones que no está dispuesta a abandonar.
Por eso la obra admite una lectura sobre la soledad dentro del matrimonio. Compartir una casa no garantiza que el otro comprenda lo que se está viviendo. Yerma pide una implicación emocional que no encuentra, mientras Juan entiende su insistencia como una perturbación de la vida que desea conservar.
Las mujeres que acompañan y vigilan
La comunidad tiene voz en Yerma. Las conversaciones, los rumores y los comentarios sobre la protagonista hacen que su intimidad nunca termine de pertenecerle. Las otras mujeres pueden ayudarla, ofrecerle una salida o reforzar el orden que la asfixia.
Ese mecanismo sigue siendo fértil para el teatro. Un coro permite escuchar cómo se fabrica una reputación: alguien observa, alguien interpreta y una sospecha acaba circulando como una certeza. También muestra cómo las normas sobreviven gracias a personas que, en ocasiones, padecen sus mismas consecuencias.
La propuesta de Eduardo Vasco vuelve a esa dimensión colectiva y a las raíces de la tragedia. En su nota de dirección, el responsable del montaje explica su interés por recuperar las formas esenciales del género y atender tanto a los vínculos populares de Lorca como a la elaboración intelectual de su teatro. La música y el ambiente sonoro, que también firma Vasco, forman parte de esa concepción escénica.
La poesía cumple una función decisiva. El agua, la sangre, la tierra y la sequedad hacen perceptible un sufrimiento que no siempre puede expresarse mediante una conversación razonable. En Lorca, los personajes piensan también a través de imágenes. El deseo ocupa el cuerpo y transforma la percepción de lo que los rodea.
Volver al escenario de Margarita Xirgu
El regreso al Español reúne esa discusión contemporánea con la memoria del teatro. Lara Grube interpreta a Yerma; Francisco Ortiz, a Juan, y Toni Agustí, a Víctor. Junto a ellos trabajan Yolanda Arestegui, María Isasi, Elena Rayos, Silvia de Pé, Ana Veganzones, Lucía Bravo, Manuela San Leandro, Cristina Salvador y Lidia Guillem.
La escenografía y el atrezo son de Carolina González; el vestuario, de Lorenzo Caprile, y la iluminación, de Miguel Ángel Camacho. La producción corresponde al Teatro Español y Amor al Teatro.
Casi 92 años después de aquel estreno, la obra ofrece una ocasión para escuchar a un personaje al que su entorno explica constantemente cómo debe vivir. Su resistencia, sus prejuicios y su deseo conviven sin que Lorca los ordene en una respuesta tranquilizadora. Esa dificultad sigue haciendo de Yerma una experiencia teatral exigente.
Las funciones están anunciadas a las 19.00 horas, con una duración aproximada de 80 minutos. El 18 de diciembre habrá una representación accesible con audiodescripción y sobretitulado para personas sordas.

