Mariana de Austria (1634–1696) llegó a España con catorce años para casarse con Felipe IV, hermano de su madre y padre de su primer prometido, el príncipe Baltasar Carlos, muerto de viruela tres años antes. Su tío y futuro marido le llevaba casi treinta años.
Como buena Austria, había sido educada en el deber hacia su familia y en una profunda fe católica. En Viena aprendió español y nociones de latín, además de historia, geografía y religión. El jesuita Nithard, su confesor desde Viena, la acompañó a Madrid. Conocía las obligaciones del apellido, entre ellas asumir el gobierno si la continuidad de la dinastía lo requería.
Tenía un precedente cercano. Isabel de Borbón, primera esposa de Felipe IV, había gobernado durante las ausencias del rey y se le atribuyó un papel en la caída del conde-duque de Olivares. Una reina que, cuando las circunstancias lo exigieron, actuó y resolvió.
Un cronista de la época describió a Mariana, recién llegada, como “alegre de humor y ocurrente”. Sus primeros años en Madrid estuvieron marcados por partos difíciles, la muerte prematura de varios de sus hijos y una viruela que puso en peligro su vida. Lo sabemos, sobre todo, por sus cartas. A Johanna Theresia de Harrach, antigua dama y amiga, le escribía en alemán y la saludaba con un «Querida Johandl». Se conservan unas trescientas cartas dirigidas a ella y a su madre, Judith Eleonora Rebekka de Lamberg.
Hablaba de matrimonios y sucesión, pedía remedios y relataba sus embarazos. «No podéis creer todo lo que ha sufrido el niño», escribió al recordar los ataques epilépticos y la muerte de Felipe Próspero. La salud de sus hijos era, al mismo tiempo, una preocupación materna y un asunto de Estado.
Mientras tanto, Mariana hacía política. Quería casar a su hija Margarita Teresa, la niña de Las meninas de Velázquez, con su hermano, el emperador Leopoldo I. En 1659 confió ese deseo a sor María de Jesús de Ágreda, pidiéndole oraciones y discreción: “No quisiera que nadie lo supiere”. El compromiso se formalizó en 1663 y el matrimonio se celebró en 1666. Su hermano se convirtió en su yerno. Para entender aquella política convenía tener a mano el árbol genealógico. La alianza reforzaba los vínculos entre Madrid y Viena y situaba a Margarita en el trono imperial.
Las cartas con sor María, intercambiadas entre 1658 y 1665, mezclan esa estrategia con noticias de embarazos, enfermedades y preocupaciones religiosas. Desde su clausura, la monja escuchaba, aconsejaba y transmitía información. Mariana encontraba en ella una interlocutora ante la que podía expresar deseos que todavía convenía no divulgar.

En 1665, al morir Felipe IV, Mariana tenía treinta años y Carlos II, tres. El testamento le confiaba la regencia, la corte la obligó a defenderla. Firmaba “Yo la Reina”, despachaba las consultas de los consejos y afrontaba la oposición de Juan José de Austria, hijo extramatrimonial reconocido por Felipe IV. En 1669, Juan José viajó desde Barcelona hacia Madrid con hombres armados y la forzó a destituir a Nithard, su confesor y principal apoyo. Cedió y conservó el gobierno.
Hacienda no le daba tregua, entre deudas, impuestos y desorden monetario. En el exterior actuó con pragmatismo, en 1668 reconoció la independencia de Portugal, tras casi tres décadas de guerra, y ese mismo año recuperó el Franco Condado a cambio de ceder plazas en los Países Bajos. Para contener a Luis XIV, buscó alianzas con el Imperio y las Provincias Unidas.
En América, el tratado de Madrid de 1670 aceptó la pérdida de Jamaica a cambio de asegurar la navegación. Un año después, el pirata Henry Morgan saqueó Panamá. Mariana respondió con represalias contra los intereses ingleses y preparó una respuesta naval.
En 1677, la oposición a su nuevo protegido, Valenzuela, permitió a Juan José apartarla del poder. Mariana fue enviada a Toledo, desde donde siguió pidiendo noticias y defendiendo su posición por carta. Regresó en 1679, tras la muerte de Juan José, y se instaló en el palacio de Uceda, cerca de su hijo. Conservó influencia sobre Carlos II y, en sus últimos años, defendió la candidatura sucesoria de su biznieto José Fernando de Baviera.
El Museo del Prado conserva varios retratos suyos, entre ellos el icónico La reina Mariana de Austria, pintado por Velázquez en 1652–1653. Del 1 de diciembre de 2026 al 28 de marzo de 2027 le dedicará una exposición temporal, la primera del museo consagrada a una promotora de las artes. Mostrará cómo la iconografía contribuyó a legitimar su autoridad. En los retratos de viuda de Carreño de Miranda, las tocas blancas muy parecidas a las de una religiosa, los papeles de despacho y la escenografía palaciega comunicaban su derecho a gobernar. Mariana conocía el valor de una imagen bien construida.
Había pedido discreción para el futuro de Margarita. Hoy, sus confidencias permiten reconstruir cómo pensaba y gobernaba. Lo que quiso que nadie supiera es también lo que mejor nos ayuda a conocerla.
*Eugenia Bugallal es fundadora de www.spanish-balcony.com

