La habitación propia

Por qué enseñar a leer demasiado pronto puede estar saboteando a los futuros lectores

La pedagoga Waldorf Tamara Chubarovsky lleva 25 años viendo llegar a su consulta familias preocupadas y con prisa. En su nuevo libro, 'Jugar, leer, crecer', defiende que el verdadero aprendizaje de la lectoescritura empieza mucho antes de saber escribir

El nuevo libro de la pedagoga Waldorf Tamara Chubarovsky, 'Jugar, leer, crecer'
El nuevo libro de la pedagoga Waldorf Tamara Chubarovsky, 'Jugar, leer, crecer'
kiloycuarto

Lleva veinticinco años escuchando la misma pregunta, pero cada vez tiene más ansiedad implícita: ¿mi hijo ya debería saber leer? La pedagoga Waldorf Tamara Chubarovsky, especialista en lenguaje y desarrollo infantil, ha decidido responder a esta pregunta con un libro,Jugar, leer, crecer (Bruguera), que empieza cuestionando esta creencia actual, tan extendida como poco discutida, de que cuanto antes lea un niño, mejor le irá en la vida.

Una creencia, explica Chubarovsky, que no nace de la malicia sino de la desinformación, aunque detrás de la desinformación haya intereses que conviene mirar de cerca. “Las familias y maestras presionan creyendo que es lo mejor para los niños, desde su buena voluntad”, cuenta la autora, que señala además una desconexión estructural en los programas educativos, que suelen diseñarlos catedráticos que poco saben del desarrollo real de la infancia, mientras que quienes están a pie de aula o de casa, mayoritariamente mujeres, sostienen un saber que rara vez llega a las decisiones que se toman arriba.

La huerta como respuesta a la ansiedad lectora

Para explicar esta competitividad, nacida entre los adultos, cuando comparan a sus hijos con sus compañeros de clase, Chubarovsky recurre a un símil con la huerta. Antes de sembrar hay que preparar la tierra, y sembrar demasiado pronto, o en el momento equivocado, deja a la planta en modo supervivencia, dando apenas fruto. Pero incluso con la tierra lista, matiza, “siempre los calabacines irán más rápido que las tomateras, porque esta es su naturaleza”. Cada niño, como cada planta, tiene un ritmo propio, y estirarlo no lo hace crecer mejor, solo lo hace crecer forzado.

La idea del ritmo individual es la clave del libro. La lectoescritura no se construye con las letras, sino mucho antes, con habilidades motrices, lingüísticas y emocionales que en principio no se relacionan con la lectura pero que son la base que la sostiene. Reflejos primitivos integrados, lateralidad definida, equilibrio, vocabulario, conciencia fonológica, atención y autoestima son los cimientos necesarios para alcanzar la lectoescritura. Un niño de cinco años que aún no lee pero se ata los cordones, escucha un cuento entero o juega solo con juguetes sencillos, según Chubarovsky, “fácilmente aprenderá a leer”.

Lo que las pantallas se llevan por delante

El papel de las pantallas también es relevante en este proceso. Chubarovsky evita el argumento más repetido, el del tiempo perdido, para señalar algo más sutil: la pérdida de imaginación. “Para engancharnos a la lectura tenemos que poder imaginar mentalmente lo que estamos leyendo, crear un mundo interno a partir de meros símbolos abstractos”, explica. Las pantallas, al ofrecer siempre la imagen ya hecha, atrofian precisamente la capacidad que después hace posible perderse dentro de un libro. No es un dato menor en un país donde la competencia lectora infantil lleva años cayendo.

En cuanto a la teoría de que las series, los videojuegos o las aplicaciones ayudan a aprender idiomas o mejorar el lenguaje, la autora cita los estudios de la investigadora Patricia Kuhl para recordar que el aprendizaje lingüístico infantil requiere de un vínculo humano real, con alguien que mire, sonría, repita y ralentice el habla según haga falta, algo que ninguna pantalla reproduce. Sobre si existe una edad en la que el consumo tecnológico deja de ser dañino, apunta que “las pantallas dejan de ser perjudiciales en el momento en el que no son ellas las que nos dominan sino que nosotros las dominamos a ellas”, algo que exige un lóbulo prefrontal maduro, es decir, algo que ningún niño menor de 12 años tiene todavía del todo desarrollado.

Si hay una escena que resume la propuesta de Jugar, leer, crecer es la de un adulto leyendo un cuento en voz alta, con rimas, con juego, con cuerpo de por medio. Chubarovsky insiste en que ese momento, y no la ficha ni el ejercicio repetido, es el verdadero cimiento del futuro lector. “Se pierde lo más importante: que los niños relacionen las letras y los libros con momentos agradables, de vínculo, de felicidad, de juego”, advierte sobre las familias que saltan directamente a la instrucción formal. Sin ese pegamento emocional, dice, los niños pueden acabar leyendo, pero por obligación, no por deseo.

Esa mirada conecta con algo que la pedagoga ha visto cambiar en sus 25 años de consulta. Antes, cuenta, llegaban familias con niños de entre 9 y 12 años con dificultades puntuales de comprensión lectora. Ahora las consultas empiezan mucho antes y son más troncales: “Mi hijo de cuatro años apenas habla”. El cambio, explica, tiene dos caras: por un lado, familias más informadas que detectan antes las señales; por otro, un aumento real de niños con dificultades de lenguaje, atención y regulación desde edades muy tempranas, en paralelo al avance de las pantallas en la primera infancia.

Cuando el sistema es el que llega tarde

Para las familias que se sienten atrapadas entre la calma del hogar y la presión del colegio, Chubarovsky propone la protección del tiempo libre; ayudar con los deberes sin que ocupen toda la tarde, y proteger a toda costa el rato de parque, de cuentos y de juego, porque ese tiempo, insiste, es el verdadero acelerador del aprendizaje, aunque no lo parezca. Y a la madre que siente que su hijo de cinco años “llega tarde” por no leer todavía, le da la vuelta a la pregunta: “Su hijo no tiene un problema. El problema lo tiene el sistema educativo”. Después, eso sí, propone observar y actuar, no cruzarse de brazos; comprobar si el niño puede jugar a dar palmas siguiendo un ritmo, lanzar y atajar una pelota, moverse con soltura, señales que anuncian que la lectura llegará sin necesidad de forzarla.

Preguntada por qué cuento recomendaría para leer esta misma noche, la autora, que también firma varios títulos infantiles propios, elige La magia de las estaciones, un libro que a su juicio “crece con los niños”, pasando de la escucha a la primera lectura autónoma gracias a su ritmo y sus rimas. Pero matiza que no se trata de sumar cuentos nuevos cada noche, sino de repetir unos pocos hasta que dejen poso.

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