A cada generación le toca su propia pelea con Cumbres borrascosas. No porque el libro cambie, sino porque cambia la sensibilidad con la que lo miramos. La novela de de Emily Brontë nunca fue un objeto amable, y quizá por eso sorprende tan poco que su nueva adaptación cinematográfica haya levantado una ola de irritación, bromas feroces y discusiones intensas. Cuando un clásico vuelve al cine, vuelve también la pregunta de siempre: ¿se puede “actualizar” Cumbres borrascosas sin convertirla en otra cosa?
El enfado con Cumbres borrascosas no es un bloque uniforme. Hay quien protesta por fidelidad literaria, quien protesta por ética cultural, quien protesta por estética y quien protesta —sencillamente— porque esperaba una película romántica de época y se encontró algo más provocador. En realidad, el choque suele nacer cuando la audiencia descubre que no está viendo “la historia” que tenía guardada en la cabeza, sino una interpretación que le pisa un recuerdo.
‘Cumbres borrascosas’ como campo de batalla cultural
Parte del malestar con Cumbres borrascosas tiene que ver con su condición de tótem. Un clásico no es solo un libro: es un acuerdo social sobre lo que ese libro significa. Y ese acuerdo, con el tiempo, tiende a simplificarse. Muchas personas han heredado una idea de la obra de Brontë como “amor imposible” con páramos, vientos y ojos tristes. El problema es que la novela es, en esencia, una máquina de incomodidad:
- Amor mezclado con posesión
- Crueldad doméstica
- Resentimiento
- Jerarquía social
- Una herencia emocional que se transmite como una maldición
Cuando llega una directora como Emerald Fennell y decide filmar Cumbres borrascosas subrayando lo que otras versiones disimulaban, la reacción se vuelve inevitable. Para algunos, es una relectura legítima. Y para otros, una profanación. El clásico se convierte en un ring, y el espectador, aunque no lo quiera, acaba discutiendo su propia idea de “qué merece respeto” en la cultura.
El erotismo como detonante de la polémica
La razón más visible del enfado con Cumbres borrascosas es el sexo. No solo por la presencia de escenas eróticas, sino por lo que implican. En la novela de Emily Brontë, el erotismo funciona de forma lateral, casi espectral. No es un libro explícito. El deseo aparece como atmósfera, obsesión, dependencia, violencia emocional. Muchas de las adaptaciones clásicas traducían esa carga en miradas, música, bruma y romanticismo sombrío.
La adaptación de 2026, en cambio, coloca el cuerpo en el centro y, al hacerlo, cambia el tipo de experiencia que propone Cumbres borrascosas. Para una parte del público, eso es sexualizar un mito. Es decir, convertir una tensión psicológica en coreografía. Para otra parte, es poner en imágenes algo que ya estaba en el texto, aunque el texto lo trabajara por insinuación. El enfado surge cuando se percibe que el erotismo deja de ser amenaza o síntoma y pasa a ser estética o motor narrativo.

Además, el sexo en Cumbres borrascosas toca un nervio contemporáneo: el debate sobre si el cine está romantizando lo tóxico. Hay espectadores que no protestan por purismo literario, sino por una incomodidad moral. Temen que el envoltorio sensual embellezca una relación que, en el libro, está atravesada por el dominio, la humillación y la imposibilidad de un vínculo sano. En ese punto, la discusión no va de fidelidad, sino de responsabilidad cultural.
El recorte narrativo y la pérdida de “consecuencias”
Otra fuente importante del enfado con Cumbres borrascosas es estructural. El libro no es solo la historia de Catherine y Heathcliff: es también lo que ocurre después, el eco, la transmisión del daño, el modo en que una casa aprende a repetir la violencia. Ese segundo movimiento —la parte de consecuencias y herencia— es crucial para entender por qué la novela es más que un melodrama.
Cuando una adaptación decide concentrarse en el núcleo pasional de Cumbres borrascosas, muchos lectores sienten que se pierde la dimensión más amarga y, por tanto, más literaria: la idea de que el amor aquí no “termina”, sino que deja un sistema de ruinas. Si la película se vuelve un relámpago, el libro era también el paisaje después del incendio. Y hay gente a la que ese paisaje le parece la verdadera esencia de la obra.

Esto explica un reproche recurrente: “Es intensa, pero menos profunda”. En realidad, es un reproche de arquitectura. La novela permite que el lector vea el precio del vínculo, no solo su vértigo. Al cortar o comprimir esa cola, la película reorienta el sentido de Cumbres borrascosas, y en un clásico eso se vive como una amputación.
El casting y la lectura política
El enfado con Cumbres borrascosas también se alimenta del casting, y aquí entramos en terreno particularmente sensible. En la novela, Heathcliff es “el otro” dentro de la casa: un cuerpo sin linaje, un ser tratado como intruso, marcado por una alteridad que muchos lectores han interpretado en clave racializada o, como mínimo, en clave de extranjería social y moral. Esa alteridad es parte del motor de la historia: la humillación, el desprecio y el deseo de devolver el golpe.
Por eso, cuando el papel recae en Jacob Elordi, aparece un debate inevitable. ¿Se diluye la carga de otredad que alimenta el personaje?
- Para algunos, sí, porque el rostro encaja demasiado bien en los estándares de belleza contemporánea y altera el subtexto.
- Para otros, no, porque el personaje puede leerse sobre todo como extranjero social, no necesariamente racial.

A eso se suma la presencia de Margot Robbie, que arrastra un imaginario pop muy potente. Algunos espectadores sienten que su aura mediática interfiere con Cumbres borrascosas. No ven a Catherine, ven a una estrella de Hollywood. Y esa fricción entre mito literario y cultura de celebridad es parte del ruido contemporáneo.
Estética, anacronismo y la idea de película de época
En otra capa del enfado con Cumbres borrascosas está la estética. Hay públicos que llegan buscando una película de época clásica: rigor, contención, códigos reconocibles del drama histórico. Y se encuentran con decisiones visuales y tonales que no intentan ser museo, sino traducción contemporánea. Ahí aparece el reproche de anacronismo, que a veces significa “esto no se parece a lo que yo llamo época” y otras veces significa “esto se siente demasiado moderno para un clásico”.
Pero el choque estético de Cumbres borrascosas tiene un matiz interesante. El libro original ya era, en su tiempo, una especie de anacronismo moral. Brontë escribió una novela que parecía ir demasiado lejos para la sensibilidad victoriana. No es descabellado que una adaptación contemporánea intente reproducir ese “ir demasiado lejos” en su propio lenguaje. El problema es que lo que hoy se percibe como transgresión puede parecer también cálculo.
Y aquí entra el marketing. Con Cumbres borrascosas, parte del público interpreta que la polémica no es un efecto secundario, sino un objetivo. Que el escándalo es combustible promocional. Esa sospecha —justa o no— enciende aún más la irritación, porque convierte una obra amada en “producto” de conversación.
