Doce años después de La gran familia española, Daniel Sánchez Arévalo regresa a los cines con Rondallas*, una película que se apoya en lo colectivo para hablar de algo profundamente íntimo: el duelo y la culpa que a menudo lo acompaña cuando la vida insiste en seguir adelante. Ambientada en un pequeño pueblo gallego del Atlántico, la historia parte de una tragedia concreta —el naufragio de un barco pesquero en el que murieron siete marineros— y se despliega como un retrato coral donde la herida no pertenece a un solo personaje, sino a toda una comunidad.
El centro emocional del relato lo ocupa Luis, interpretado por Javier Gutiérrez, único superviviente del accidente. Dos años después, mantiene una relación con Carmen (María Vázquez), viuda de su mejor amigo, una decisión que reabre conflictos soterrados y coloca a ambos bajo la mirada vigilante del pueblo. La hija de Carmen (Judith Fernández) encarna esa resistencia frontal a cualquier gesto de felicidad que pueda entenderse como traición a los muertos. La película formula así una pregunta incómoda y universal: cuándo es legítimo volver a vivir, cuándo deja de ser decoroso sonreír.

Sánchez Arévalo evita convertir esa cuestión en un dilema moral cerrado. El guion se permite la ambigüedad, especialmente en torno al personaje de Gutiérrez, cuya conducta oscila entre la culpa y el sacrificio. La película nunca fuerza una respuesta definitiva, y esa decisión vuelve el relato más honesto sin debilitarlo. El duelo aparece como un proceso irregular, lleno de contradicciones, donde la tristeza puede convertirse en una forma de lealtad y la alegría, en una transgresión.
En paralelo al conflicto íntimo, Rondallas construye un fresco del pueblo y de sus habitantes: un guardia civil tan bienintencionado como torpe (Tamar Novas), un viejo bohemio que observa el mundo con distancia (Carlos Blanco), un joven enamorado y depresivo (Fernando Fraga). Esta coralidad no dispersa el foco, lo amplía. La tragedia inicial ha dejado a todos suspendidos en el mismo tiempo detenido, y cada personaje ofrece una forma distinta de habitar la pérdida.
La gran aportación simbólica de la película llega con las rondallas gallegas, agrupaciones musicales populares que combinan instrumentos tradicionales y arreglos contemporáneos, a veces con más de cien personas sobre el escenario. Sánchez Arévalo confiesa que no sabía de su existencia hasta que su productor, Ramón Campos, le mostró un vídeo de la rondalla de Santa Eulalia de Mos interpretando Thunderstruck de AC/DC con gaitas y percusión. Ese contraste —traje tradicional y energía eléctrica— vertebra la película. La rondalla no funciona como simple decorado folclórico, sino como metáfora de comunidad, de transmisión y de resistencia frente al inmovilismo.

La música actúa como motor narrativo. La pérdida de la rondalla, dirigida antes del naufragio por uno de los fallecidos, se suma a los duelos personales. Recuperarla implica algo más que volver a tocar: supone aceptar que la tradición es espacio vivo que puede sostener la alegría sin borrar la memoria. En ese punto, Rondallas dialoga con una idea que atraviesa todo el filme: lo popular y lo rural no son sinónimo de atraso, sino de vitalidad. Hay en la película una defensa clara de la riqueza cultural que se pierde cuando se desprecia lo propio por considerarlo antiguo.
Formalmente, Sánchez Arévalo regresa al terreno que mejor domina: el del drama atravesado por humor, donde la risa no alivia el conflicto, lo revela. La comedia nace aquí de situaciones dolorosas, de roces incómodos, de silencios que pesan más que los diálogos. No hay chistes gratuitos ni voluntad de aligerar artificialmente el relato. La risa aparece como en la vida: cuando menos se la espera y casi siempre mezclada con tristeza.
El trabajo con los espacios y los oficios refuerza esa búsqueda de autenticidad. Las percebeiras son reales, la subasta en la lonja se rueda tal y como sucede, la rondalla se forma con músicos auténticos de distintas edades. Todo en Rondallas respira verdad sin necesidad de subrayados. La película no idealiza el pueblo ni lo convierte en postal; muestra también sus inercias, sus juicios silenciosos, su dificultad para aceptar lo que se sale del guion esperado.

Hay, además, una voluntad explícita de hacer un cine intergeneracional. Rondallas puede ser vista por distintas edades sin rebajar complejidad ni refugiarse en el infantilismo, ya que Sánchez Arévalo apuesta por una experiencia compartida, por la sala como lugar de encuentro, casi como quien acude a ver tocar a la rondalla del pueblo.
Sin estridencias formales ni discursos grandilocuentes, Rondallas propone algo poco habitual: pensar el derecho a la felicidad después de la tragedia sin convertirlo en consigna. La película avanza con paciencia, escucha a sus personajes y confía en el espectador. Al final, deja una idea clara y nada complaciente: honrar a los muertos no implica renunciar a la vida.


